Padre Pedro Arrupe : Abrazo entre fe y justicia
Mis encuentros con un hombre puente
Cuando estudiaba teología en Roma, de 1971 a 1976, el Padre Arrupe una vez al año venía para encontrarnos en el Colegio del Gesù. Nos hablaba del estado de la Compañía de Jesús y de sus retos, disponible para contestar a nuestras preguntas. Recuerdo la sensación que tenía, pues semejante a de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,32): fuego en el corazón encendido por sus palabras. Claro, sin ambigüedades, directo y familiar, católicamente universal; como considerando el mundo su propia casa.
Encontré después al Padre Arrupe visitando mi Provincia de Portugal, siempre fuente de ánimo e inspiración. Estuve con él también en la Congregación General 33, cuando presentó su renuncia y dió caloroso abrazo a su sucesor, el Padre Peter-Hans Kolvenbach. En esta Congregación participó también el Padre Jorge Mario Bergoglio, nuestro amado Papa Francisco, que vivió su pascua definitiva el pasado día 21 de abril.
Estuve en Roma participando del funeral del P. Arrupe, o mejor: su cambio de residencia para vivir en la Curia Celestial de la Santísima Trinidad. Me conmovió especialmente el caloroso y largo aplauso brindado cuando, terminada la celebración en la Iglesia del Gesù, un grupo de jesuitas lo levaba sobre sus espaldas.
Hace tres años, convocado por el Tribunal diocesano del Roma, tuve la consolación de dar mi testimonio para la causa de su Canonización. Felizmente es Siervo de Dios y esperamos que en breve sea reconocida su virtud heroica.
La imagen que me queda más fuerte de su memoria es la de un constructor de puentes entre la tradición ignaciana y los retos del futuro, entre ser “arraigados y cimentados en la caridad” y el compromiso por la justicia social, entre vida fraterna en comunidad y dinamismo apostólico. Siempre evangélicamente inclusivo.
Un optimista realista
Pedro Arrupe ha sido calificado como el “hombre de la utopía”, como un “místico y profeta para nuestro tiempo”. Es un retrato que corresponde bien a la realidad de su estilo de vida y modo de gobernar.
La figura del Padre Arrupe se sale de los esquemas comunes debido a la fuerza de la innovación y su creatividad. Igual que el Papa Pablo VI tuvo la misión de ser el líder de la implementación del Concilio Vaticano II para toda la Iglesia, el Padre Arrupe -recién elegido como superior General- se encargó de aplicar el Concilio en la vida y misión de la Compañía de Jesús. Para él el carisma ignaciano y la fidelidad a la Iglesia eran fuerzas dinámicas, no aguas estancadas sino fuego viviente. Como afirmó el compositor Gustavo Mahler: “La tradición no es el culto de las cenizas, sino la preservación del fuego.”
El estilo del Padre Arrupe como promotor de la letra y del espíritu del Concilio Vaticano II, se puede resumir en este párrafo con que inicia la constitución pastoral Gaudium et Spes: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmentesolidaria del género humano y de su historia.” No encuentro mejor descripción de la figura humana y espiritual del P. Arrupe.
En una conferencia que pronunció el P. Padre Kolvenbach el 13 de noviembre de 2007 en la Universidad de Deusto, Bilbao (España), ciudad en la que había nacido Pedro Arrupe cien años antes, subrayó la fuerza del alma de Arrupe delante las dificultades y problemas: “Cuando el Padre Arrupe visitó el Líbano y yo le enseñaba las ruinas del centro de la ciudad de Beirut, le dije que tras una terrible noche de bombardeos destructivos, a la mañana siguiente los pájaros cantaban desde los árboles. Él me respondió que también en Hiroshima el Señor de la Vida no permitió que la increíble potencia de la muerte dijera la última palabra. Como dice el Cantar de los Cantares, ‘Es fuerte el amor como la muerte. Las aguas torrenciales no podrán apagar el amor ni los ríos anegarlo’ (Cant 8,6-7).”La esperanza de la fe y el optimismo humano de Arrupe eran más fuertes que todas las tragedias y delusiones.
