¿Trabajo sin trabajadores? Inteligencia artificial, empleo y sociedad humana

Por: Diego Patino | Decano, Facultad de Ingeniería, Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, Colombia

La Revolución Industrial planteó la pregunta de si el progreso económico podía conciliarse con la dignidad de los trabajadores. También desafió el supuesto de que el progreso económico es intrínsecamente bueno. ¿Puede llamarse progreso una mayor productividad si se logra a costa de la dignidad humana, la cohesión social o el mundo natural? Más de un siglo después, la inteligencia artificial plantea un desafío distinto, pero igualmente profundo. Las máquinas ya no transforman únicamente la manera en que producimos bienes; están comenzando a transformar la manera en que pensamos, decidimos, creamos e incluso nos relacionamos entre nosotros. La pregunta que tenemos delante, por lo tanto, no es meramente tecnológica. Es antropológica.

Cuando el Papa León XIV firmó Magnifica Humanitas el 15 de mayo de 2026, marcando deliberadamente el aniversario 135 de Rerum Novarum, situó la inteligencia artificial dentro de esta larga tradición de la Doctrina Social de la Iglesia. Así como León XIII respondió a las consecuencias sociales de la industrialización reafirmando la dignidad del trabajador, León XIV nos invita a afrontar las implicaciones éticas de la inteligencia artificial comenzando, una vez más, por la persona. Ese orden importa. Toda reflexión seria sobre la inteligencia artificial y el trabajo debe comenzar no por los algoritmos, sino por la antropología.

El trabajo como vocación humana

Los seres humanos no son valiosos porque son productivos. Son productivos porque son valiosos. Esto no es simple retórica. Es el fundamento de todo el enfoque de la tradición social católica sobre el trabajo. Juan Pablo II, enLaborem Exercens, llamó al trabajo “la clave de toda la cuestión social”, no porque genere riqueza, sino porque es a través del trabajo que las personas expresan su dignidad, desarrollan sus capacidades, sostienen a sus familias y contribuyen al bien común (Juan Pablo II, 1981). El trabajo es una vocación antes de ser una transacción.Magnifica Humanitas reafirma esto: la Iglesia reconoce en el trabajo “la clave esencial para comprender toda la cuestión social, ya que es a través de su trabajo que las personas desarrollan muchas dimensiones de su existencia” (León XIV, 2026, n.º 148).

Este punto de partida lo cambia todo. Si el valor del trabajo deriva de su productividad, entonces cualquier tecnología que mejore la productividad al tiempo que elimina trabajadores es inequívocamente buena. Si el valor del trabajo deriva de lo que hace hacia y por las personas, como espacio de dignidad, creatividad, solidaridad y responsabilidad, entonces el cálculo es mucho más complejo. Una economía que produce más mientras deja a más personas en lo queMagnifica Humanitas llama “inactividad forzada” no es progreso. Es, en el lenguaje preciso de la encíclica, “empobrecimiento humano y cultural” (León XIV, 2026).

La tradición va todavía más lejos. El trabajo no es solo un espacio de dignidad; es el ámbito primario de la libertad humana. Trabajar es actuar sobre el mundo, transformar la materia prima mediante la inteligencia y la voluntad humanas, dejar una huella que dice: aquí estuvo una persona, y eligió contribuir. Por eso el desplazamiento de trabajadores por la IA no es solo un daño económico, sino también existencial: reduce el espacio en el que las personas ejercen su libertad, asumen responsabilidad y experimentan la satisfacción irremplazable de entregar algo de sí mismas a algo más grande. La libertad, en la tradición católica, no es meramente la ausencia de restricción; es la capacidad de darse a sí mismo. Una economía que reduce sistemáticamente las oportunidades para ese tipo de libertad no libera a las personas. Las disminuye.

