Colaborar para servir a una misión que nos desborda
Abstract
Basándose en su experiencia con Fe y Alegría y la Red Xavier, Daniel Villanueva, SJ, reflexiona sobre cómo funcionan las redes eficaces y las áreas que requieren una atención especial en el liderazgo para garantizar un impacto duradero. Examina en profundidad los elementos que hacen que las redes sean fuertes y significativas, identifica los retos y obstáculos actuales a los que se enfrentan las redes y ofrece reflexiones clave para los próximos años.
La experiencia nos enseña que la decisión de colaborar no es, en su origen, organizativa. Nace del encuentro entre una demanda misional que nos supera y una disposición y apertura espiritual que, solo después, pide traducirse en estructuras y procesos. Surge cuando aceptamos que la misión a la que somos enviados desborda nuestras capacidades personales y nuestras formas habituales de organización. Solo entonces se hace posible caminar con otros, confiar en procesos compartidos y dejarnos conducir por una misión que no controlamos, pero a la que queremos servir con fidelidad.
1. Principio de realidad
1.1. Una respuesta que no se improvisa
No habían pasado ni tres días desde el estallido de la guerra en Ucrania cuando en la Compañía de Jesús desplegamos una respuesta humanitaria con una rapidez y coherencia nunca antes vista. En cuestión de horas, provincias, obras sociales, ONG jesuitas, universidades y el Servicio Jesuita a Refugiados tejimos una respuesta conjunta: visible, eficaz, coordinada internacionalmente y anclada en una sólida presencia local.
Nada de esto surgió de la improvisación. Fue posible porque el JRS ya trabajaba en Ucrania y en los países vecinos, y porque la Red Xavier, una red global de ONG jesuitas y oficinas de misiones, acumulaba catorce años de experiencia compartida en emergencias internacionales. Años de aprendizajes, de errores corregidos, de confianza construida, de liderazgo compartido y de procedimientos afinados en contextos tan diversos como Indonesia, Haití, Filipinas, Nepal, República Democrática del Congo, Sudán del Sur, Líbano o Etiopía.
Ese recorrido permitió coordinar en tiempo récord las necesidades locales dentro de un único programa común —significativamente llamado 'One Proposal'— y vincularlo a un llamado global que conectó a la Curia General, las provincias y los actores de solidaridad internacional en un solo canal de apoyo y rendición de cuentas. Esa arquitectura sigue siendo hoy el motor de nuestra respuesta a las personas desplazadas por la invasión y continúa inspirando la posibilidad de futuras respuestas coordinadas.
1.2. Un sentido de cuerpo que se hace visible
Desde hace algunos años, incluso en escuelas situadas en lugares remotos, aparece en las paredes un mapa del mundo que muestra el alcance del apostolado educativo de la Compañía de Jesús. En él, conviven escuelas jesuitas tradicionales con las del Servicio Jesuita a Refugiados y de Fe y Alegría, conformando la Red Global Jesuita de Escuelas.
Este gesto aparentemente sencillo —pero de gran intencionalidad— es la parte visible de un proceso creciente de vinculación internacional. Gracias a él, hemos podido compartir herramientas comunes como los identificadores globales, impulsar campañas como la Silla Roja y traducir las Preferencias Apostólicas Universales a la vida cotidiana de los centros de un modo impensable hace apenas unos años. Todo esto es fruto de un trabajo que comenzó con fuerza en 2012, en el primer encuentro global en Boston, y que catorce años después ha generado un sentido de pertenencia sin precedentes en nuestra historia educativa.
1.3. Un “nosotros” que se ensancha
Fe y Alegría es una de las redes más amplias y significativas de nuestro mapa apostólico. En sus setenta años de historia, la Compañía de Jesús ha caminado junto a más de ciento veinte congregaciones religiosas que han sido clave en el desarrollo de esta misión educativa entre los más pobres.
En un contexto marcado por el descenso de vocaciones, muchas congregaciones encuentran en Fe y Alegría un espacio real de colaboración que permite proyectar la misión más allá de presencias numéricamente frágiles. En un encuentro reciente con religiosas en Perú, una provincial nos expresaba con emoción: “Gracias a la red de Fe y Alegría, no solo estamos sosteniendo nuestra presencia actual, sino abriendo nuevas formas de trabajo en la Amazonía, generando una esperanza y un dinamismo espiritual muy importante para nosotras hoy.”
Estas presencias más sencillas — apoyadas en procesos institucionales compartidos y centradas en aportar densidad carismática por encima de la propiedad o la gestión — están abriendo nuevas posibilidades intercongregacionales. Todo apunta a un modo distinto de ser Iglesia, especialmente en las fronteras, donde el Espíritu impulsa una mayor radicalidad evangélica y una forma de sinodalidad que también se encarna en las estructuras y en el trabajo en red.
