INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y AUTORITARISMO, una relectura desde la pandemia

Por German Rosa, S.J. | Jesuit of the Central American Province

El artículo «Pandemia y autoritarismo», de Germán Rosa, SJ, fue escrito en medio de la crisis provocada por la COVID-19, pero sus intuiciones trascienden aquella coyuntura. La pandemia aparece como un revelador y acelerador de tendencias políticas ya presentes: la concentración del poder, el debilitamiento de los controles democráticos y la aceptación de restricciones extraordinarias en nombre de la seguridad colectiva. La principal sospecha de Rosa es que el miedo puede llevar a la ciudadanía a ceder silenciosamente libertades y derechos, y medidas que inicialmente eran temporales se normalizan y perduran. En sociedades atravesadas por la desigualdad, además, el control nunca se distribuye de manera neutral: recae con mayor fuerza sobre las personas empobrecidas, las poblaciones marginadas, los migrantes, los opositores y quienes defienden derechos y territorios.

A partir del desarrollo actual de la inteligencia artificial y de la expansión de las tecnologías digitales, el artículo plantea preguntas inquietantes sobre el uso de datos personales, los sistemas de vigilancia, la inteligencia artificial, el reconocimiento facial y los mecanismos algorítmicos de clasificación social. Las tecnologías creadas para proteger la salud, prevenir amenazas o garantizar la seguridad también pueden convertirse en instrumentos de seguimiento, discriminación y control, especialmente cuando operan sin transparencia, límites legales ni supervisión ciudadana. La cuestión decisiva no es solamente qué pueden hacer estas tecnologías, sino quién las diseña, quién las controla, a qué intereses sirven y sobre qué personas se aplican.

Defender la dignidad humana en la era digital exige, por tanto, que la seguridad no sea utilizada para justificar autoritarismos o totalitarismos (de cualquier color), ni para normalizar una vigilancia permanente que limite la creatividad y la libertad personal y colectiva. Toda innovación tecnológica ha de estar subordinada a la libertad, la igualdad, la participación democrática y el estricto respeto de todos los derechos fundamentales.

Pandemia y autoritarismo

En la actual coyuntura de la pandemia del coronavirus o del Covid–19, nos enfrentamos a distintas tendencias políticas autoritarias que ponen en peligro la democracia. También asistimos a una crisis democrática global y se impone la necesidad de la participación y el protagonismo de nuevos actores sociales que sean representativos de los sectores vulnerables producto del Covid–19 y que planteen una hoja de ruta para acompañar a dichos grupos en el post Covid–19. Analizaremos cómo está ocurriendo el autoritarismo en el contexto de la pandemia y los retos que suponen la constitución de espacios o instituciones supranacionales democráticas en nuestro mundo globalizado.

La metáfora del Leviatán y el autoritarismo

La crisis sanitaria ha desatado nuevamente el “Leviatán”. Así se titula la obra clásica de Thomas Hobbes en la cual plasma su pensamiento y reflexión filosófica política. La metáfora del Leviatán o monstruo marino la retoma de la Biblia y es recreada por Thomas Hobbes en su filosofía política moral para representar el poder del Estado.[1] El Leviatán es el símbolo de una gran fuerza política que unifica todas las cosas y trae el orden a través de su poder absoluto que no puede ser dividido, destruido o desobedecido.[2]

El Estado sólo nace cuando se hace un contrato social y se forma una mancomunidad dando todos los derechos y poderes al “Rey Soberano”. De hecho, Hobbes piensa que la gente en su condición natural (antes de que se forme el gobierno) está impulsada por el interés propio y el instinto de supervivencia. Sólo porque los recursos son escasos y todos quieren las mismas cosas, la gente vive una situación de guerra donde "cada uno está contra todos" (bellum omnium contra omnes) y la vida es "desagradable, brutal y corta". Para escapar de esta situación y vivir con seguridad, la gente forma una Mancomunidad entregando sus derechos y poderes al Soberano quien, con su poder absoluto, puede asegurar el orden y castigar a todos los que violen la ley.

Si el Estado es la instancia a la cual los ciudadanos ceden sus derechos en la concepción de Hobbes, el poder del Estado puede ser tan absoluto e ilimitado como el derecho que los individuos le han cedido para que vele por “su seguridad”.

