Agroecología e investigación-acción participativa en pro de la justicia alimentaria y del agua en Centroamérica
Abstract
Este artículo destaca cómo la agroecología y la investigación-acción participativa (IAP) pueden ayudar a combatir la inseguridad alimentaria e hídrica en Centroamérica. Centrándose en las comunidades agrícolas nicaragüenses, el artículo de Christopher Bacon muestra las cooperativas que ayudan a mitigar las crisis climáticas y la escasez de alimentos. Su artículo aboga por que las universidades e instituciones se asocien con las comunidades locales para promover la justicia a través de soluciones éticas e impulsadas por la comunidad.
Recuerdo un viaje en coche con líderes comunitarios locales a las montañas del norte de Nicaragua para reunirnos –en el marco de una relación de largo plazo que trataba de explicar y construir respuestas estratégicas a la sequía y a un evento meteorológico asociado a El Niño en 2016– con campesinos organizados. La Red de Sistemas de Alerta Temprana contra la Hambruna había avisado de que este área, al igual que buena parte de Centroamérica, estaba experimentando una crisis alimentaria de grado tres, caracterizada por reacciones para hacer frente a una severa inseguridad alimentaria, como, por ejemplo, saltarse comidas y vender activos. Allí nos encontramos, sin embargo, con campesinos que se habían organizado en una cooperativa y que invertían no solo en café ecológico para exportar, sino también en maíz y fríjoles para su propio consumo y los mercados locales. Aunque algunos de estos campesinos aún referían que llevaban varios meses de inseguridad alimentaria de grado bajo, las condiciones estaban amortiguadas por sus prácticas agrícolas diversificadas y un banco comunitario de semillas y grano. El sistema de aguas del pueblo, recientemente mejorado, les proporcionaba acceso a agua potable procedente de arroyos de montaña. En tiempos de hambre y sed como aquellos, los campesinos nos contaron que hacía poco habían cargado sus mulas con varios miles de kilos de maíz para llevarlos a una comunidad vecina en la que sabían que la gente lo estaba pasando peor. Se acordaban de que estos vecinos les habían albergado y alimentado a ellos cuando tuvieron que huir de sus tierras al ser atacadas estas durante las guerras de los años ochenta. La esperanza práctica en la agricultura diversificada y la solidaridad se ve contrapesada por las dificultades mundiales para garantizar el derecho a la alimentación y al agua.
Hambre y sed mundiales
Varios hechos globales interrelacionados –3000 millones de personas padecen malnutrición (FAO, UNICEF, WFP, & WHO, 2020), 2200 millones de personas carecen de acceso a una fuente de agua potable gestionada de modo seguro (OMS, 2021) y la agricultura sigue siendo uno de los principales propulsores del cambio climático antropogénico, la contaminación del agua y la pérdida de biodiversidad– han acelerado los llamamientos a la transformación del sistema de alimentación y agua. A un tiempo, el cambio climático y los fracasos de la gobernanza de los mercados han contribuido a que se produzcan episodios cada vez más extremos que resultan especialmente devastadores para la agricultura, la seguridad alimentaria, los sistemas de agua y las formas de ganarse el sustento. Recientes conmociones medioambientales y económicas –incluidos la covid-19, el fenómeno El Niño en 2015-2016 y los riesgos meteorológicos a él asociados en el mundo entero y las temporadas de huracanes en extremo intensos en el Caribe en 2017 y 2020, así como los cambiantes precios de los alimentos y la violencia política– han seguido amenazando las formas rurales de vida, la seguridad alimentaria y el bienestar. Aunque en la actualidad hay alimentos suficientes para alimentar a 10 000 millones de personas y suficiente agua dulce en el planeta para más de 7000 millones de personas, el acceso a alimentos y agua es desigual y se desperdicia demasiado de lo uno y lo otro (Holt-Giménez, E., Shattuck, A., Altieri, M., Herren, H., & Gliessman, S., 2012).