1.4. Ser parte de algo mayor
Estos ejemplos no son casos aislados. Son señales de un cambio profundo que se ha acelerado en los últimos años. Apuntan a nuevas formas de comprender y vivir la misión, capaces de desplegar una fuerza colectiva que nos lleva más lejos de lo que jamás alcanzaríamos por separado.
Cada vez que reflexiono sobre colaboración y redes, vuelvo a la contemplación de la Encarnación. Mirar el mundo en su totalidad ensancha el corazón y también el criterio. La misión no cabe en una obra, ni en una provincia, ni en un país. Por eso, la colaboración internacional no es una estrategia operativa, sino una consecuencia espiritual y apostólica de querer servir una misión universal, de ser conscientes de que somos parte de algo mayor que nosotros mismos.
2. Lecciones desde la práctica
Es importante remarcar que la colaboración en la Compañía de Jesús surge no como respuesta a la globalización o al desarrollo tecnológico, sino como fruto de un avance lento y profundo en la forma de comprender la misión – cada vez más universal – y de vivirla progresivamente como un solo cuerpo apostólico internacional. El trabajo colaborativo jesuita en este nivel supraprovincial, desarrollado con especial énfasis en estos últimos 20 años, no solo ha producido resultados concretos, sino que creo que ha ido configurando una forma de entender la misión, el liderazgo y la escala de nuestra acción apostólica.
2.1. Misión clara y arquitectura al servicio de lo local
La experiencia con la Red Xavier muestra la importancia de mantener una definición clara de la misión compartida, lo más sencilla y focalizada posible, principalmente en proyectos comunes y emergencias, que realmente facilite la colaboración precisa y no intente abarcar todo. Aquí ha sido clave también no crear supraestructuras innecesarias, dejar que las instituciones miembros sean las que ejecutan y visibilizar siempre sin sustituir a las organizaciones que realmente están desarrollando el trabajo. El principio de subsidiariedad es una de las claves fundamentales del networking global.
Esta intuición se confirma en el trabajo con la Kanisius Foundation, red educativa jesuita con cerca de 200 escuelas en Java Central. Una arquitectura institucional bien pensada ha permitido sostener una presencia centenaria y, hoy, desempeñar un papel clave en la mejora de la educación pública en Yogyakarta. Acertar en la arquitectura institucional puede hacer viable, o inviable, una iniciativa apostólica a largo plazo.
2.2. El tiempo como condición de la colaboración
El trabajo con la Red Jesuita Global de Escuelas muestra que las redes no se improvisan. Requieren tiempo, etapas claras y procesos de maduración. El conocimiento mutuo, el diálogo sostenido y la construcción temática compartida son condiciones previas para cualquier plan de acción común. Esta red ya ha recorrido este proceso en dos ciclos de 6 años, mostrando lo acertado del ritmo y modo. Acelerar estos procesos suele generar frustración o superficialidad.
Las mismas Global Ignatian Advocacy Networks, con más de 17 años de historia, muestran que lleva años encontrar la dinámica adecuada para articular, permear y alinear a los actores correctos para la colaboración internacional. El trabajo colaborativo tiene metodología, estrategia y lleva tiempo.
2.3. Diversidad y adaptación al contexto
La experiencia del Servicio Jesuita a Refugiados destaca la necesidad de diferenciar estrategias según regiones y contextos institucionales. El trabajo global solo funciona cuando se adapta a la realidad concreta de cada conferencia y provincia. Toda red que trabaja más allá de una conferencia lo sabe. De otra manera, las redes que homogeneizan terminan debilitando el cuerpo apostólico.
En Fe y Alegría, esta convicción se hace especialmente visible. La fuerza real de la red está en el valor radical de lo local. La red solo tiene sentido y funcionará en la medida en que nuestro trabajo colaborativo se apoye, potencie, cree valor y mejore la misión local concreta. De esta forma, es viable construir redes apoyadas en la escucha, el diálogo y el discernimiento colectivo desde las comunidades que servimos. Esto requiere espacios, metodologías y procesos dialógicos que aseguren esta construcción compleja.
2.4. Complementariedad y representatividad
Del trabajo con redes universitarias surge una lección exigente. La colaboración se debilita cuando reúne obras con pesos institucionales muy distintos si no existe una complementariedad misional clara. Por eso, resulta clave integrar la academia con otros ámbitos apostólicos. La universidad aporta una capacidad singular para pensar y elaborar respuestas a preguntas que nacen de la práctica apostólica. Son preguntas que muchos agentes formulan, pero para las que no siempre disponen de tiempo o condiciones para profundizar. La academia también aporta investigación y datos. Esos insumos sostienen estrategias supraprovinciales, por ejemplo, de incidencia, relacionamiento o difusión. Aquí se juega uno de los principales valores añadidos de las redes internacionales.