Aunque nuestra situación política contemporánea difiere significativamente de las situaciones previstas por Hobbes, estamos viendo una vez más la dinámica que él expresa muy bien en su filosofía: la gente está dispuesta a ceder sus derechos y poderes a políticos fuertes autoritarios a cambio de la promesa de paz, seguridad y protección económica.

Por lo tanto, retomamos la metáfora del Levitán de Hobbes para explorar cómo los nuevos Leviatanes que están surgiendo en esta crisis sanitaria afectan gravemente nuestras realidades políticas y sociales.

La metáfora del Leviatán nos ayuda a analizar de modo ilustrativo el autoritarismo en el contexto de la pandemia del Covid–19. El “Leviatán” nos presenta distintas facetas en la actual crisis pandémica: una que muestra un “Leviatán sanitario” que tiene el rostro del retorno del “Estado Social” o del “Estado benefactor”; otra faceta que nos muestra el Leviatán es el rostro plasmado en el Estado de excepción, cuyas expresiones son las siguientes: los mayores controles sociales que se hacen visibles en diferentes países bajo la forma de violación de los derechos a la libre movilidad, el derecho a reunirse y la militarización de territorios. Y en los países en donde no existe una sociedad de vigilancia digital al estilo asiático, lo que encontramos es la expansión de un modelo de vigilancia menos sofisticado, llevado a cabo por las diferentes fuerzas de seguridad, que puede golpear aún más a los sectores más vulnerables, en nombre de la guerra contra el coronavirus. De modo figurativo el Leviatán nos presenta la monstruosidad del poder político cuando se emplea autoritariamente[3]. Pero tal como veremos existen otras facetas que muestran el autoritarismo del Leviatán.

El autoritarismo en la crisis sanitaria de la pandemia

Claramente, en esta crisis sanitaria estamos viendo algunas de las mismas inclinaciones que Hobbes analizó.

Primero, en tiempos en que la población está sometida a la escasez de los recursos y se siente amenazada, fácilmente se deja llevar por el interés propio y comportamientos agresivos que enfrentan a las personas entre sí y dan lugar a la inseguridad e inestabilidad. Incluso, lo podríamos percibir en el contexto de tanta violencia y de continua confrontación económica, política y bélica. Y desafortunadamente, el hombre se convierte en un lobo para el hombre (homo homini lupus). Lo podemos constatar, además, en el dinamismo en el que muchas veces nos subsume la competencia individualista y utilitarista de la economía de mercado y la globalización neoliberal, así como en la confrontación política y la lucha por el poder de los grandes protagonistas globales. Y por estas razones nos parece muy ilustrativa la reflexión política de Thomas Hobbes.

Segundo, dada esta realidad, la población es fácilmente manipulable y para escapar de esta inseguridad, la gente está dispuesta a entregar sus libertades, derechos y poderes a líderes y regímenes autoritarios a cambio de la promesa de seguridad.

La pandemia del Covid–19 ha hecho evidente la tendencia al autoritarismo de algunos líderes políticos que gobiernan los Estados y la tendencia de convertir la democracia en una partidocracia. Ambas posturas son aberrantes.[4] En alguno gobiernos autoritarios podemos observar cómo los gobernantes y líderes de partidos políticos con el fin de conservar las posiciones adquiridas, sacralizan un sistema de alianzas y fórmulas de coaliciones para mantener los equilibrios políticos sin mayores alteraciones y que no emerjan nuevos sujetos sociales en el terreno de la política. Los abusos de poder afectan y lesionan los derechos humanos y convierten la democracia en un juego de poder en el cual se impone el más autoritario. Analicemos algunas modalidades o formas de autoritarismo durante la pandemia del Covid–19.

a) Una primera modalidad es el abuso de poder de los gobernantes y las distintas instancias de los Estados en la aplicación de medidas que riñen la seguridad sanitaria con los demás derechos de los ciudadanos.