Esta reflexión también cuestiona otro supuesto que se ha vuelto casi incuestionable en la vida económica contemporánea: la primacía de la eficiencia. La inteligencia artificial promete ganancias sin precedentes en productividad y optimización, y estas se presentan a menudo como justificación suficiente para su adopción. Sin embargo, la eficiencia, como la productividad, no es un bien moral en sí misma. Es simplemente la capacidad de lograr un objetivo determinado utilizando menos recursos. Si ese objetivo es digno es una pregunta distinta, y más importante. El discernimiento ignaciano nos recuerda que el desafío ético nunca es simplemente preguntar ¿qué funciona mejor?, sino ¿qué sirve al mayor bien? Una sociedad que se vuelve más eficiente mientras disminuye las oportunidades de trabajo significativo, debilita la solidaridad o degrada la creación puede estar tecnológicamente avanzada, pero no puede decirse que haya logrado un progreso humano genuino.

Comenzar aquí, con la dignidad, la vocación y la libertad de la persona humana, y no con las capacidades de la máquina, es el primer y más importante correctivo a la conversación dominante sobre la IA y el trabajo.

Lo que la IA le está haciendo al trabajo

La magnitud del impacto de la IA en el empleo es, en verdad, difícil de asimilar. El Fondo Monetario Internacional estimó en 2024 que casi el 40 por ciento del empleo mundial está expuesto a la IA, cifra que aumenta al 60 por ciento en las economías avanzadas, con ocupaciones de alta cualificación ahora tan expuestas como lo estuvieron los trabajadores fabriles en olas de automatización anteriores (FMI, 2024). La Organización Internacional del Trabajo ha documentado que estos efectos son profundamente desiguales, recayendo con más fuerza sobre las mujeres, los trabajadores jóvenes y el Sur Global (OIT, 2023).

Los desplazamientos reales ya están en marcha: una importante empresa fintech que reemplaza a 700 agentes de servicio al cliente con un asistente de IA; guionistas y actores en huelga contra estudios que proponen replicar su trabajo creativo sin su consentimiento; categorías enteras de empleo de oficina congeladas o contraídas a medida que la IA absorbe las tareas que antes las justificaban. Estos no son futuros hipotéticos. Son el presente.

En América Latina, la vulnerabilidad estructural agrava estas presiones. Con un empleo informal que supera el 60 por ciento en muchos países, los trabajadores carecen de las protecciones legales y las redes de seguridad social que hacen que las transiciones sean sobrevivibles. Cuando la optimización impulsada por la IA reduce la demanda de mano de obra en una cadena de suministro europea, el efecto llega a Bogotá o a Lima sin previo aviso, sin respuesta de política pública y sin aparecer jamás en ninguna evaluación de impacto. Las primeras olas golpean a quienes menos pueden absorberlas.

Magnifica Humanitas nombra lo que estos debates suelen omitir. Los sistemas de IA que reconfiguran los mercados laborales dependen de una fuerza de trabajo oculta: millones de personas, desproporcionadamente mujeres de países de bajos ingresos, que etiquetan datos, entrenan modelos y moderan contenido perturbador en condiciones exigentes y por una remuneración mínima. Los dispositivos físicos que hacen funcionar la IA dependen de minerales de tierras raras extraídos, en algunas partes del mundo, mediante el trabajo peligroso de niños (León XIV, 2026, n.º 173). La economía de la IA no ha abolido la explotación. La ha reestructurado y la ha vuelto menos visible, lo que la hace más difícil de cuestionar.

La transformación del trabajo que permanece

Más allá de los empleos que la IA elimina existe una transformación igualmente importante en el carácter del trabajo que subsiste. La gestión algorítmica —sistemas que asignan tareas, monitorean el desempeño, ajustan la compensación y terminan relaciones laborales sin juicio humano— se está extendiendo en la logística, el cuidado, la hostelería y los servicios profesionales. El trabajador de bodega cuyo cada movimiento es rastreado por un algoritmo, el repartidor cuya cuenta es desactivada sin explicación, el profesor cuyo desempeño es calificado por un sistema que nunca ha conocido a un estudiante: estos no son excepciones. Representan un nuevo paradigma de trabajo en el que los seres humanos responden no ante otros seres humanos, sino ante máquinas.