En el trabajo con la GIAN por el derecho a la educación hemos constatado que todavía hay una gran riqueza de experiencia colaborativa que no hemos sabido integrar en el nivel internacional. Cuanto más exploramos el mapa apostólico, más nos damos cuenta de que hay mucha iniciativa que aún no está ni es conocida por nuestras redes. Existen verdaderos tesoros de trabajo en red en Indonesia, India o Filipinas, por ejemplo, que siguen siendo poco visibles y apenas conectados con dinámicas de mayor escala. Cuesta reconocerlo, pero aún hoy en día, el trabajo colaborativo continúa limitado por déficits de comunicación o falta de representatividad en el nivel internacional.
2.5. Co-creación y apertura
El trabajo con redes de juventudes como MAGIS o RG21+ deja una lección decisiva, a veces incómoda para las instituciones. Cuando la colaboración es auténtica, los resultados no se pueden anticipar ni controlar. Estas redes se convierten en espacios reales de co-creación, donde los jóvenes no solo participan, sino que redefinen los términos mismos de la misión compartida. Abrir las dinámicas colaborativas implica aceptar esa incertidumbre. No es un gesto simbólico, sino una conversión institucional: dejar el control y confiar. Las redes ofrecen método y estructura, pero la misión se activa (y se dispara) cuando las personas que las integran son capaces de imaginar y asumir una misión verdaderamente compartida. El resultado es impredecible.
Por último, el trabajo en espacios intercongregacionales evidencia la apertura que estas dinámicas colaborativas exigen y que, de hecho, ensancha nuestra identidad. Colaborar implica aceptar que nuestra identidad entra en diálogo y complementariedad con otras, contrastando de manera real nuestro sentido de cuerpo, y nos obliga a buscar suelo común y a depurar intenciones. Avanzar en colaboración supone asumir esta exposición como parte del camino y crecer desde ella.
3. Un nuevo modo de proceder
De estas experiencias se desprende una convicción de fondo. Nuestro cuerpo apostólico tiene una naturaleza dual: conviven jerarquías y redes. Las redes no son apoyos funcionales secundarios, sino actores apostólicos con agencia propia, como las obras. Por eso requieren una vinculación clara con la gobernanza jesuita y espacios de coordinación formales con el resto de los actores de la misión. En ese camino andamos.
En el pasado, liderar la misión equivalía a la coordinación apostólica de instituciones, pero hoy implica también el acompañamiento y dinamización de las redes. Esto ha de tenerse presente en cada nivel apostólico. Los secretariados de la Curia General hacen tiempo que integran sus liderazgos regionales con los responsables de redes internacionales. No obstante, aunque llevamos años de grupos de trabajo y diálogos al más alto nivel, aún sigue abierta la pregunta de la CG36 sobre el nivel adecuado de gobernanza de las redes jesuitas.
Nuestro cuerpo apostólico está adoptando una configuración más compleja y, al mismo tiempo, más coherente. Se articula como una trama donde se entrecruzan regiones territoriales, sectores apostólicos y redes transversales. Uno de los aciertos de la última Congregación General fue la figura responsable de Discernimiento y Planificación Apostólica, y formular la tríada que define hoy nuestro modo de proceder: discernimiento, colaboración y trabajo en red. No son conceptos independientes. Son dimensiones inseparables de un mismo dinamismo espiritual y apostólico. Las redes hacen viable la colaboración. La colaboración crea las condiciones para un verdadero diálogo apostólico. Y ese diálogo permite un discernimiento real como cuerpo. Sin redes, la colaboración no escala. Sin colaboración real, el discernimiento comunitario se queda en retórica.
Por último, resulta profundamente significativo que, mientras los secretariados sectoriales avanzaban en la creación de redes globales, en ellas han surgido equipos de trabajo que convergen en sus temáticas. La ecología, la migración, la educación y la ciudadanía global están emergiendo como temas suprasectoriales, surgiendo orgánicamente en cada uno de los secretariados y pidiendo ser pensados como ámbitos comunes de misión.
4. Pistas para seguir avanzando
Todo lo anterior apunta a un nuevo modo de proceder claramente apostólico, relacional y en continuo discernimiento. Un modo cuyo criterio es la misión y no las estructuras, que opera desde una lógica sistémica que parte de la realidad, acepta su complejidad y busca articularla sin reducirla. Es un modo necesario para responder a una misión que ya no se juega solo en lo local, sino que exige articulaciones y una agencia supraprovincial. Desde ahí, no puedo evitar cerrar este artículo con algunas reflexiones pensando en los próximos años.
La primera es clara. Misión e identidad son el verdadero pegamento de toda red. La colaboración solo funciona cuando nos sabemos parte de algo mayor y compartido. Reforzar un sentido profundo de misión universal exige integrar esta dimensión en la práctica ordinaria a nivel de obra, provincia y conferencia. Es clave seguir desarrollando marcos amplios de misión compartida, como las Preferencias Apostólicas, y, al mismo tiempo, prestar atención a instrumentos similares de la Iglesia y de la sociedad civil, como los pactos mundiales de Naciones Unidas y sus concreciones eclesiales en ámbitos como la migración o la educación.
