Testimonio

Luchar por la fe y la justicia


Hace 46 años me hice jesuita porque quería seguir los pasos de Jesús y luchar por una mayor justicia en el mundo. Si hubiera sido por mi querido abuelo, habría estudiado odontología para hacerme cargo de su consulta dental. Los dentistas ganan mucho dinero en Alemania. Cuando me di cuenta de que millones de personas en nuestro mundo pasan hambre, eso no me dejó tranquilo. La historia del joven rico del Evangelio fue importante para mi decisión. Él tiene una gran fortuna, pero siente que el dinero y las posesiones materiales por sí solas no llenan la vida. Busca algo más. Jesús le hace una propuesta: «Si quieres ser perfecto, ve, vende tus bienes y dale el dinero a los pobres; así tendrás un tesoro eterno en el cielo; luego ven y sígueme».

Recuerdo que, antes de ingresar en la orden de los jesuitas, regalé todo el dinero que tenía. Sentí una gran felicidad al hacerlo y pensé en la frase de Jesús: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?». La historia del Evangelio termina de otra manera: el joven se marcha triste porque tenía una gran fortuna y no quería separarse de ella. Entonces, Jesús dice a sus discípulos: «Es difícil que un rico entre en el reino de los cielos. Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de Dios».

En el noviciado, supe que la Compañía de Jesús, con el decreto 4 de la 32ª Congregación General, resumía su misión en el mundo actual en la lucha por la fe y la justicia. Eso me confirmó en mi decisión de ser jesuita. El 24 de marzo de 1980, me conmovió profundamente la noticia del asesinato del arzobispo Óscar Romero en El Salvador durante la celebración de la Santa Misa. Estaba conmocionado, pero también sentía una profunda admiración por su testimonio de seguimiento a Jesús hasta las últimas consecuencias.

La cuestión de la justicia mundial me acompañó en mi camino dentro de la orden. Durante mis estudios de filosofía, fueron importantes las conversaciones con Johannes Müller SJ, quien dirigía el Instituto Sociopolítico de la Facultad de Filosofía de Múnich. Me convenció su concepto de una justificación ética de la política de desarrollo: superar el sufrimiento humano en todas sus formas y dimensiones o, al menos, limitarlo en la medida de lo posible.

Hice mi experiencia de magisterio en la revista Orientierung, en Zúrich. De su entonces redactor jefe, Ludwig Kaufmann SJ, aprendí que el periodismo y la comunicación pueden estar al servicio de la lucha por la fe y la justicia. En su libro sobre «Los precursores de la fe», describía de manera impresionante la conversión de Óscar Romero, que pasó de ser un obispo temeroso y apolítico a convertirse en un defensor profético de los pobres. Tenía intensas relaciones personales con los jesuitas de El Salvador, a quienes visitó en 1979, tras la Asamblea de Obispos de América Latina en Puebla. Me abrió los ojos a América Latina.

Durante mis estudios en París, busqué una teología que fundamentara la conexión entre la fe y la justicia. La encontré en la teología política de Johann Baptist Metz y en la teología de la liberación. A raíz de un encuentro con Jon Sobrino SJ, surgió el proyecto de una tesis doctoral sobre la teología de la liberación. Para mí, era importante pasar una temporada en El Salvador para conocer el país y el pueblo del arzobispo Romero y el contexto en el que se desarrolló la teología de Jon Sobrino y de Ignacio Ellacuría.


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El 8 de octubre de 1988, fui ordenado sacerdote. Como lema para mi primera misa, elegí: «Lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis». Este también es el pasaje más citado en los escritos teológicos de Karl Rahner, el teólogo europeo que más me ha influido. En el conflicto sobre la teología de la liberación, defendió a Gustavo Gutiérrez, considerado, con razón, su padre.