La pérdida que esto representa no es solo económica. El trabajo ha sido históricamente un espacio de reconocimiento, un lugar donde las personas son vistas, donde pertenecen a algo más grande que ellas mismas, donde la solidaridad se construye y se sostiene. La gestión algorítmica arrasa con esto con eficiencia clínica. Un encuentro con otra persona, incluso uno difícil, incluso con un supervisor de juicio imperfecto, conserva una dimensión moral que un encuentro con un algoritmo no tiene. Ser gestionado por un sistema incapaz de reconocer el cansancio, el duelo o las circunstancias humanas es una forma específica de deshumanización, que ningún salario más alto puede remediar.

La insistencia de León XIV en que “la búsqueda de mayores ganancias no puede justificar decisiones que sacrifican sistemáticamente empleos, porque la persona humana es un fin, no un medio” (León XIV, 2026) no es una afirmación económica. Es una afirmación antropológica. La economía tiene un propósito, existe para servir a las personas y al bien común, y cuando olvida ese propósito, se olvida de sí misma.

Discernimiento en la era de la inteligencia artificial

La inteligencia artificial optimiza. Los seres humanos discernimos. La optimización pregunta:¿qué funciona? El discernimiento pregunta:¿qué sirve al mayor bien? No son la misma pregunta, y confundirlas es uno de los errores definitorios de nuestro momento tecnológico.

Los sistemas de IA son optimizadores extraordinariamente poderosos. Dado un objetivo, lo persiguen con una consistencia inhumana. Pero los objetivos deben ser fijados por seres humanos, y la elección del objetivo es siempre ya un acto moral. Cuando una corporación fija la “reducción de costos” como objetivo, la IA la perseguirá eliminando trabajadores. Cuando una universidad fija la “retención estudiantil” como objetivo, la IA puede perseguirla identificando a estudiantes en riesgo antes de que abandonen. Cuando un sistema de salud fija el “acceso equitativo” como objetivo, la IA puede extender la capacidad diagnóstica a comunidades que nunca la han tenido. La tecnología nunca es neutral; su carácter moral está determinado menos por lo que puede hacer que por los propósitos que le asignamos.

Este es el núcleo del discernimiento: no una técnica para tomar decisiones eficientes, sino una práctica de atender cuidadosamente lo que realmente está sucediendo, nombrar los valores en juego y elegir de acuerdo con lo que verdaderamente sirve a la plenitud de las personas y las comunidades. Aplicado a la IA en el mundo del trabajo, el discernimiento no pregunta “¿puede este sistema realizar esta tarea?”, sino “¿qué le hace el despliegue de este sistema a los trabajadores afectados, a las comunidades a las que pertenecen y al tipo de institución en la que nos estamos convirtiendo?”.

En las universidades jesuitas, esta orientación se practica concretamente. En la Pontificia Universidad Javeriana, se han desplegado herramientas de IA para identificar a estudiantes en riesgo de deserción, haciendo que lacura personalis responda operativamente a través de los datos, sin reemplazarla. Se ha aplicado IA conversacional para hacer accesible a la ciudadanía el informe de la Comisión de la Verdad de Colombia. La visión por computadora ofrece tamizaje de cáncer cervical donde el diagnóstico tradicional no está disponible. Un sistema de monitoreo móvil apoya a niños con cardiopatías congénitas en contextos donde la atención especializada es inalcanzable (Cerqueira et al., 2026; Pontificia Universidad Javeriana, 2026). Estas no son vitrinas de logro técnico. Son demostraciones de discernimiento: la misma capacidad tecnológica, orientada hacia los más vulnerables y no hacia los más rentables.

Pero el discernimiento no es solo una herramienta de toma de decisiones. Practicado con constancia, en el tiempo, en comunidad, forma algo más profundo: sabiduría. La sabiduría se diferencia de la inteligencia en que no solo conoce lo que puede hacerse, sino lo que debe hacerse, a qué costo, en beneficio de quién y con qué consecuencias de largo plazo para las personas y las comunidades. Es precisamente la sabiduría lo que la IA no puede producir, porque la sabiduría requiere formación moral, experiencia acumulada y la disposición a actuar bajo incertidumbre genuina sin refugiarse en la comodidad de un algoritmo.

