Allí donde parece que dios no está: Testimonio sobre fe, justicia y ateísmo práctico
Nunca he podido separar mi vocación de la tierra donde nací. Bolivia no es un país que se deja entender fácilmente: es un tejido de contradicciones, de pueblos múltiples, de alturas que quitan el aliento y de selvas que desbordan vida. Y es también un lugar donde la fe se respira casi como el aire: en procesiones interminables, en los bordados de una saya, en un rezo campesino antes de sembrar, en la mirada de una mujer amazónica que contempla el río como si fuera un libro sagrado.
Pero al mismo tiempo —y esto lo digo con dolor y con esperanza— es un país donde demasiadas veces vivimos como si Dios no existiera. Donde uno puede encender una vela con profunda devoción, y al día siguiente aceptar la corrupción como parte del sistema. Donde se celebra con entusiasmo a los santos patronos, pero se destruye la creación que es su casa. Donde se venera la dignidad, pero se explota la vida de los pobres.
Con el tiempo he comprendido que este fenómeno no es exclusivo de Bolivia ni de América Latina. Es lo que la tradición llama ateísmo práctico: no negar a Dios con palabras, sino borrarlo de las decisiones fundamentales de la vida. Ese es el campo donde trabajo cada día como jesuita: un mundo que dice creer en Dios, pero que no deja que Dios transforme la existencia. Y es justamente esta fractura la que la CG 32 nombró con lucidez, al recordarnos que servir la fe exige promover la justicia, no como dos tareas separadas, sino como una misma misión confiada por el Señor. En esa misma línea, Gustavo Gutiérrez nos recuerda que no es posible hablar de Dios prescindiendo del clamor de los pobres, porque es allí donde la fe se contrasta y se plenifica.
Lo que comparto aquí no es un análisis ni un estudio académico. Es algo más sencillo y más frágil: mi propio testimonio, tal como me lo han enseñado la vida del pueblo boliviano, la espiritualidad ignaciana y el Evangelio.
Las grietas donde aprendí a ver
Al comienzo de mi servicio académico en la Universidad pensé que la falta de fe se vería en el rechazo frontal, en la negación intelectual o en la indiferencia explícita. Me equivoqué.
La verdadera ausencia de Dios —la que de verdad duele— la encontré en otros lugares: en la normalización de la mentira, en la renuncia silenciosa a la esperanza, en la aceptación resignada de la injusticia, en el encubrimiento de los abusos, en la indiferencia ante la tierra devastada y en la tristeza acumulada de tantos jóvenes sin futuro.
Bolivia me enseñó que la fe no muere por ataques externos, sino por desgaste interior. Y ese desgaste se nota cuando ya nadie espera que Dios pueda transformar lo que realmente pesa.
Lo he visto en aulas universitarias, donde casi todos dicen creer, pero sienten que la fe “no sirve” para decisiones profesionales; en comunidades donde la fiesta religiosa convive con mecanismos clientelares; en ríos que ya no tienen peces, en bosques reducidos a cenizas, en pueblos donde la explotación se vuelve rutina aceptada.
Y dentro de mí fue creciendo una pregunta que no deja de acompañarme: ¿Cómo anunciar al Dios vivo en lugares donde la vida misma parece haberse encogido?
Cuando la CG 32 dejó de ser un documento y se volvió camino
Conocí la CG 32 como un texto venerado dentro de la Compañía. Pero no fue un decreto lo que me convenció. Fueron los rostros.
En un taller con jóvenes universitarios en Cochabamba, una chica me dijo con desarmante sinceridad: “Padre, yo creo en Dios. Pero cuando busco trabajo, cuando tengo que decidir qué hacer con mi vida, cuando veo que los corruptos prosperan… Dios no cuenta. No porque no exista, sino porque no sirve”.
