En la comunidad acomodada donde vivo, camino por la calle con una camiseta de la prestigiosa institución jesuita a la que asistí en su momento. Es como si, con presunción, supusiera que la camiseta mitigaría la posibilidad de ser observado por miradas vigilantes. Sin embargo, me doy cuenta al instante —cuando las puertas de los autos se cierran al pasar junto a ellas y cuando aprietan sus carteras al cruzarme— de que mi cuerpo se convierte en un motivo de sospecha. Me recuerda que mi negrura precede a mi existencia. Me recuerda que mi cuerpo oscuro obstaculiza la presunción de inocencia. Me recuerda que mi piel oscura ha despojado de mi humanidad y me ha convertido en un objeto de miedo.
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Cuando Omar dio con el sitio, en una colonia de las afueras, pudo ver un rosario blanco colgado sobre la puerta y experimentó algo de alivio. Le habían dicho que era un albergue de religiosas. Llevaba varios días durmiendo mal y caminando en condiciones muy difíciles. Tenía los pies lastimados, los zapatos rotos y una ropa que, durante las dos últimas semanas, se había mojado y secado sobre su cuerpo. El olor ya no se aguantaba. Su esposa y sus dos hijos pequeños habían sido acogidos tres días en otro lugar, donde podrían reponer fuerzas. A él, por ser hombre, no le permitieron quedarse en el mismo espacio; ese era el criterio de seguridad que les habían explicado.
Toda comunidad política nace, en alguna medida, de una promesa de protección. Pero esa promesa no puede entenderse de manera pobre o reduccionista. Proteger no significa solo defender frente al peligro, contener la amenaza o neutralizar el riesgo. Significa también sostener las condiciones que hacen posible una vida propiamente humana: la pertenencia, el reconocimiento, la educación, el trabajo, la salud, la participación, los vínculos y los derechos. Una sociedad no protege únicamente cuando impide que alguien sea agredido; también protege cuando evita que alguien quede abandonado, invisible o excluido de la comunidad a la que pertenece.
La inteligencia artificial vuelve especialmente urgente la propuesta de Matthew Carnes de avanzar hacia una economía de solidaridad y reconciliación, fundada en la dignidad de cada persona y en el bien común. Frente a una transformación tecnológica que invisibiliza trabajos precarios, reproduce discriminaciones y amenaza con concentrar los beneficios de la productividad, el texto nos invita a preguntar no solo cuánto valor genera la innovación, sino quién participa de ese valor, quién queda excluido y qué condiciones permiten el florecimiento humano. La educación permanente, la protección social y la participación de los sectores desplazados se erigen en condiciones indispensables para que la inteligencia artificial esté al servicio del trabajo digno y no de una economía sin trabajadores.
La inteligencia artificial (IA) está modificando el mundo del trabajo en varios planos a la vez. Altera las condiciones de quienes trabajan para hacerla posible, muchas veces en tareas invisibles y precarias; cambia los procesos de contratación, organización y promoción laboral, donde las decisiones automatizadas pueden reproducir desigualdades históricas con apariencia de neutralidad; anticipa un nuevo paradigma laboral en el que parte del valor económico podrá crecer sin un aumento proporcional del trabajo humano; y transforma la manera en que educamos a profesionales que tendrán que convivir con ella, modificando tanto los métodos de enseñanza como las competencias de los perfiles de egreso.
Nada en la IA es irrelevante – El «Genocost» De la Era Digital en la República Democrática del Congo
El vínculo inseparable entre esos minerales y la inteligencia artificial acecha mi vida cotidiana aquí. No abordo este vínculo a través de los archivos, sino a través de la tierra en la que nací y crecí. Contar esta historia no es quejarme de un forastero que arruinó nuestra región; es asumir la responsabilidad de lo que sucede en mi país. Por eso, al leer la nueva encíclica del Papa León,Magnifica Humanitas(MH), comienzo con la pregunta que me ha acompañado durante mucho tiempo: ¿Cuándo se beneficiará, por fin, la mayoría de los congoleños de su inmensa riqueza natural, en lugar de pagarla con su sufrimiento y, con demasiada frecuencia, con sus vidas?
La Revolución Industrial planteó la pregunta de si el progreso económico podía conciliarse con la dignidad de los trabajadores. También desafió el supuesto de que el progreso económico es intrínsecamente bueno. ¿Puede llamarse progreso una mayor productividad si se logra a costa de la dignidad humana, la cohesión social o el mundo natural? Más de un siglo después, la inteligencia artificial plantea un desafío distinto, pero igualmente profundo. Las máquinas ya no transforman únicamente la manera en que producimos bienes; están comenzando a transformar la manera en que pensamos, decidimos, creamos e incluso nos relacionamos entre nosotros. La pregunta que tenemos delante, por lo tanto, no es meramente tecnológica. Es antropológica.
Hay momentos en los que guardar silencio deja de ser prudencia y comienza a parecerse demasiado a la indiferencia. Creo sinceramente que estamos atravesando uno de ellos. Los acontecimientos que estamos viviendo en torno a Ceuta, las imágenes de personas intentando alcanzar territorio español por mar o a nado, las muertes que se han producido y, sobre todo, determinados discursos que inmediatamente han comenzado a construirse alrededor de estos hechos deberían obligarnos a realizar una reflexión mucho más profunda que la que permiten los titulares apresurados, las consignas políticas o los mensajes que circulan vertiginosamente por las redes sociales.
La inteligencia artificial suele presentarse como una tecnología inmaterial, pero descansa sobre una infraestructura muy concreta: dispositivos, centros de datos y redes cuya fabricación requiere minerales como el estaño, el oro, el cobalto, el litio y el cobre. Por eso, leer la IA desde la justicia socioambiental implica mirar hacia los territorios de origen de sus cadenas de suministro: comunidades atravesadas por conflictos, economías precarias, daños ecológicos y vulneraciones de derechos humanos.

