El autoritarismo de algunos gobiernos en el contexto de la pandemia ha favorecido que se decrete el Estado de excepción restringiendo el ejercicio de derechos fundamentales. El Leviatán político o Estado de excepción en ciertas circunstancias se ha utilizado con fines de persecución política a los opositores, sin dar lugar a la libertad de expresión y de pensamiento de dichos grupos políticos y, en el peor de los casos, para reprimirlos a través de la coerción legal, policial o militar. Se crea así un clima de inseguridad que no garantiza la integridad física ni psicológica de los ciudadanos.

b) En otras ocasiones, las políticas del “Estado Sanitario” se han convertido en una fabulosa campaña electoral clientelista para captar los votos de los ciudadanos y asegurar resultados electorales que esperan los mismos gobernantes y lograr tener el control de su propio partido en el poder gubernamental.

Si la lógica del Leviatán sanitario o “Estado sanitario” se ha convertido en un modo de hacer política, nos damos cuenta que en muchas ocasiones ésta refuerza la inequidad en los servicios sanitarios, porque no todos los ciudadanos tienen acceso a los mismos tratamientos, ni a la seguridad sanitaria equitativamente. Pero, en realidad, la inequidad en la globalización es de carácter estructural, pues se han incrementado abismalmente las asimetrías con la distribución de la renta mundial. No olvidemos que la pobreza y la inequidad son factores determinantes para la inestabilidad democrática.

c) Otra modalidad es la negación de la existencia del Covid–19 por parte de las élites políticas, económicas y financieras para dar prioridad a la productividad, las operaciones financieras y activar en plena pandemia los circuitos del mercado sin retraso y sin obstáculos al crecimiento económico y la acumulación financiera. De esta manera se le da más importancia al capital que a la salud de la población. Así emerge la modalidad del Leviatán económico-financiero que se impone sin limitaciones.

d) Existe otra forma de autoritarismo que se manifiesta en la total inoperancia y la paralización de los líderes políticos y de los gobiernos, ignorando la realidad y el impacto de la pandemia en la población y sus consecuencias y, en este caso, los gobernantes no hacen nada para afrontar la crisis sanitaria ni favorecen la organización de la sociedad civil para prevenir y contener la expansión del Covid–19. Esta modalidad de Leviatán quiescente e inoperante pretende desarticular y desmovilizar toda oposición política e imponerse de manera subrepticia.

Estas son algunas formas visibles de autoritarismo que conculcan de distintas maneras los derechos de los ciudadanos. El peligro es que ante la escalada de las medidas gubernamentales que restringen las reuniones, los encuentros y debates públicos, las manifestaciones masivas, poco a poco se va imponiendo la tendencia al inmovilismo de la sociedad civil y la parálisis de una oposición organizada para fiscalizar el respeto a los derechos ciudadanos. Y en los países más avanzados se emplean los sistemas más sofisticados de la inteligencia artificial con fines políticos para efectos de localización y reconocimiento de los casos de personas infectadas de coronavirus, pero también para tener el control territorial y asegurar la inmovilidad masiva de la población e impedir que defiendan sus propios derechos que están siendo vulnerados.

El autoritarismo de cualquier índole que sea conduce a una situación de ingobernabilidad y ha ido despertando una creciente conciencia social de que la autoridad y las instituciones gubernamentales deben estar al servicio de los ciudadanos. En realidad, las esperanzas de las grandes mayorías y de los pueblos que anhelan construir sociedades democráticas no consisten en dirigismos, ni los autoritarismos de gobiernos, ni de las partidocracias. Por estas razones, los gobiernos necesitan consultar y dialogar teniendo en cuenta las expectativas y las esperanzas de los ciudadanos, creando las mediaciones que den lugar a la participación ciudadana en temas de carácter nacional. De hecho, la mayoría de la población cada vez más exige explicaciones transparentes de cómo se está ejerciendo el poder y cuestiona las relaciones que tiene sus gobernantes con sus mismos electores.

La ONU subraya que la pandemia es un problema global que tiene muchas aristas: “La pandemia del COVID-19 va más allá de una emergencia sanitaria. Es también una crisis económica, humanitaria, de seguridad y de derechos humanos. Ha puesto de manifiesto fragilidades y desigualdades muy graves entre países y dentro de ellos. Para salir de esta crisis será necesario un enfoque que incluya de manera integral a sociedades, gobiernos y al mundo entero en general, impulsado por la compasión y la solidaridad”[5].