En 1989 partí hacia El Salvador. Jon Sobrino me recibió muy cordialmente el 1 de septiembre de 1989 en la comunidad de la Universidad Centroamericana, donde iba a vivir. Pero hubo una decepción: las habitaciones de invitados estaban ocupadas y tuve que trasladarme a una comunidad cercana. Las primeras semanas fueron para mí una gran peregrinación por los lugares importantes en la vida del arzobispo Óscar Romero: su lugar de nacimiento, Ciudad Barrios; su primera diócesis, Santiago de María; su modesta vivienda cerca de la capilla donde fue asesinado; y su tumba en la catedral.

Para mis estudios, Sobrino me animó a leer no solo los libros de la biblioteca, sino también el libro de la realidad. Ésta era la fuente más importante para su teología. Así que acompañé a un joven compañero a una parroquia rural llamada Jayaque, donde Ignacio Martín-Baró SJ, además de su trabajo en la UCA, ejercía de párroco los fines de semana. La gente de Jayaque me recibió con gran cordialidad y me cantó una canción de bienvenida sobre el martirio del arzobispo Óscar Romero. Sus condiciones de vida contrastaban enormemente con ello. En Jayaque aprendí a distinguir entre pobreza y miseria. La gran mayoría de la gente de Jayaque vivía en la miseria: sin agua corriente, sin comida suficiente, sin asistencia sanitaria, sin electricidad, sin educación escolar.


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A finales de octubre, Ignacio Martín-Baró me presentó en una misa como nuevo sacerdote de la parroquia. Menos de tres semanas después, él y cinco compañeros, junto con Elba y Celina Ramos, fueron asesinados por soldados del ejército. Yo había tenido la oportunidad de conocerlos a todos. El arzobispo Arturo Rivera y Damas dijo ante sus cuerpos acribillados: «El mismo odio que mató al arzobispo Romero también mató a los jesuitas y a las dos mujeres». Pensé en las palabras de la 32.ª Congregación General: «No trabajaremos por la justicia sin pagar un precio por ello».

Ignacio Ellacuría SJ, como rector de la universidad, exigió que ésta fuera la voz de los que no tienen voz. Segundo Montes SJ, como sociólogo y director del Instituto de Derechos Humanos de la universidad, se ocupaba especialmente del destino de los refugiados de la guerra civil. Ignacio Martín-Baró SJ, como psicólogo social, se ocupaba de las consecuencias de la guerra en los niños. Amando López SJ y Juan Ramón Moreno SJ enseñaban teología en la línea de la teología de la liberación y mantenían una intensa relación con las comunidades eclesiales de base. Joaquín López y López SJ fue uno de los fundadores de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas y, al momento de su asesinato, era director de la obra social «Fe y Alegría». Elba Ramos era cocinera en mi comunidad, por lo que la conocía bien, tanto a ella como a su hija Celina.

Después del funeral, los dolientes de Jayaque me «nombraron» párroco. Me sorprendió y dudé. Pero el entonces provincial José María Tojeira SJ me animó a seguir trabajando en Jayaque. En los meses siguientes compartimos experiencias difíciles y hermosas. Las dificultades fueron las vejaciones y persecuciones por parte de los militares. Tres de nuestros comprometidos líderes comunitarios fueron detenidos y torturados. Solo mediante pagos en efectivo conseguimos que fueran liberados. Lo hermoso fue recorrer con la comunidad el camino del Evangelio, el camino de la muerte y la resurrección. Más tarde, junto a mis padres, dediqué a la comunidad de Jayaque mi tesis doctoral, titulada «Teología del pueblo crucificado».

Me resultó difícil abandonar El Salvador en 1991 y regresar a Alemania. En Europa había caído el muro entre el Este y el Oeste y había terminado la Guerra Fría. Se esperaba una época de paz y reconciliación. Pero en 1991, en la Yugoslavia en desintegración, estalló, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, una nueva guerra en Europa. Los jóvenes jesuitas de la provincia croata pidieron ayuda en una carta para las víctimas de las expulsiones y del odio étnico y religioso. Ottmar Edenhofer SJ, que entonces estudiaba teología en Fráncfort, respondió a esta petición. Con un gran talento organizativo, fundó la ayuda jesuita a Bosnia y Croacia, que llevó alimentos y medicamentos a las zonas de guerra y permitió a los estudiantes que habían huido de Sarajevo continuar sus estudios en Zagreb.