Estas estadísticas no se distribuyen uniformemente afectando a una mítica “persona media global”; antes bien, los patrones desiguales de quiénes se benefician y quiénes pagan por la contaminación y los riesgos climáticos obedecen a una pauta persistente de injusticia global. Los pequeños campesinos, los jornaleros sin tierra, los pobres urbanos y tantos otros del “mundo mayoritario” (es decir, ese 80 % largo de personas que sobreviven con menos de diez dólares diarios) sostienen creativamente sus culturas en espacios marginales, usan menos petróleo, beben menos agua e ingieren menos alimentos y, sin embargo, sufren los impactos más devastadores de los cambios climáticos. Incluso en los países ricos, los ciudadanos con bajos ingresos y las minorías raciales o étnicas están, como ha demostrado un estudio tras otro, desproporcionadamente expuestos a la contaminación del aire y del agua, mientras que su proximidad a parques y su acceso a alimentos sanos y otros beneficios medioambientales son, con frecuencia, menores.
Colectivamente, la respuesta gubernamental y empresarial a estos retos ha sido por completo inadecuada a la escala del problema. Tanto los programas gubernamentales como los esfuerzos empresariales, amén de fragmentarse en enfoques comercialmente orientados y de estrechas miras que a menudo socavan los esfuerzos locales en pro del cambio positivo, suelen centrarse bien en los alimentos, bien en el agua. Además, no se alcanza la profundidad de compromiso ético y social necesario para promover la solidaridad y mantener este esfuerzo, al tiempo que la escala y la creatividad de las inversiones públicas y cambios de política son demasiado débiles o están demasiado comercializadas. En el caso de la agricultura, los intereses empresariales y el imperialismo que se hallan tras la expansión de muchas estrategias que llevan a la producción en monocultivo son aún muy fuertes. Aunque cabría esperar que universidades centradas en desarrollar, compartir y aplicar conocimientos a través del servicio público lideraran el esfuerzo por afrontar estas injusticias, con demasiada frecuencia quienes nos dedicamos a la educación superior, también nos descubrimos segmentados en silos disciplinares o circunscritos a avances mínimos que resultan insuficientes.
¿Cómo podemos responder a esto?
Voy a relatar a continuación varias experiencias relacionadas con esfuerzos personales y colectivos para fomentar, en la medida de nuestras posibilidades, respuestas transformadoras a estos retos globales y sus manifestaciones locales. Escribo desde mi perspectiva individual como profesor asociado de Ciencias Medioambientales y cofundador de la Iniciativa por la Justicia Ecológica y el Bien Común en la Universidad de Santa Clara, una universidad católica jesuita en California (EE. UU.). Como respuesta a estos múltiples riesgos, que además se solapan unos con otros, propongo la investigación-acción participativa de base comunitaria, por un lado, y la agroecología, por otro, como dos enfoques integradores basados en principios que pueden ayudar a las universidades y otras instituciones a establecer lazos con comunidades e iniciar colaboraciones para asegurar el derecho a la alimentación y al agua. Si apuestan por estos enfoques, las universidades contribuirán también a impulsar transformaciones institucionales que les ayuden a responder al camino de siete años hacia la ecología integral convocado por el Papa Francisco y les faciliten el proceso de convertirse en universidades Laudato si’.
La investigación-acción participativa y la agroecología
La investigación-acción participativa tiene como objetivo cultivar la igualdad y la democracia en la relación entre comunidad e investigador, implicando a miembros de la comunidad y sus representantes en la elaboración del programa de la investigación, la realización de esta y la conformación de sus frutos (por ejemplo, presentando los resultados en reuniones comunitarias y en foros públicos en lugar de hacerlo solo en artículos de revista). La investigación-acción participativa es un enfoque que fomenta “un proceso democrático interesado en el desarrollo del conocimiento práctico… conjugando la acción y la reflexión, la teoría y la práctica, con la participación de otros, persiguiendo soluciones prácticas a asuntos de interés acuciante para las personas y, más en general, el florecimiento de personas individuales y sus comunidades” Reason, P., y Bradbury, H., eds. (2001). La fase de la acción consiste en cambios social liderados por la comunidad para mejorar las condiciones (Bacon, C., Mendez, E., y Brown, M., 2005). Aunque el hecho de tener que construir la relación conlleva que esta metodología a menudo requiera más tiempo que un proyecto de investigación convencional, los estudiosos han mostrado cuán efectivamente mejoran los procesos de investigación-acción participativa la relevancia, el rigor y el alcance (Balazs, C. L., y Morello-Frosch, R., 2013: 9-16). Inspirada por Paolo Freire (2018), Martín-Baró (1994) y otros autores, la investigación-acción participativa surgió en parte para transformar las prácticas extractivas y, en cierto modo, coloniales de los investigadores universitarios europeos y norteamericanos que llevaban a cabo proyectos sobre –no con– los pobres y otras personas en el mundo mayoritario. Esta forma de trabajo comienza por generar confianza entre los participantes, reconociendo nuestros privilegios relativos y estableciendo un diálogo con la pluralidad de sistemas de conocimiento, visiones del mundo, espiritualidades y epistemologías asociadas a diferentes identidades y formas de ganarse el sustento.