Ante estas expresiones del autoritarismo, la preocupación política y la exigencia de la sociedad civil de cara a la democracia es cómo poder garantizar la seguridad sanitaria, alimenticia y los demás derechos de los ciudadanos.

La globalización, la crisis del Estado y la necesidad de instituciones supranacionales

Ante esta realidad, nos damos cuenta que la garantía de los derechos de los ciudadanos depende del pleno reconocimiento de los mismos en las constituciones políticas de los países y el Estado de derecho que de ahí se desprende, además de la funcionalidad de las instituciones y las distintas instancias de los poderes del Estado. La falta de eficacia de las instituciones gubernamentales y estatales no da lugar al respeto de los derechos de sus ciudadanos. Obviamente, esta realidad despierta la inquietud de crear estructuras supranacionales para la gobernabilidad que garanticen la seguridad integral de los ciudadanos. Es verdad que urge la creación de espacios internacionales democráticos que respondan a los grandes desafíos del siglo XXI, sin embargo, debemos tener en cuenta dos obstáculos que tenemos que superar.

1º) La globalización ha cercenado y ha causado la pérdida de las soberanías de los Estados nacionales y les ha asignado un rol de policías para garantizar y beneficiar al mercado global. En consecuencia, los Estados nacionales no tiene el poder correctivo ante los grandes problemas que se suscitan de cara a las dinámicas del mercado y del gran capital que no tienen restricciones de cara a la población en general.

Hay que recordar que las distintas tendencias liberales convergen en considerar el Estado como un mal necesario, aunque se deben limitar sus poderes y éstos no deben multiplicarse más allá de lo necesario.

En un contexto en que los Estados nacionales van perdiendo cancha frente a los mercados internacionales y el comercio global y se ha incrementado la desigualdad, el empobrecimiento y exclusión social inherente a la globalización, surge la necesidad urgente de constituir auténticos Estados de bienestar social. Este desafío se hace evidente en el contexto de la pandemia del Covid–19, pues la seguridad sanitaria e integral de los ciudadanos depende de las políticas que se adopten para afrontar la crisis sanitaria, la recesión económica y las consecuencias socioeconómicas para las grandes mayorías empobrecidas y excluidas de los beneficios de la globalización.

Esta fragilidad y también la falta de legitimidad de los Estados se convierten en obstáculos porque éstos conservarían sus mismas debilidades y limitaciones en la constitución y en participación en este posible espacio supranacional.

2º) Hoy existe una crisis de las instituciones globales y regionales en este período de la conformación del nuevo orden mundial, y no se vislumbra que sea un proceso que se consumará a corto plazo. Es probable que el nuevo orden global multilateral lo veamos dentro de unos veinte o treinta años con nuevos actores internacionales y esperamos que dicho orden sea pluralista pero, de momento, las instituciones globales están en un impase. Desearíamos que se reforzara el multilateralismo con una cultura verdaderamente democrática de los ciudadanos y los Estados.

Si es verdad que las instancias supranacionales son necesarias para fortalecer la democracia y la garantía de los derechos humanos, el peligro del autoritarismo es un espectro que aparece en este proyecto si no existe una cultura democrática global que sea concebida para el reconocimiento de hecho y de derecho de los ciudadanos y de los grupos sin poder. Sin esta cultura democrática las estructuras supranacionales pueden adolecer del mismo mal de las democracias truncas, autoritarias de los Estados actuales en cuestión.

El autoritarismo es un problema político que se ha ido extendiendo en la actualidad y no está separado en muchos casos del populismo y otros problemas adyacentes que lesionan los derechos humanos, entre los que podemos mencionar: el etnonacionalismo, la discriminación de determinados grupos, el discurso de odio, la xenofobia, los ataques y el retorno forzoso de refugiados y solicitantes de asilo, el maltrato a los migrantes, la violencia sexual y de género, etc.

En términos cuantitativos el reto que se plantea es cómo constituir una institución o espacio supranacional con una cultura democrática en el que exista una representación de los 167 países del mundo, sin olvidar que hay 54 que están siendo gobernados por regímenes autoritarios, 54 por democracias imperfectas, 22 países que tienen una democracia plena y 37 países con regímenes híbridos.[6] Tal como podemos constatar existe una prevalencia de países con grandes problemas políticos y deficiencias democráticas. El panorama es complejo y no será fácil la constitución de instituciones supranacionales en términos prácticos. Esto explica en parte porqué actualmente están en crisis y puestas en cuestión las grandes instituciones globales como la ONU, la Organización Mundial del Comercio, la Organización Mundial de la Salud, etc. Y otras organizaciones regionales como la Organización de Estados Americanos, la Unión Europea, etc.