En segundo lugar, el trabajo en red requiere un ecosistema institucional adecuado. La buena voluntad no basta. Es necesario fortalecer los Secretariados de la Curia General como espacios de animación sectorial y crear, al mismo tiempo, ámbitos estables de diálogo con las redes globales intersectoriales. Si no se opta por estructuras apostólicas directamente vinculadas a la Curia General, las Conferencias de Provinciales aparecen como el espacio natural de engarce apostólico de las redes internacionales. Para ello, necesitamos asegurar las condiciones que permitan a estos espacios de coordinación regional asumir también la gobernanza de dinámicas globales. Necesitamos un espacio internacional donde dialogar con la visión de conjunto y, antes de crear nuevas redes, poder cuidar las existentes y garantizar la coherencia del conjunto.
La tercera reflexión es que las redes requieren liderazgos que no están basados en la autoridad, sino en la persuasión, la animación y la generación de confianza. No es sencillo encontrar perfiles adecuados para este tipo de responsabilidades. Por ello, es necesario seguir apostando por programas de liderazgo internacional y colaborativo que integren gestión, interculturalidad y espiritualidad ignaciana. Resulta igualmente clave cuidar los procesos de selección y acompañar de forma sostenida a quienes asumen estas tareas. Muchas de nuestras dificultades en este nivel no son estructurales o estratégicas, sino de perfiles y capacidades.
Todo lo anterior exige superar el individualismo institucional y fortalecer una cultura colaborativa. La autosuficiencia y la lógica de silos siguen debilitando nuestras redes. Hoy, liderar e influir apostólicamente implica aceptar obras y procesos híbridos en los que nuestra presencia no siempre será de control o de propiedad. Implica fomentar la generosidad interprovincial y ampliar el “nosotros” como verdadero sujeto de misión, colaborando con otras congregaciones religiosas y con la sociedad civil. No existe horizonte apostólico posible sin colaboración con quienes comparten, desde lugares distintos, el compromiso con la justicia, la dignidad humana y el bien común. Este paso, aunque pueda parecer sencillo, sigue planteando un desafío serio en la formación de nuestros escolares y exige, en muchos casos, una reconfiguración identitaria del jesuita ante “nuestros” apostolados y misión.
Finalmente, resulta imprescindible crear espacios estables de reflexión y discernimiento sobre la praxis de la colaboración. En 2012, en Boston College, y en 2017, en Georgetown, se celebraron dos encuentros internacionales centrados en el estudio del trabajo en red. En 2024, en Roma, tuvo lugar una reunión de planificación apostólica cuya reflexión y dinámica se movían en este mismo marco organizativo internacional. Necesitamos más experiencias de este tipo. El cuerpo apostólico aprende poco si no es capaz de sistematizar su propia experiencia.
5. El futuro como tarea común
Las últimas Congregaciones Generales no han dejado lugar a dudas: el trabajo en red no es una opción técnica entre otras, sino "una condición indispensable" para nuestra misión apostólica. Al apoyar y alentar las redes, la Compañía reconoce que la forma en que nos organizamos es inseparable de la misión que servimos.
Ojalá este artículo nos ayude a darnos cuenta de que, mientras colaboramos y creamos estructuras para ello, estamos cableando nuestro cuerpo apostólico, dando forma concreta a cómo la misión podrá desplegarse mañana. Hoy, el futuro de nuestro mapa apostólico depende de la capacidad para combinar creativamente instituciones que ya existen y hacerlas trabajar juntas - y con otros - de un modo nuevo. No es cuestión de abrir más obras, sino de discernir con lucidez y liderazgo cómo articular misionalmente las que ya tenemos. Ahí se juega hoy nuestra responsabilidad.
Creo firmemente que, de la manera cómo configuremos hoy nuestras redes e incentivemos la colaboración, dependerá en gran medida hasta dónde podremos llegar mañana como cuerpo apostólico al servicio del bien más universal. La misión nos seguirá desbordando. Nuestro reto es responder juntos.
Daniel Villanueva SJ es un jesuita español e ingeniero de sistemas. Estudió teología en España y Estados Unidos y tiene un Global Executive MBA por la Universidad de Georgetown y ESADE. Desde 2023 es coordinador general de la Federación Internacional de Fe y Alegría, tras haber ocupado cargos directivos en Entreculturas y Alboan. Su trabajo se centra en la cooperación internacional, la educación, la tecnología y la gobernanza global. Es miembro de los órganos de gobierno de instituciones como el Servicio Jesuita a Refugiados y la Universidad de Georgetown.