Un proceso de investigación-acción participativa encaja bien con una interpretación de la agroecología como un enfoque transdisciplinar orientado a acciones útiles para fomentar el cambio de los sistemas de agricultura y de alimentación (Méndez, V. E., Bacon, C. M., Cohen, R. y Gliessman, S. R. eds., 2015). La agroecología surgió en respuesta a la producción agrícola extensiva especializada y dependiente de productos químicos, así como al hecho de que los limitados paquetes de pesticidas, fertilizantes, irrigación y créditos que acompañaban a este proyecto solían desplazar a los indígenas y borrar sus conocimientos, al tiempo que eran incapaces de garantizar la seguridad alimentaria. Abordada desde distintos puntos de vista, la agroecología es una ciencia, un movimiento social y una práctica. En los últimos cinco años, investigadores, movimientos sociales y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) han reunido pruebas y afirmaciones de que el uso eficiente de la agroecología puede garantizar el derecho a la alimentación. Los enfoques agroecológicos incluyen diez elementos clave: diversidad, creación conjunta e intercambio de conocimientos, sinergias, eficiencia, reciclaje, resiliencia, valores humanos y sociales, cultura y tradiciones alimentarias, gobernanza responsable y economía circular y solidaria (FAO, 2018). Los movimientos sociales rurales y populares formulan la agroecología también como un enfoque anticolonialista que se opone a la agricultura industrial y que transforma los sistemas de alimentación y de agua injustos en formas que promueven la igualdad de género y la soberanía alimentaria.
Agroecología, Investigación-acción participativa y derecho a la alimentación y al agua en Nicaragua
Ya mucho antes de mi primer viaje a Nicaragua como voluntario de los Peace Corps en 1997, estas creativas y resilientes comunidades de montañeses se esforzaban con éxito por mantener sus formas de ganarse la vida, sus culturas, sus entornos, su dignidad, a través de dictaduras, revoluciones, guerras, sequías, huracanes y hambrunas. Después de mi experiencia allí con los Peace Corps, regresé a Nicaragua a principios del siglo XXI con el fin de evaluar en el marco de mi tesis doctoral el potencial del comercio ecológico y justo, en especial del café, para reducir la pobreza rural y conservar la biodiversidad. Tuve la suerte de empezar a colaborar con la Promotora de Desarrollo Cooperativo de las Segovias (también conocida como PRODECOOP), que es una cooperativa secundaria que agrupa a 38 cooperativas de base y más de 2300 pequeños campesinos en el norte de Nicaragua. PRODECOOP exporta café ecológico de calidad y con los estándares de comercio justo, a la vez que ofrece extensión rural, crédito financiero y servicios de desarrollo sostenible a sus miembros. También establecí lazos con una organización regional sin ánimo de lucro con base en Nicaragua, la Asociación de Desarrollo Social de Nicaragua (ASDENIC) y con varios universidades locales. ASDENIC nos ayudó a diseñar y realizar campañas de encuestas a campesinos, pero también a facilitar intercambios personales de aprendizaje con grupos locales afiliados al movimiento centroamericano Campesino a Campesino y organizar breves cursos internacionales sobre agroecología. Los acuerdos de colaboración permitieron visitas a Nicaragua de estudiantes y profesores de universidades estadounidenses, así como del personal de las organizaciones, jóvenes comprometidos e incluso campesinos nicaragüenses a Estados Unidos. Estos intercambios culturales multidireccionales se perfilaron como espacios clave para compartir conocimientos, semillas y estrategias para el cambio.