Sin embargo, no podemos obviar que estamos ante la disyuntiva de recomenzar una nueva etapa, ya sea para continuar con las grandes tendencias globales económicas, financieras y políticas antes de la pandemia o para renacer a una nueva democracia política y económica sin autoritarismos en tiempos del pos-coronavirus.

Podemos enterrar todas las grandes enseñanzas adquiridas dolorosamente de esta pandemia, o podemos renacer a una nueva democrática solidaria y fraterna con quienes siempre han sido excluidos de las grandes ventajas de la carrera económica de este período de la historia.

Estamos experimentando el redescubrimiento del sentido de la política y la importancia del Estado de bienestar ante las crisis sanitarias y el derecho universal a la salud. Si dejamos a la suerte del mercado la atención clínica sanitaria de la pandemia del coronavirus, muy probablemente el 80 % de la población global no tendría acceso a la cura y al cuidado sanitario de esta peste. Y el 20 % restante estaría expuesta siempre al contagio.

Vamos sintiendo cada vez más el sentido de pertenencia a la comunidad humana y la importancia de la seguridad integral y ecológica ante la vulnerabilidad y las tragedias de los pueblos. El cuidado de la salud no puede ser sino integral. Da gusto escuchar cómo el mal de esta pandemia ha causado tanto bien en lo que respecta a la protección de la casa común. Se ha purificado el aire y han disminuido los niveles de contaminación a causa de la desaceleración económica, como se puede observar desde las fotografías espaciales del planeta tierra. Sería una experiencia extraordinaria que la política se convirtiera realmente en una mediación para realizar la justicia y lograr el bien común que tanta falta nos hace. Esperemos que todas estas reflexiones sobre el autoritarismo, el populismo y el quehacer de la política en tiempos del coronavirus nos ayuden a recrear la política en función de los más vulnerables y los que siempre sufren las consecuencias desastrosas de estos flagelos.



[1] Thomas Hobbes en su filosofía política hace referencia a la figura mitológica del Leviatán que es un monstruo marino que aparece en el libro Job (Caps. 3, 40 y 41), Isaías (Cap. 27,1) y en los Salmos (Cap. 104,26; 74,14). En la Sagrada Escritura el Leviatán es creatura marina peligrosa que crea el caos, el mal, intimida y produce terror a los seres humanos...

[2] Hobbes pensó que la palabra "Leviatán" provenía del hebreo “lavah”, que significa "acoplar, conectar o unir", y “thannin”, que significa "dragón" (porque se pensaba que tenía escamas que no se podían perforar o dividir).

[3] Cfr. https://www.nuso.org/articulo/reflexiones-para-un-mundo-post-coronavirus/

[4] Cfr. Pintacuda, Ennio. (1994). Breve curso de política. Sal Terrae, Bilbao: España. p. 139ss.

[5] https://www.un.org/es/coronavirus/UN-response

[6] Cfr. Democracy Index2019 del semanario The Economist.

Autor

German Rosa, S.J. Jesuita de la Provincia Centroamericana. Actualmente es el Director de Radio Progreso y del Equipo de Reflexión, Investigación y Comunicación de la Compañía de Jesús, en el municipio de El Progreso, Departamento de Yoro, Honduras, C.A. Se dedica a la reflexión, la investigación y el análisis de la realidad. Acompaña comunidades en de la defensa de los bienes comunes y de los territorios, colabora con el programa radial: " Compañía de Jesús en Misión, Voces Apostólicas", de Radio Progreso. También acompaña pastoralmente a comunidades en el Progreso, Yoro.

Créditos de imagen de portada: Vista aérea de una persona con zapatos formales de pie sobre un marcador de distanciamiento social. Fotografía: Nothing Ahead (Joseph). Fuente: Pexels, publicada bajo licencia de libre uso el 4 de julio de 2020.

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