Sentí un golpe en el pecho. Era escuchar la CG 32 al revés: la injusticia no sólo contradice la fe, sino que la vuelve inoperante. Comprendí, de forma nueva, que el llamado a unir fe y justicia no es un programa ideológico, sino la condición de posibilidad de una fe que quiera ser creíble. En lenguaje de Gutiérrez, podríamos decir que una fe que no asume la historia de los pobres termina hablando de Dios “de espaldas” a la realidad, y por eso deja de ser Buena Noticia.
El altiplano me enseñó que la fe se prueba en lo pequeño
Una mañana fría, en El Alto (ciudad al lado de La Paz, a 4300 metros de altura), trabajábamos con estudiantes de una Unidad Académica Campesina de la Universidad Católica Boliviana en temas de ética pública. Uno de ellos me dijo: “Padre, yo soy devoto. Pero para sacar un trámite hay que pagar; si no, no sale. ¿Qué quiere Dios aquí?”
No supe responder enseguida. Pero esa pregunta me acompañó largo tiempo. Descubrí que el ateísmo práctico no consiste en negar a Dios, sino en aceptar que el mal tiene la última palabra, que no hay alternativa, que no vale la pena intentar algo distinto.
Sin embargo, en esos mismos jóvenes, dos años después, vi pequeños actos de resistencia, como auditorías ambientales dentro del campus, acompañamiento solidario a ferias barriales y propuestas de transparencia en su propia carrera. Eran pequeñas luces, pero suficientes para recordar una intuición ignaciana que no deja de sostenerme: cuando una fe se vuelve práctica —aunque sea en lo mínimo— abre grietas por donde entra la luz de Dios.
La Amazonía me enseñó que la fe se defiende cuidando la vida
Mi experiencia más fuerte en la Amazonía ocurrió hace muchos años cuando yo era novicio y fui enviado un par de meses a Moxos. Yo me encontraba en un pequeño pueblo llamado San José, acompañado de un maestrillo. Había allí una empresa maderera cortando árboles. Después de una celebración de la palabra que habíamos organizado en la comunidad, un hombre mayor se me acercó y me dijo: “Usted habló en la misa (sic) de rezar. Está bien. Pero rezar también es dejar de destruir. ¿De qué sirve pedir a Dios vida, si cortamos lo que nos da vida?”. Lo dijo sin confrontación, casi como quien nombra algo obvio. Hoy esa frase se ha convertido para mí en una parábola viva de Laudato si’.
Comprendí que rezar, para ellos, era aprender a mirar de nuevo el monte como regalo, no como botín. La fe amazónica es profunda, pero no es desencarnada. No separa a Dios del río, ni al Creador de su creación. Allí la evangelización se hacía reforestando, sembrando en comunidad, midiendo la turbidez del agua, cuidando lo que sostiene la vida, educando con valores.
Y entendí con claridad que, en la Amazonía, la destrucción ecológica es una forma de ateísmo práctico, y que el anuncio del Evangelio pasa necesariamente por la defensa de la vida amenazada.
El Chaco me enseñó que la fe se vuelve dignidad
En el Chaco guaraní experimenté una de las lecciones más hondas de mi misión. Fue en el fondo de la región boliviana llamada Isoso, en una asamblea comunitaria que discutía sobre problemas de explotación de algunos comunarios que iban a la zafra de caña de azúcar. Marta —una joven normalmente silenciosa— tomó la palabra y dijo: “Nosotros creemos en Dios. Pero si aceptamos que nos traten como si no valemos nada… entonces estamos negando al Dios que nos hizo”.
Ese día comprendí que la fe no se defiende primero en templos, sino en cuerpos que rehúsan seguir siendo humillados. La evangelización consistía en recuperar la lengua, exigir contratos justos, organizarse para denunciar abusos y llamar a cada persona por su nombre en guaraní y no por un número en un listado laboral.
El ñande reko —el modo de ser guaraní— y el Evangelio se iluminaron mutuamente. Respondimos al ateísmo práctico no con discursos, sino acompañando la recuperación de la dignidad allí donde había sido negada.