Tras numerosos encuentros, elaboramos programas de trabajo comunes y pusimos en marcha varios ciclos de investigación-acción participativa que tenían como objetivo documentar experiencias de inseguridad alimentaria y registrar prácticas eficaces adoptadas localmente que pudieran reducir el uso de agroquímicos, mejorar la seguridad alimentaria, aumentar la diversidad dietética y apoyar la agricultura ecológica diversificada. El trabajo de campo incluía cuatro campañas de encuestas entre 2009 y 2017, grupos temáticos, entrevistas, documentación de experimentos realizados por campesinos, talleres y otros eventos de formación y desarrollo profesional. Descubrimos y compartimos prácticas locales innovadoras, como mejorar la fertilidad de la tierra mezclando el compost con tierra rica en microorganismos procedente de los bosques cercanos, pero las condiciones regionales siguieron representando un reto para los campesinos por cuanto tuvieron que hacer frente a un patógeno que devastaba las plantas de café, así como a sequías, precios desfavorables y exclusión permanente. Uno de los campesinos dijo: «Fracasamos con el café; era una de las alternativas que teníamos para sobrevivir, pero vino el famoso óxido de las hojas de café. Luego, PRODECOOP nos ayudó a crear el banco de semillas en la cooperativa… Esta bonita idea nos llegó como una alternativa a la inseguridad alimentaria. Los bancos de semillas no son meros muros; se componen de todo el grupo [quienes plantan, almacenan y comparten las semillas], y con ellos vienen nuevas estrategias para mejorar nuestra seguridad alimentaria, tales como la diversificación».
Juntos realizamos más de mil encuestas a campesinos. Pronto me percaté de que necesitábamos mayor capacidad de análisis de datos y empecé a colaborar con el Prof. Bill Sundstrom, economista y estadístico. En una encuesta de 2010 y otra de 2014, encontramos correlaciones estadísticamente significativas que vinculaban la mejora de la seguridad alimentaria con la presencia de mayor número de árboles frutales en la finca agrícola. La cooperativa llevó a cabo campañas para plantar más de 25 000 frutales como parte de una estrategia de diversificación agroecológica que incluía jardines domésticos. También identificamos la importancia de tener acceso a más tierras, ya que incluso un poco más de tierra para los productores de menor tamaño se correlacionaba con una mejora de la seguridad tanto alimentaria como del agua(Bacon, C. M., et.al., 2014:133-149).
Otro hallazgo destacado de la investigación de campo de 2010, centrada en la evaluación de los factores locales determinantes de las hambrunas estacionales, fue la cada vez más acuciante preocupación de los campesinos por el acceso al agua y los impactos del cambio climático. En muchos grupos temáticos, los campesinos asociaron la inseguridad alimentaria con la falta de acceso a agua limpia y potable en sus hogares y comunidades. Cuando mis colaboradores nicaragüenses de muchos años –incluidos Maria Eugenia Flores Gomez, Raul Diaz (ASDENIC) y Misael Rivas (PRODECOOP)– y yo examinamos estos hallazgos, nos dimos cuenta de la necesidad de trabajar más para corregir la inseguridad del agua. Como respuesta a ello, en 2013 comencé a colaborar con los hidrólogos y científicos del clima Iris Stewart-Frey y Edwin Maurer (Universidad de Santa Clara). También compartí estos hallazgos con varios patrocinadores, que enseguida empezaron a colaborar con ASDENIC y con cooperativas y comités locales del agua para construir sistemas de agua potable en algunos pueblos, de los que con el tiempo han llegado a beneficiarse más de 8000 personas. La fase de la ACCIÓN suele ser la parte más difícil del proceso de investigación-acción participativa. A pesar de estos importantes avances, la investigación de seguimiento muestra que muchos sistemas de agua potable en Nicaragua y en el mundo entero continúan siendo sensibles al cambio climático y la contaminación bacteriana y agroquímica, así como a los conflictos e injusticias relacionados con el dilema de si el agua debe utilizarse preferentemente para la agricultura o para beber. Aunque el derecho a la alimentación y al agua está bien establecido en las leyes nicaragüenses, también en Nicaragua, como en muchos otros países, hace falta más trabajo para convertirlo en un derecho sustantivo y una realidad tangible en la vida diaria.