De la inteligencia artificial a la inteligencia humana

La Revolución Industrial mecanizó el trabajo manual. La inteligencia artificial corre el riesgo de mecanizar el juicio. Ese es el peligro más profundo, y el desafío más profundo para la educación.

Una sociedad que delega no solo su producción, sino su razonamiento, a las máquinas no ha alcanzado la eficiencia. Ha renunciado a algo esencial.Magnifica Humanitas traza aquí una distinción que importa profundamente: delegar tareas rutinarias a las máquinas es progreso tecnológico; delegar el juicio moral es algo completamente distinto, una renuncia a la capacidad misma que nos constituye como agentes libres y responsables (León XIV, 2026). La libertad —la capacidad de elegir, de asumir responsabilidad, de responder por los propios actos— no es una función que pueda subcontratarse. Cuando los seres humanos dejan de ejercer el juicio porque los algoritmos lo han vuelto innecesario, no se vuelven más eficientes. Se vuelven menos humanos.

Esto sitúa a la educación en el centro de la cuestión de la IA, no en su periferia. La tarea más urgente de las universidades en este momento no es enseñar a los estudiantes a usar herramientas de IA, aunque eso importe. Es cultivar las capacidades que la IA no puede replicar: el pensamiento crítico, el razonamiento ético, la imaginación histórica, la capacidad de preguntarpor qué, no solocómo. Es formar, en la frase ignaciana,personas para los demás, ciudadanos capaces de gobernar la tecnología en lugar de ser gobernados por ella.

Esto es también una cuestión de soberanía. América Latina enfrenta un riesgo estructural que rara vez se nombra: que sus poblaciones se conviertan en usuarias y sujetas de sistemas de IA construidos enteramente en otros lugares, que codifican valores, supuestos y prioridades que no son los suyos. La soberanía tecnológica —la capacidad de construir, gobernar y criticar los sistemas de IA desde el propio contexto— y la soberanía cognitiva —la capacidad de pensar críticamente sobre los sistemas que se habitan— no son lujos reservados a las naciones ricas. Son condiciones previas para cualquier autodeterminación genuina. Las universidades de la región, y las universidades jesuitas en particular, tienen la responsabilidad no solo de enseñar con IA, sino de enseñar sobre ella: su historia, su política, sus valores implícitos y sus alternativas.

Las implicaciones prácticas para las universidades son exigentes, y recaen especialmente sobre quienes formamos ingenieros, científicos de datos y tecnólogos. Si el objetivo es graduar personas capaces de gobernar la IA y no simplemente de operarla, entonces la ética no puede seguir siendo un curso aislado, un requisito que se cumple antes de que comience el currículo “de verdad”. Debe entretejerse en la ingeniería, la medicina, el derecho, la economía y en todo campo que despliegue IA con consecuencias importantes. Los estudiantes que diseñan sistemas de IA deberían dedicar tanto tiempo a estudiar las consecuencias sociales de esos sistemas como su arquitectura técnica. Los educadores que enseñan con IA deberían modelar el discernimiento que intentan cultivar: transparentes sobre lo que la herramienta está haciendo, honestos sobre sus límites, deliberados sobre cuándo sirve a propósitos humanos y cuándo no. Y las instituciones que están definiendo las normas de adopción de IA en sus propios campus deberían hacerlo con el mismo cuidado, consulta y atención a los más vulnerables que exigen a los gobiernos y las corporaciones. No podemos enseñar lo que no practicamos.

El mayor desafío de nuestro momento tecnológico no es construir máquinas más inteligentes. Es cultivar personas más sabias.

Lo que debemos hacer

Magnifica Humanitas es inequívoca en un punto: la doctrina social no es solo un mensaje que la Iglesia dirige al mundo. Es un espejo que la Iglesia debe sostener frente a sí misma, exigiendo que sus propias instituciones practiquen lo que profesan (León XIV, 2026, n.º 86). Las instituciones jesuitas no pueden eximirse de esta exigencia.