¿Qué hace la espiritualidad ignaciana en medio de todo esto?
Lo diré de manera simple. La espiritualidad ignaciana me ha enseñado a no desesperarme. A confiar en que Dios trabaja incluso donde yo sólo veo cansancio o desorden. A buscar señales —brasas debajo de cenizas— que indiquen por dónde se abre camino la vida.
He encontrado esas brasas, por ejemplo, en un estudiante que decide no aceptar un soborno “pequeño”; en una mujer amazónica que enseña a sus hijos a cuidar el agua; en un joven guaraní que habla por primera vez delante de su comunidad; en un profesor que renuncia a un cargo por coherencia; en un barrio que organiza una olla común durante una crisis.
Ignacio nos invita a “…en todas las cosas buscar y hallar a Dios nuestro Señor” (Constituciones 288). Con los años entendí que ese “todas” incluye también lo que parece contrario a Dios, incluso en el revés de la trama de la vida: la corrupción, la violencia, la contaminación, la indiferencia, el encubrimiento. No porque Dios desee esas realidades, sino porque allí lucha por abrirse paso mediante la conciencia, la solidaridad y las pequeñas decisiones valientes que nadie ve pero que sostienen el mundo.
El ateísmo práctico como herida… y como oportunidad
He aprendido a no ver el ateísmo práctico sólo como una amenaza, sino como una pregunta abierta. No significa necesariamente rechazo a Dios; muchas veces expresa hambre de sentido, desencanto, cansancio histórico, escepticismo hacia una fe que no parece transformar nada.
Muchos jóvenes dicen que creen, pero viven divididos. Muchos adultos rezan, pero sienten que Dios no interviene. Muchas comunidades veneran símbolos religiosos, pero no encuentran caminos para encarnar la justicia que esos símbolos anuncian.
Y en este punto siempre vuelve a mi memoria una convicción profundamente arraigada en la espiritualidad y el testimonio de Luis Espinal SJ, forjada en un contexto de violencia que parecía sofocar toda esperanza: Dios no está ausente ni lejano, sino presente en la vida concreta de quienes luchan por no ser negados en su dignidad. Como él mismo suplicaba en una de sus oraciones: “Presente en nuestros hermanos, sobre todo en los más pobres y oprimidos, que sepamos encontrarte a Ti, Señor” (Oraciones a quemarropa). Esa intuición de Espinal —tan simple y tan honda— me acompaña cada vez que entro en contacto con el ateísmo práctico, porque me ayuda a reconocer que cada gesto de dignidad humana es ya un lugar teológico, incluso cuando nadie lo nombra así.
La herida del ateísmo práctico es real, pero puede convertirse en oportunidad para anunciar un Dios más grande que nuestras incoherencias: un Dios que no se ofende por ser olvidado, sino que se empeña en regresar por caminos discretos, muchas veces invisibles.
Lo que la CG 32 me enseñó en carne viva
La CG 32 se ha vuelto para mí una brújula silenciosa. No es un texto que cito, sino una mirada que asumí: la fe se vuelve real cuando toca la justicia; la justicia se vuelve evangélica cuando nace de la fe; y ambas se convierten en misión cuando se viven en comunidad y desde el discernimiento.
Las Congregaciones posteriores hablaron de inculturación, diálogo, reconciliación. Pero la intuición es la misma: permitir que Cristo, el reconciliador, vincule nuestra fe con la historia real de nuestro pueblo, nuestras devociones con nuestra vida pública, nuestras palabras con nuestras prácticas. En clave de San Ireneo y de Gustavo Gutiérrez se trata de confesar que la gloria de Dios es que el pobre viva, y que toda reflexión sobre Dios que olvida ese dato corre el riesgo de volverse irrelevante.
A veces imagino al P. Pedro Arrupe visitando Bolivia hoy. Creo que sonreiría al ver que su intuición sigue encarnada en lugares humildes: en las manos que siembran donde hubo fuego, en los ojos de jóvenes que descubren su vocación como servicio, en las lenguas indígenas que recuperan fuerza, en comunidades que rezan con los pies en la tierra.