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En 1993, asumí la dirección de la ayuda a Bosnia y Croacia, que vinculamos institucionalmente con el Servicio Jesuita a Refugiados. Su entonces director, Mark Raper SJ, envió al holandés Jan Stuyt SJ como colaborador valioso. Fue importante el apoyo del entonces provincial croata Stjepan Kušan SJ, quien más tarde se hizo responsable del JRS en Bosnia y Croacia. Recuerdo especialmente una estancia en Sarajevo sitiada, donde Tomislav Slokar SJ fue el único jesuita que permaneció hasta el final de la guerra. En una conversación con el arzobispo Vinko Puljić le hablé del arzobispo Óscar Romero. Más tarde pude enviarle uno de mis libros sobre Óscar Romero, que había sido traducido al croata.

A continuación, realicé mi experiencia de Tercera Probación (en la Compañía de Jesús) en la India. Allí me ocupé especialmente de los dalits, los intocables del sistema de castas indio. Conocí a Antony Raj SJ, que era dalit y luchaba por la liberación y la igualdad de los dalits en la sociedad y la Iglesia indias. En 1989, Antony fundó el «Movimiento Cristiano de Liberación Dalit» (Dalit Christian Liberation Movement), que también enfrentó críticas y resistencias dentro de la Iglesia. Me interesó especialmente la teología dalit, inspirada en la teología de la liberación latinoamericana. Su representante más importante es Sebastián Kappen SJ, fallecido en 1993. En un artículo extenso abordé la lucha por la liberación de los dalits en la sociedad y la Iglesia indias.

Después de la Tercera Probación, deseaba regresar a El Salvador. Sin embargo, el provincial Jörg Dantscher SJ me convenció de que, en nuestro mundo globalizado actual, es más importante tender puentes que posicionarse de un lado u otro. De 1995 a 2009, trabajé como redactor jefe de la revista mensual Stimmen der Zeit. Jon Sobrino, SJ, me dio una orientación importante para mi actividad periodística: ser honesto con la realidad. La realidad de nuestro mundo es que millones de personas son víctimas de la pobreza y la explotación. Sacar a la luz esta verdad es un reto fundamental para un periodismo responsable. Como profesor invitado, impartí regularmente conferencias en la Universidad Centroamericana de San Salvador y en el Centre Sèvres, de París. Esto me permitió mantener viva mi conexión con la comunidad de Jayaque.

De 2014 a 2021, trabajé como secretario de Asuntos Europeos en el Centro Social Europeo Jesuita de Bruselas. Allí, con un equipo de jesuitas y laicos, intentábamos defender los intereses de aquellos que no tienen voz en Europa y en el mundo. Además de los decretos de nuestras Congregaciones Generales sobre fe y justicia, nos basamos en los principios de la doctrina social católica, que siguen siendo de gran actualidad para el proyecto de la unificación europea. En 2020, la India estuvo tristemente presente en Bruselas con la detención de Stan Swamy SJ, quien luchaba por los derechos de la población indígena de la India, los adivasis. Se intentó vincularlo con actos violentos mediante pruebas falsas. Junto con el eurodiputado francés Pierre Larrouturou, conseguí que 50 miembros del Parlamento Europeo firmaran una carta dirigida al primer ministro indio Narendra Modi en la que se exigía la liberación de Stan Swamy. Stan murió en julio de 2021, aún en prisión.


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En 2021, recibí de forma inesperada la solicitud de la Conferencia Episcopal Alemana para asumir la dirección de la organización benéfica latinoamericana Adveniat. Adveniat se creó en 1961 como agradecimiento por la ayuda que los cristianos de Argentina, Brasil y Chile enviaron a Alemania para aliviar el sufrimiento de la población tras la Segunda Guerra Mundial. Con un equipo de 80 empleados en la sede de Adveniat en Essen y nuestros socios en América Latina y el Caribe, financiamos más de 1,000 proyectos al año con un volumen financiero de 34 millones de euros. Adveniat toma su nombre de la petición del Padrenuestro en latín: "Venga tu reino". Queremos contribuir al crecimiento del Reino de Dios.