Promotor de la fe que se concretiza en justicia
La segunda Congregación General presidida por el Padre Arrupe fue la 32ª, desde diciembre del año 1974 hasta marzo de 1975; 3 meses intensos de búsqueda de lo que el Espíritu de Dios quería decir a la Compañía de Jesús. El Decreto 4º de la CG 32 ha sido considerado el marco más relevante, el diapasón de referencia de la vida y misión de la Compañía hasta la actualidad. Tiene por título: “Nuestra misión hoy: servicio de la fe y promoción de la justicia”.
Idea fundamental de la CG 32 es que el servicio de la fe es inseparable de la promoción de la justicia. No se trata de un binomio de partes alternativas: para jesuitas más pastoralistas o para jesuitas de perfil más social. Nuestra fe tiene que ser siempre más justa y nuestra justicia siempre más fiel, inspirada por el evangelio de Jesús. El cuerpo de un jesuita tiene dos brazos, distintos pero inseparables: fe y justicia. No podemos amputar uno de los brazos sino promover su unión y complementariedad.
El Padre General Arrupe terminaba así su homilía en la eucaristía conclusiva de la Congregación General 32 (6-04-1975) en la Basílica de San Pedro: “Así, pues, ya consideremos las necesidades y aspiraciones de los hombres de nuestro tiempo, ya pensemos en el particular carisma que fundó la Compañía, ya pretendamos aprender que tiene Jesús en su Corazón para todos y cada uno de nosotros, llegamos a la misma conclusión, es decir, que el jesuita de hoy es un hombre cuya misión es dedicarse todo entero al servicio de la fe y a la promoción de la justicia, en comunidad de vida, de trabajo y sacrificio con los compañeros que se congregaran alrededor del mismo estandarte de la Cruz, y en fidelidad al Vicario de Cristo para edificar un mundo más humano y, al mismo tiempo, más divino.”
En esta Congregación General, fe y justicia se dieron un fuerte fraternal. El binomio indisoluble del servicio de la fe y de la promoción de la justicia no es una invención para seguir los vientos de la moda, sino que tiene su fuente en el estilo de ser y actuar de Cristo, y en el carisma ignaciano vivido hoy para responder a los retos de nuestros tiempos. Usando una imagen: el tren de la misión de la Compañía exige dos carriles: fe y justicia, para poder seguir adelante buscando la mayor gloria de Dios y el mejor servicio del prójimo, pues “La misión de la Compañía de Jesús hoy es el servicio de la fe, del que la promoción de la justicia constituye una exigencia absoluta, en cuanto forma parte de la reconciliación de los hombres exigida por la reconciliación de ellos mismos con Dios” (Decreto 4º, n. 2).
La fundación del Servicio Jesuita a los Refugiados (JRS) por el Padre General Arrupe en noviembre de 1980, es una forma concreta de responder -en nombre de la Fe- a la situación difícil de los refugiados vietnamitas que huían de su patria devastada por la guerra. El campo de acción del JRS hoy se extiende a los cinco continentes ayudando millones de refugiados. Como subrayó su fundador: “la ayuda que se espera de nosotros no es meramente material; la Compañía está especialmente llamada a proporcionar asistencia humana, educativa y espiritual.”
Estoy seguro de que nuestro querido Padre Arrupe exultó de alegría junto a Dios cuando vio la publicación de las “Preferencias Apostólicas Universales de la Compañía de Jesús, 2019-2029” por su sucesor Padre Arturo Sosa, donde se subraya la preferencia apostólica por los últimos: “Confirmamos nuestro compromiso en la atención a los migrantes, desplazados, refugiados, víctimas de las guerras y del tráfico de personas; la defensa de la cultura y existencia digna de los pueblos originarios. Nos proponemos seguir contribuyendo a crear las condiciones para su acogida humana, acompañarlos en su proceso de integración en la sociedad y promover la defensa de los derechos.” (carta del P. general del 19 de febrero de 2019). El papa Francisco, que ya Dios tiene en su Gloria, al entregar las preferencias como concretización de la vida-misión de la Compañía afirmó que son fruto de un “discernimiento dinámico y no de biblioteca o laboratorio”.
Ahora estamos celebrando, junto con toda la Iglesia, el Jubileo de la Esperanza. A ese propósito recuerdo la exhortación de Padre Arrupe: “Si bien no se puede exigir a todos el mismo grado de optimismo… sí se impone a todos, al menos, la exigencia de no admitir jamás el pesimismo”. La Iglesia y el mundo necesitan de nosotros como profetas de esperanza.