Hacia la transformación de la educación superior… y de nosotros mismos
Estas experiencias locales podrían crecer en profundidad y amplitud si un mayor número de instituciones guiaran sus enfoques por la agroecología y la investigación-acción participativa, iniciando al mismo tiempo el importante trabajo personal de autotransformación. La ciencia de la agroecología se expande con rapidez y seguirá evolucionando en respuesta a los datos sobre sus virtudes y límites y sobre los contextos específicos que la adaptan y emplean. Aunque existen propuestas agroecológicas para la transformación de los sistemas alimentarios, hay necesidad de desarrollar estrategias más conceptuales y prácticas para una agroecología de los sistemas tanto alimentarios como del agua. Ejemplos como los sistemas de reciclado de aguas grises o las semillas de polinización abierta localmente adaptadas y resistentes a la sequía son un comienzo, pero hace falta más estudio, experimentación e innovación.
Los acuerdos de investigación-acción participativa que conectan a campesinos, científicos, grupos interreligiosos de la sociedad civil y empresas rurales comunitarias pueden ayudar a afrontar estos retos; no obstante, para desarrollar una respuesta más contundente, se requieren más apoyos. Tras décadas de exclusión, la investigación-acción participativa y otros enfoques asociados están volviendo a ganar predicamento en universidades y otras instituciones. Si las universidades y organizaciones católicas de ministerio social interesadas en establecer acuerdos de colaboración con asociaciones comunitarias de campesinos e iniciativas de base que buscan tanto garantizar el derecho a la alimentación y al agua como promover la justicia ecológica global destinaran recursos a la agroecología y a la investigación-acción participativa, serían posibles cambios de mayor alcance.
El trabajo descrito sugiere además la necesidad de que las universidades creen instituciones que pueden mantener prolongados acuerdos de colaboración y programas de investigación-acción interdisciplinares con comunidades que están al pie del cañón y con otros actores. Contribuyó a una mejor comprensión científica colectiva y al desarrollo de marcos de referencia y métodos relacionales para analizar conjuntamente la seguridad alimentaria y del agua de los hogares en el contexto del cambio climático, pero también a explicar qué relación guarda la diversificación agrícola con la resiliencia climática, la igualdad de género y la inseguridad alimentaria. Sin embargo, los incentivos universitarios ignoran la labor invisible necesaria para tejer redes y colaboraciones y favorecen el conocimiento especializado, las innovaciones que se traducen en beneficios comerciales, plazos de publicación más cortos, artículos escritos por un solo autor y el trabajo en comunidades más ricas. Por fortuna, también existen fuerzas que contrapesan ese sesgo.