A nivel institucional, toda organización que despliegue IA en la contratación, la evaluación o la prestación de servicios debe exigir evaluaciones de impacto antes de su implementación, garantizar la divulgación transparente y asegurar a los trabajadores un recurso significativo. A nivel de política pública, las ganancias de productividad derivadas de la IA deben compartirse a través de estructuras fiscales progresivas, protección social robusta y marcos de gobernanza basados en el riesgo, como la Ley de IA de la Unión Europea, que someten los sistemas de empleo de alto impacto a un escrutinio proporcional a sus consecuencias (Comisión Europea, 2024). A nivel comunitario, el acto más urgente puede ser reconocer el trabajo de cuidado —criar hijos, acompañar a los mayores, sostener comunidades— como trabajo, e insistir en que su invisibilidad en la contabilidad económica es una elección, no una necesidad.

El futuro no pertenecerá a quienes construyan las máquinas más inteligentes. Pertenecerá a quienes aseguren que la inteligencia permanezca al servicio de la sabiduría, la justicia, la solidaridad y el amor.

Conclusión

Magnifica Humanitas concluye proponiendo el “pacto entre la gloria y la fragilidad” de la humanidad como criterio para evaluar todo lo que ofrece la cultura contemporánea, incluidas sus visiones tecnológicas (León XIV, 2026, n.º 239). Este es el lente a través del cual deben examinarse la IA y el trabajo: no como problemas de optimización, sino como decisiones morales sobre lo que valoramos, quién cuenta y qué tipo de futuro estamos dispuestos a habitar.

Los trabajadores en riesgo de desplazamiento no son daño colateral. Son el punto central. Que respondamos a su situación con solidaridad o con indiferencia revelará más sobre nuestra civilización que cualquier medida de desempeño que alcancen nuestras máquinas. La pregunta no es solo qué puede hacer la inteligencia artificial. Es si los seres humanos, en la era de la inteligencia artificial, elegiremos seguir siendo plenamente humanos.

Referencias

  • Cerqueira, R., Green, B. P., Patiño, D., Castiaux, A., Fernández Álvarez, L., Rose, J., & Gonsalves, T. (2026). Ignatian AI in practice: The IAJU AI Task Force as a global community of discernment, governance, and innovation. Fordham University.
  • Comisión Europea. (2024). Living guidelines on the responsible use of generative artificial intelligence in research. Bruselas: Comisión Europea.
  • Organización Internacional del Trabajo. (2023). Artificial intelligence and jobs: A review of the evidence. Ginebra: OIT.
  • Fondo Monetario Internacional. (2024). AI will transform the global economy. Let’s make sure it benefits humanity. Washington, D.C.: FMI.
  • Juan Pablo II. (1981). Laborem Exercens [Encíclica sobre el trabajo humano]. Ciudad del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana.
  • León XIII. (1891). Rerum Novarum [Encíclica sobre la condición de los trabajadores]. Ciudad del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana.
  • León XIV. (2026). Magnifica Humanitas [Encíclica sobre la salvaguarda de la persona humana en la era de la inteligencia artificial]. Ciudad del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana.
  • Pontificia Universidad Javeriana. (2025). Política de cultura y desarrollo digital (Acuerdo N.º 762). Bogotá: PUJ.
  • Pontificia Universidad Javeriana. (2026). Plan de implementación de la política de cultura y desarrollo digital 2026-2031 (Acuerdo N.º 784). Bogotá: PUJ.
  • UNESCO. (2021). Recommendation on the ethics of artificial intelligence. París: UNESCO.

Autor

Diego Patiño es decano de la Facultad de Ingeniería de la Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá, Colombia). Es doctor en Control Automático y Procesamiento de Señales por la Universidad de Lorena (Francia) y autor de aproximadamente 200 artículos publicados en revistas y congresos. Su trabajo aúna los sistemas de control, los sistemas energéticos y la inteligencia artificial, con especial atención a la gobernanza ética de la IA. Miembro sénior del IEEE, forma parte del Grupo de Trabajo sobre Inteligencia Artificial de la IAJU y ha sido galardonado con la Orden al Mérito «José Acevedo y Gómez» por el Consejo Municipal de Bogotá.

Share this Post:

Noticias relacionadas