Las organizaciones benéficas eclesiásticas se perciben en Alemania como la cara positiva de la Iglesia. Para mí, Adveniat es una traducción institucional de la lucha por la fe y la justicia. Recaudamos donativos y así animamos a compartir. Con nuestro trabajo de información y educación, promovemos la conciencia sobre los desafíos de la justicia global.

En América Latina y el Caribe colaboramos con parroquias, diócesis, comunidades religiosas y organizaciones no gubernamentales. Nuestra brújula es la opción por los pobres. Promovemos el trabajo pastoral, la educación, los derechos humanos, la protección de los pueblos indígenas y el medio ambiente. Para ello, nos guiamos especialmente por la encíclica Laudato Sí del papa Francisco y por los documentos del Sínodo de la Amazonía. La campaña de donaciones de este año se titula «El futuro de la Amazonía» y se centra en la protección de las selvas tropicales y de la población indígena. En los proyectos que apoyamos y ayudamos a desarrollar, demostramos que es posible cambiar las cosas para mejor; por eso me gusta llamarlos «biotopos de esperanza».

Jerónimo Nadal SJ, uno de los primeros jesuitas, resumió la dimensión mundial de la Compañía de Jesús en la frase: «El mundo es nuestra casa». Nuestra misión es universal, mundial. Aquí también resuena el mandato misionero del Resucitado a sus discípulos: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura». Esto implica que somos «communitas ad dispersionem»: una comunidad mundial, enviada no solo a los seres humanos, sino a todas las criaturas, para anunciar con palabras y hechos la buena nueva de la humanidad de Dios y de su reino.

Entiendo la frase de Nadal también en un sentido concreto y práctico: los jesuitas tienen casas y comunidades en todo el mundo. Un empleado de la ONU me preguntó una vez quién me reservaba los hoteles. Para su sorpresa, le respondí que no necesitaba hoteles, ya que mi orden tiene casas en las principales ciudades de todo el mundo. Basta con que me registre allí. Para mí siempre es una experiencia muy reconfortante encontrar acogida en una de nuestras comunidades y sentirme como en casa.


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No se trata solo de edificios, sino de comunidades. Tenemos hermanos en todo el mundo. Somos amigos en el Señor que podemos confiar los unos en los otros. Esto es importante sobre todo en misiones difíciles. Como responsable de la ayuda a Bosnia y Croacia, podía confiar en mis hermanos locales a la hora de decidir hasta dónde podía aventurarme en las zonas de guerra. Como director general de Adveniat y en nombre de la Conferencia Episcopal Alemana, apoyo el difícil proceso de paz y reconciliación en Colombia. También en este caso, la confianza en mis hermanos colombianos es vital.

El papa Francisco describió una vez la peculiaridad de los jesuitas de la siguiente manera: «hombres del todo» (hombres que se enfrentan a la realidad en su totalidad). La Compañía de Jesús es un actor global en la lucha por la fe y la justicia. Al igual que los papas anteriores, el papa León XIV ha exhortado recientemente a los jesuitas a ir más allá de las fronteras geográficas, culturales, intelectuales y espirituales, donde los mapas conocidos ya no son suficientes. Como servidores de la misión de Cristo, estamos llamados a hacer este mundo más humano, más justo y, por tanto, más divino.



Martin Maier SJ, geboren 1960, Eintritt in den Jesuitenorden 1979, Studien der Philosophie, Theologie und Musik in München, Paris, Innsbruck, San Salvador. Dr. theol. mit einer Arbeit über die lateinamerikanische Theologie der Befreiung. Landpfarrer und Dozent für Theologie in El Salvador. Von 1995 bis 2009 Chefredakteur der „Stimmen der Zeit“, von 2009 bis 2014 Rektor des Berchmanskollegs in München, von 2014 bis 2021 Beauftragter des Jesuitenordens für europäische Angelegenheiten in Brüssel, seit 2021 Hauptgeschäftsführer des Lateinamerika-Hilfswerks Adveniat.


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