Toda universidad tiene dos aspectos. El primero y más evidente es que tiene que ver con la cultura, el conocimiento, el uso del intelecto. El segundo, no tan evidente, es que debe preocuparse de la realidad social, justo porque una universidad es, ineludiblemente, una fuerza social: debe iluminar y transformar la sociedad en la que vive
El P. Ellacuría prosigue preguntando: “Pero ¿cómo se hace eso?, ¿cómo transforma una universidad la realidad social de la que es parte en tan gran medida?” La Plataforma de Acción Laudato si’, que pronto incluirá universidades Laudato si’, ofrece el potencial para una vigorosa respuesta global coordinada (Turkson, C., 2021). Las universidades Laudato si’ se comprometen a cambiar a fin de promover siete objetivos de acción. Las instituciones pueden usar la agroecología para guiar respuestas transformadoras al grito de la Tierra y al grito de los pobres (objetivos 1 y 2), y la investigación-acción participativa brinda un enfoque vigoroso para lograr el objetivo 7, que se centra en el compromiso comunitario y la acción participativa. Otras respuestas más locales incluyen el desarrollo por algunos de mis compañeros de la Universidad de Santa Clara -entre ellos los profesores Tseming Yang, Chad Raphael, Zsea Bowmani y otros mencionados en este artículo– de la Iniciativa por la Justicia Ecológica y el Bien Común. Esta iniciativa promueve la investigación y la incidencia de índole comunitaria para impulsar la justicia social y ecológica. Con ella respondemos al llamamiento del Papa Francisco en pro de una ecología integral que sane las comunidades humanas, las especies no humanas y los ecosistemas. Colaboramos con organizaciones que responden de sus actuaciones ante comunidades de personas de bajos ingresos, latinas, negras e indígenas y sus aliados en las áreas de la alimentación y la justicia climática, el agua y la justicia climática, la ley y la política de justicia ecológica. Ayudamos a los profesores de nuestra universidad y de otras universidades jesuitas y del norte de California a incorporar en sus currículos la investigación centrada en comunidades y la justicia ecológica. Para proseguir este trabajo y fomentar la colaboración, no cejaré en este esfuerzo y me examinaré a mí mismo, preguntándome: ¿Escucho el clamor de la Tierra? ¿Escucho el clamor de los pobres? ¿Reconozco que yo soy el pobre que clama en demanda de ayuda? ¿Reconozco que soy también la Tierra que grita de dolor? ¿Estoy lo suficientemente sereno para escuchar las respuestas? ¿Me siento agradecido por los dones recibidos? ¿Somos lo suficientemente humildes para trabajar juntos por la justicia, el perdón, la reconciliación y el bien común?
Referencias:
Bacon, C. M., Sundstrom, W. A., Flores Gómez, M. E., Ernesto Méndez, V., Santos, R., Goldoftas, B. y Dougherty, I. (2014).Explaining the ‘hungry farmer paradox’: Smallholders and fair-trade cooperatives navigate seasonality and change in Nicaragua’s corn and coffee markets. Global Environmental Change, 25, 133–149.https://doi.org/10.1016/j.gloenvcha.2014.02.005
Bacon, C., Mendez, E, y Brown, M. (2005). Participatory action research and support for community development and conservation: examples from shade coffee landscapes in Nicaragua and El Salvador. Center for Agroecology and Sustainable Food Systems. Report 6. Santa Cruz, CA.
Balazs, C. L. y Morello-Frosch, R. (2013).The three Rs: How community-based participatory research strengthens the rigor, relevance, and reach of science.Environmental Justice 6(1), 9-16.
FAO, IFAD, UNICEF, PMA y OMS. (2020). El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2020: Transformación de los sistemas alimentarios para que promuevan dietas asequibles y saludables. FAO, IFAD, UNICEF, PMA y OMS.ca9692es.pdf (fao.org)
FAO. (2018). Los 10 elementos de la agroecología. Guía para la transición hacia sistemas alimentarios y agrícolas sostenibles.I9037ES.pdf (fao.org)
Freire, P. (2012). Pedagogía del oprimido.Siglo XXI: México, D.F. / Tres Cantos (Madrid).
Holt-Giménez, E., Shattuck, A., Altieri, M., Herren, H. y Gliessman, S. (2012). We already grow enough food for 10 billion people… and still can’t end hunger.Journal of Sustainable Agriculture. DOI: 10.1080/10440046.2012.695331
Martín-Baró, I. (1998). Psicología de la liberación. Trotta: Madrid.
Méndez, V. E., Bacon, C. M., Cohen, R. y Gliessman, S. R. (eds.).(2015). Agroecology: A transdisciplinary, participatory and action-oriented approach. CRC Press.
OMS, Organización Mundial de la Salud. (2021). Agua. Datos y cifras. Disponible en:Agua (who.int)
Reason, P., y Bradbury, H., eds. (2001). Handbook of Action Research: Participative Inquiry and Practice, SAGE Publications: London.(Pg.1)
Turkson, Cardenal. (Sept. 24, 2021). En carta (Prot. n.º 1599/2021) el anunció la Plataforma de Acción Laudato si’, creada como regalo del papa Francisco con motivo del quinto aniversario de la encíclica.
Original inglés
TraducciónJosé Lozano Gotor
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