Vivir abiertos a la interpelación de la calle
La idea rectora de la Congregación General 32 de la Compañía de Jesús (1974-1975) es que nuestra identidad se realiza en el compromiso por la fe y la justicia.
A muchos jesuitas de lengua alemana esta orientación les resultaba difícilmente comprensible. Dos nuevas comunidades (Fráncfort del Meno y Berlín) debían buscar la forma de llevarla espiritual y socialmente a la práctica.
Después de pasar un tiempo en la misión que atendía a inmigrantes franceses, encontramos en Berlín trabajo como obreros manuales en la industria eléctrica y una vivienda muy cercana al Muro, en el resistente barrio de Kreuzberg.
Durante el proceso de inculturación descubrimos nuevas dimensiones de la encarnación con nuestros compañeros de trabajo y vecinos, con los ex reclusos, enfermos, moribundos y personas expulsadas de sus territorios de origen que residían en nuestra comunidad.
Yo estaba seguro de que Dios nos había llamado a este lugar. Buscaba encontrarme con él entre mis compañeros de trabajo; nos comprometimos en el sindicato, acompañamos a reclusos, visitamos a personas en la Alemania Oriental y, en el curso del tiempo, convivimos en un espacio mínimo con varones y mujeres de más de setenta nacionalidades distintas. Sus biografías y credos religiosos tan diferentes hicieron madurar nuestra hospitalidad. Los amigos nos ponían en contacto con mujeres y varones en situación de necesidad. Así surgió una red.
Un joven jesuita quiso hacer sus Ejercicios en medio de este ajetreo. Eso no es posible aquí, le dijimos: no disponemos de ningún espacio silencioso, no tenemos un horario fijo de comidas, yo no acompañaba Ejercicios, etc. Pero él vino de todas formas y ocupó una de las siete camas que había en mi dormitorio.
Meditó en la calle y experimentó su propia desgarro interior caminando con un pie a la derecha y el otro a la izquierda de la marca en el suelo que recordaba el trazado del Muro. Cuando terminara los estudios, ¿debía ir a trabajar en un albergue para enfermos terminales de sida o no? Al día siguiente meditó sobre las heridas abiertas en su propia biografía y sobre las heridas de guerra que aún podían descubrirse por doquier en la ciudad. Luego permaneció un rato en un espacio comercial intensamente iluminado. Las personas no proyectaban sombra alguna y reflexionó sobre la falta de humanidad.
En la estación de metro más cercana a nuestra casa conoció a unos sin techo. Uno de ellos se ofreció a enseñarle el barrio desde su propia perspectiva. Cuando por la tarde-noche nos habló de ello, lo vio con claridad: hoy he sido invitado a trascender los límites de mi percepción. Era un signo de Dios, quien lo había invitado a que lo visitara en el albergue.
Sin ser yo consciente de ello, habían nacido los “ejercicios en la calle”.
Vino otro joven. No quería oír historias bíblicas. Para él, como sacerdote, la Biblia era un libro de trabajo. Al cabo de algunos días, dijo que quería pasar una noche en silencio en la periferia de la ciudad. Entonces, mientras manteníamos la entrevista de ejercicios en la mesa de la cocina, sonó el timbre de la casa y entró un extraño. Se sentó con nosotros. Hasta el día siguiente no caí en la cuenta: era un ángel. Tras media hora escuchándonos, dijo inesperadamente: “Venga, nos vamos”. Y en efecto, se marcharon.
Al día siguiente, limpiaron la casa y el joven sacerdote quiso darle al “ángel” la bolsa con el polvo recogido, para que, camino de casa, la tirara en un contenedor de basura. “Es tu suciedad; tú mismo puedes llevarla”: esa fue la respuesta que recibió. “En efecto, siempre dejo que mi suciedad la lleven los demás”, observó el sacerdote y recobró la capacidad de leer la Biblia.
Estas vivencias ocurrieron hace veinte años. Después de unos cuantos años, estaba seguro –y esa seguridad la compartían otras personas– de que habíamos redescubierto los Ejercicios. Desde entonces acompaño, junto con otras muchas personas, a ejercitantes procedentes de diferentes contextos religiosos y situaciones vitales que se encuentran en la calle al Dios omnipresente.
Las experiencias que Ignacio consignó luego en el libro de los Ejercicios las vivió también en las calles de Manresa. Asimismo, Jesús vivió públicamente en las calles de su ciudad. Numerosos relatos bíblicos tratan de ello. Jesús se define a sí mismo y define su orientación fundamental: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. También a nosotros se nos anunció la Buena Nueva en la calle.
Los acompañantes de Ejercicios invitamos a los ejercitantes a abrir las puertas y a encontrarse con Dios allí donde él espera a cada cual. Moisés descubrió a Dios en una zarza que ardía sin consumirse. Ofrecemos a los ejercitantes esta imagen del amor y les aconsejamos que, a la vista de semejante manifestación, se quiten, como Moisés, las distanciadoras sandalias (de su corazón) y escuchen la voz de Dios. Por la tarde-noche, el grupo de ejercitantes –cinco personas como máximo– se reúne, acompañado por un varón y una mujer, para leer en común las experiencias del día. Encontramos las huellas de Dios por sorpresa en cualquier lugar, en el silencio o en el amor de una pareja.
La mayoría de las veces hay dos grupos en marcha simultáneamente, hospedados en un sencillo alojamiento. Los ejercitantes no pagan nada. También participa gente sin ingresos, incluso personas sin techo o reclusos. Como peregrino, Ignacio no adoptaba prevenciones de ningún tipo, ni siquiera en la travesía hacia Israel.
Desde hace diez años existe literatura sobre este camino de Ejercicios en alemán, español y francés. A finales de 2015 concluyó la segunda promoción. Las experiencias en Alemania, Suiza, Austria, Hungría, Francia, Canadá y otros lugares animan a escuchar la voz del anhelo de cada persona y a seguirla más allá de la estepa, como Moisés.