Testimonio

Los jóvenes excluidos son dignos de ser amados y tienen futuro

Jerôme Gué (GAL) Jerôme Gué (GAL)

Cuando cursaba mis estudios de ingeniería quedé impactado por el compromiso de los voluntarios permanentes del movimiento ARD Cuarto Mundo, que vivían en ambientes de familias muy pobres combatiendo junto a ellas por transformar la sociedad. Al terminar las clases, iba a uno de los barrios y también participaba en la universidad popular que el movimiento organizaba con estas personas. Ellas me enseñaron muchas cosas sobre la vida, también me enseñaron la escucha y la humildad. Y sobre todo, siempre regresaba lleno de alegría. Sentía que estos encuentros me habían descubierto algo de una profundidad esencial. Y 35 años después, así continúa ocurriéndome sin cesar.

Desde hace 17 años vivo junto con mi comunidad, en un barrio habitado por muchas familias socialmente desfavorecidas, entre ellas no pocas de inmigrantes y de confesión musulmana. Tengo la fortuna de disfrutar de numerosos encuentros de una manera natural en el vecindario, la vida asociativa y la Iglesia. Pero lo que me indigna profundamente es ver a un gran número de jóvenes rondando por allí sin trabajo, sumidos en el aburrimiento y haciendo a veces tonterías. ¡Qué desperdicio y qué injusticia! Se encuentran excluidos de la sociedad, no se sienten amados. No puedo aceptar que se permita que tantos jóvenes (uno de cada cinco, de media nacional) se echen a perder durante años en el fracaso y la exclusión. ¿Qué se puede esperar de la vida cuando la juventud de uno está tan quemada como esta?

La Compañía de Jesús me pidió que montara una escuela de formación técnica, una école de production, para estos jóvenes. Se trata de un centro de formación profesional donde ellos aprenden a tornear y fresar elaborando piezas para los clientes, como si estuvieran en una empresa real. Y después encuentran trabajo. Uno de los momentos más formidables es el fin de curso, cuando todo el equipo, reunido frente al ordenador del ayudante, se entera con un clic de los resultados del examen profesional. Nunca puede darse por descontado, pero de hecho casi la totalidad de los jóvenes lo superan. Resulta muy emocionante, porque se recuerda el estado en el que cada uno de los jóvenes llegó dos años antes, y hete aquí que ahora todos y cada uno de ellos han conseguido algo, que hay un reconocimiento de la sociedad. Jóvenes que antes eran rechazados y considerados incapaces de hacer nada bueno han logrado sacarse un diploma reconocido y trabajan en empresas de alta tecnología: ¡el mundo al revés! ¡Por eso, mi oración preferida es el Magníficat!

El trabajo educativo diario es pesado, sobre todo para los formadores y, en especial, para quienes acompañan a los jóvenes en los talleres. Estos proceden de empresas del ramo. No han hecho grandes estudios y enseguida comprenden bien lo que viven estos jóvenes fracasados, pero llenos de bondad. Han desarrollado sobre todo una gran competencia técnica y de gestión que les permite suscitar en estos jóvenes confianza en sí mismos a través del ejercicio de un oficio práctico, al tiempo que aseguran que la producción vendida a los clientes será de máxima calidad. ¡Lo que hacen es extraordinario!

Los jóvenes nos impresionan por su espontaneidad, vitalidad, sencillez o humor. Las entrevistas educativas con ellos representan en ocasiones un auténtico reto. Pierden la confianza en sí mismos y se ven afectados por otras muchas cosas, a menudo ligadas a su historia y su ambiente, tan poco propicios. ¿Cómo descubrir en ellos el deseo de avanzar y la palanca que les devuelva la motivación? Viendo a los jóvenes debatirse con sus dificultades personales, he experimentado con frecuencia que estamos hechos en gran medida de la misma pasta humana, consciente como soy de mis propios combates interiores y espirituales. Una suerte de fraternidad interior, en el núcleo común de nuestro deseo de vivir y permanecer en pie.

Ninguno de nosotros goza del poder de curación y de suscitar esperanza que Jesús tenía ante los excluidos y las personas sufrientes. Pero con todo el equipo educativo y a veces con el propio grupo de jóvenes, esta escuela posee un verdadero poder de curación y reconciliación en la sociedad. Reconciliación de los jóvenes consigo mismos y con la sociedad, pero también de la sociedad con los jóvenes, en particular a través de la amplia red de quienes contribuyen a la escuela tanto económica y comercialmente como con actividades voluntarias. Es una manera de propagar en la sociedad una mirada positiva sobre estos jóvenes. Somos pocos los que compartimos la fe cristiana, pero estoy contento de ser compañero de Jesús de esta manera, contribuyendo a una escuela cuyo enfoque significa que todo ser humano, sea quien sea, es digno de ser amado y tiene futuro.

Desde hace 4 años animo la red de centros de formación que ponen en práctica la pedagogía ignaciana con jóvenes en dificultades y coordino las actividades sociales jesuitas. Merced a ello, soy testigo por doquier de múltiples acciones hermosas, algo que hace que me maraville ante la acción de la gracia. Los retos institucionales son importantes. Por ejemplo, desde la federación de écoles de production llevamos años luchando en el plano político para que el concepto de école de production sea reconocido y financiado y pueda ser desarrollado ampliamente a escala nacional. ¡La buena noticia es que las cosas comienzan a avanzar!

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Publicado por SJES ROME - Coordinador de Comunicaciones in SJES-ROME
SJES ROME
El SJES es una institución jesuita que ayuda a la Compañía de Jesús a desarrollar la misión apostólica, a través de su dimensión de promoción de la justicia y la reconciliación con la creación.