La democracia, que históricamente ha demostrado ser la más eficaz para cumplir con estos criterios, no se puede dar por sentada. En nuestra era de la IA, los ciudadanos deben exigir algo más que elecciones multipartidistas y la protección de las libertades básicas; ese núcleo institucional no es suficiente. Debemos regular y canalizar cuidadosamente las tecnologías poderosas que tienen la capacidad de dividirnos unos de otros y de socavar la participación social y política. Eso significa mantener espacios en la sociedad civil donde el contacto humano y la amistad social puedan florecer sin la mediación de las máquinas, comenzando por los sistemas educativos por los que pasan todos los ciudadanos. Significa combatir los deepfakes y la desinformación en la esfera pública, para que los ciudadanos sigan actuando en un mundo de hechos y evidencias y la representación política cuente con una base sólida.
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La inteligencia artificial (IA) está cada vez más presente en la vida pública de Ghana, entre otras cosas, a través de los sistemas digitales utilizados para la identificación, la verificación y la prestación de servicios. Por lo tanto, la cuestión ética no es simplemente ¿qué puede hacer la IA?, sino ¿qué les sucede a las personas cuando los sistemas digitales se convierten en las puertas de acceso a través de las cuales se reconocen la ciudadanía, la movilidad o el acceso a los servicios? En el norte de Ghana, especialmente en las comunidades fronterizas, esta es una cuestión concreta. Tuve el privilegio de visitar la comunidad de Pusiga en noviembre de 2025 con un amigo jesuita originario de allí. Por ello, el tema de este artículo me resulta muy cercano.
El artículo «Pandemia y autoritarismo», de Germán Rosa, SJ, fue escrito en medio de la crisis provocada por la COVID-19, pero sus intuiciones trascienden aquella coyuntura. La pandemia aparece como un revelador y acelerador de tendencias políticas ya presentes: la concentración del poder, el debilitamiento de los controles democráticos y la aceptación de restricciones extraordinarias en nombre de la seguridad colectiva. La principal sospecha de Rosa es que el miedo puede llevar a la ciudadanía a ceder silenciosamente libertades y derechos, y medidas que inicialmente eran temporales se normalizan y perduran. En sociedades atravesadas por la desigualdad, además, el control nunca se distribuye de manera neutral: recae con mayor fuerza sobre las personas empobrecidas, las poblaciones marginadas, los migrantes, los opositores y quienes defienden derechos y territorios.
Hablar de niños muertos duele. Sin embargo, también puede sanar. Mientras escuchaba las historias que se compartieron ese día, me di cuenta de que volvía a revivir recuerdos que a veces prefiero no recordar. Recuerdo encontrar el cuerpo sin vida de mi hermana en la cama una mañana de sábado. Acudí a buscarla para llevarla conmigo a ver dibujos. Al escuchar la historia de Hind Rajab, una niña de cinco años atrapada dentro de un auto atacado por fuerzas israelíes revivió en mí el recuerdo de un niño extendiendo la mano para tocar a su hermana. La pequeña Hind logró llamar a la Medialuna Roja para pedir auxilio. Horas después, la hallaron a ella y a los paramédicos que acudieron en su ayuda, ya sin vida. El relato helado me remitió al frío glacial que me recorrió la mano al tocar suavemente el brazo de mi hermanita, en un intento inútil por despertarla.
En la comunidad acomodada donde vivo, camino por la calle con una camiseta de la prestigiosa institución jesuita a la que asistí en su momento. Es como si, con presunción, supusiera que la camiseta mitigaría la posibilidad de ser observado por miradas vigilantes. Sin embargo, me doy cuenta al instante —cuando las puertas de los autos se cierran al pasar junto a ellas y cuando aprietan sus carteras al cruzarme— de que mi cuerpo se convierte en un motivo de sospecha. Me recuerda que mi negrura precede a mi existencia. Me recuerda que mi cuerpo oscuro obstaculiza la presunción de inocencia. Me recuerda que mi piel oscura ha despojado de mi humanidad y me ha convertido en un objeto de miedo.
Cuando Omar dio con el sitio, en una colonia de las afueras, pudo ver un rosario blanco colgado sobre la puerta y experimentó algo de alivio. Le habían dicho que era un albergue de religiosas. Llevaba varios días durmiendo mal y caminando en condiciones muy difíciles. Tenía los pies lastimados, los zapatos rotos y una ropa que, durante las dos últimas semanas, se había mojado y secado sobre su cuerpo. El olor ya no se aguantaba. Su esposa y sus dos hijos pequeños habían sido acogidos tres días en otro lugar, donde podrían reponer fuerzas. A él, por ser hombre, no le permitieron quedarse en el mismo espacio; ese era el criterio de seguridad que les habían explicado.
Toda comunidad política nace, en alguna medida, de una promesa de protección. Pero esa promesa no puede entenderse de manera pobre o reduccionista. Proteger no significa solo defender frente al peligro, contener la amenaza o neutralizar el riesgo. Significa también sostener las condiciones que hacen posible una vida propiamente humana: la pertenencia, el reconocimiento, la educación, el trabajo, la salud, la participación, los vínculos y los derechos. Una sociedad no protege únicamente cuando impide que alguien sea agredido; también protege cuando evita que alguien quede abandonado, invisible o excluido de la comunidad a la que pertenece.
La inteligencia artificial vuelve especialmente urgente la propuesta de Matthew Carnes de avanzar hacia una economía de solidaridad y reconciliación, fundada en la dignidad de cada persona y en el bien común. Frente a una transformación tecnológica que invisibiliza trabajos precarios, reproduce discriminaciones y amenaza con concentrar los beneficios de la productividad, el texto nos invita a preguntar no solo cuánto valor genera la innovación, sino quién participa de ese valor, quién queda excluido y qué condiciones permiten el florecimiento humano. La educación permanente, la protección social y la participación de los sectores desplazados se erigen en condiciones indispensables para que la inteligencia artificial esté al servicio del trabajo digno y no de una economía sin trabajadores.
La inteligencia artificial (IA) está modificando el mundo del trabajo en varios planos a la vez. Altera las condiciones de quienes trabajan para hacerla posible, muchas veces en tareas invisibles y precarias; cambia los procesos de contratación, organización y promoción laboral, donde las decisiones automatizadas pueden reproducir desigualdades históricas con apariencia de neutralidad; anticipa un nuevo paradigma laboral en el que parte del valor económico podrá crecer sin un aumento proporcional del trabajo humano; y transforma la manera en que educamos a profesionales que tendrán que convivir con ella, modificando tanto los métodos de enseñanza como las competencias de los perfiles de egreso.

