El Cordero degollado y de pie: símbolo de un país que insiste en levantarse
La propuesta de Emilio Travieso sobre el Cordero degollado y de pie (artículo PI dela primera semana de septiembre 2025) me toca profundamente. Siento que ese símbolo describe a Bolivia mejor que cualquier otro. El vidente del Apocalipsis dice:“Vi entonces, en medio del trono y de los cuatro Vivientes y en medio de los Ancianos, un Cordero, de pie, como degollado”(Ap 5,6). Esa imagen concentra la paradoja cristiana: la víctima que permanece en pie, la herida que no desaparece y, sin embargo, es lugar de vida.
De muchas maneras, somos un país degollado por la corrupción, por la violencia, por la desigualdad, por el racismo latente, por la pérdida de la creación, por la falta de oportunidades. Pero también somos un país que se mantiene de pie por la fe que resiste, por la creatividad del pueblo, por la fuerza comunitaria, por la esperanza que vuelve a brotar, por la dignidad que nadie consigue apagar.
El Cordero de pie me recuerda que Cristo no se revela sólo en los triunfos, sino también en las heridas. Su resurrección no borra las cicatrices: las transforma en fuente de vida para otros. Y creo sinceramente que la misión de fe y justicia hoy consiste en acompañar ese proceso: ayudar a que las cicatrices del pueblo se vuelvan lugares de reconciliación.
Donde creí que Dios no estaba, allí lo encontré
Si alguien me preguntara dónde he encontrado más a Dios en mi misión, tendría que responder con escenas muy concretas: un estudiante que decidió decir la verdad cuando nadie lo hacía; una mujer que defendió su río como si defendiera a sus hijos; un joven guaraní que recuperó su palabra; un anciano que me enseñó que rezar es cuidar; una madre que siguió luchando por la educación de sus hijos cuando ya no tenía fuerzas.
He descubierto que, allí donde yo pensé que Dios estaba ausente, Él ya había llegado antes que yo, trabajando silenciosamente en el corazón de las personas y de los pueblos.
Ese es mi testimonio. Esa es mi esperanza. Y ese es el regalo más grande que Bolivia me ha dado: creer de nuevo en un Dios que vive donde la vida parece imposible, un Dios que, como el Cordero degollado y de pie, nunca deja de levantarse y de levantarnos.
Quizá podría decir, para cerrar, que el ateísmo práctico no es sólo un problema a denunciar, sino también un lugar teológico que nos interpela. La CG 32 tuvo la lucidez de comprender que una fe que no se traduce en justicia termina siendo irrelevante, y la Teología de la Liberación supo nombrar esa fractura mostrando que Dios se deja encontrar en la historia concreta de los pobres. Allí donde Dios parece ausente —en la injusticia normalizada, en la resignación, en la destrucción de la vida— se nos confía, paradójicamente, una tarea espiritual: volver a hacer creíble a Dios mediante prácticas de justicia, dignidad y cuidado. Tal vez hoy, en contextos secularizados o cansados de discursos religiosos, el anuncio del Evangelio pase menos por afirmar a Dios y más por hacer posible la vida, confiando en que, como creyó la CG 32, la fe renace cuando se la vive allí donde más se la pone en duda.
Manuel Gilberto Hurtado Durán SJ es jesuita boliviano. Doctor en Teología por el Centre Sèvres (París), actualmente es presidente de la Facultad de Teología San Pablo de la Universidad Católica Boliviana, sede Cochabamba. Su trabajo académico y pastoral se sitúa en el ámbito de la teología sistemática y la teología de las religiones, con un interés particular por el diálogo intercultural e interreligioso. Desarrolla una teología comparativa amerindia a partir de las tradiciones orales de los pueblos originarios. Acompaña procesos formativos, espirituales y pastorales, integrando fe, justicia y cuidado de la casa común.





