Jesuita Social “Mártir” – SERGIO RESTREPO JARAMILLO, SJ. (1939 -1989)
Sergio ingresó a la Compañía de Jesús por su cercana participación con las tropas de Boy Scouts y la formación que le brindó el Colegio San Ignacio, en Medellín. El mismo narraba que fue determinante para su ingreso la visita realizada en Mérida, Venezuela, al espacio de Memoria que edificaron los jesuitas en homenaje a la muerte de 27 alumnos del Colegio San José en un accidente aéreo en diciembre de 1950; en un hermoso lugar campestre y bien definido, con el entorno de una cascada entre las dos hélices del avión accidentado, gracias a la hermosura y el sentido profundo del lugar, Sergio, aún muy joven, viviór una experiencia profunda de trascendencia.
Su formación jesuita en los años posconciliares no fue fácil, pero su ingenio, y cercanía a la gente y a la cultura le permitió un tránsito alegre y creativo por los sitios que recorrió. Su ministerio principal lo realizó en Tierralta, Córdoba, Colombia, parroquia de la Compañía de Jesús a la cual fue destinado a finales de los años 70. Un poblado en las llanuras del norte del país, tierra hermosa, de bosque tropical húmedo y fértil, con grandes hatos ganaderos, sembrados de arroz, algodón, sorgo; nutrido por la fuerza del río Sinú. Un territorio con muchos intereses y promesas para sus habitantes desde la época colonial, pero con heridas silenciosas, pobrezas humillantes y marginaciones naturalizadas respecto a la población indígena y afroamericana. Tierralta es un pueblo polvoriento y con servicios públicos precarios, escenario de una aguerrida disputa territorial -en aquel momento- entre los paramilitares y la Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).
Recordamos un hombre menudo, de estatura media, delgado, tez blanca, de pelo ondulado y ojos claros. Un febril jesuita que, en las mañanas, con chancletas – y a veces todavía en pijama- y con una toalla al hombro empezaba a restaurar antiquísimas vasijas de barro de los indígenas Zenú. Poeta, de quien nos quedan varas composiciones entre ellas su Epitafio, y un libro que en sus últimos años estaba ‘mecanografiando’ y que ilustraba un amigo suyo; un poemario bautizado: La luna, el corazón y yo.
Sergio fue un jesuita alternativo, que hizo de “las américas” -un bar cercano a su casa- su sala de reuniones. A luz pública, sobre todo al final de las tardes, allí departía, soñaba y reía con amigos y vecinos. Un jesuita que en las mañanas recorría laboriosamente, el parque municipal y los alrededores del templo analizando el estado de los árboles - muchos plantados por él - que personas o animales depredaban continuamente; un hombre que cada mañana seguía pensando y adecuando la arquitectura del conjunto de la Parroquia. Sergio solía llegar de improviso a las casas de los vecinos a conversar ‘de la vida’ y acompañar las historias de sus amigos; un sacerdote que hizo de la arqueología y los ancestros un espacio de encuentro entre letrados y campesinos, amigo de ‘guaqueros’ y antropólogos.
En sus casi 10 años de presencia en Tierralta logró restaurar el templo parroquial, fundar la Casa Cultural, el Museo de la Cultura Zenú, la Biblioteca y la Banda Musical. El museo es hoy una obra pionera y de gran importancia para la región por su riqueza en artefactos y procesos de los antiguos pobladores zenús.
Sergio aprendió del rio a ser ‘baquiano’ y recorrió casi todos los caminos y veredas del municipio. Fue Pastor, maestro y consejero; una vida bien vivida arrebatada por sicarios al servicio de los grupos armados aquel 1º de junio de 1989.
Con sus ojos claros, su mirada un poco maliciosa y su sonrisa, sigue estando presente entre árboles gigantes y orquídeas nativas, entre músicas regionales y vestigios arqueológicos, y sobre todo en el corazón de los amigos que le extrañan en “las américas” y por los caminos y paisajes que amó en las sabanas de Córdoba, en Colombia.
En unos cuantos metros
cúbicos de aire y noche,
poned este Epitafio que es
toda mi fortuna:
“Aquí reposa Sergio, señor
de nube y sueños,
quien gastó sus riquezas de
amor y poesía,
hasta quedar tan limpio como
esta limpia losa.
Si algún rumor del mundo
queréis a su retiro traerle,
solamente dadle el del ancho
mar.
Y si osáis algún día dibujar
su retrato, decid:
fue un navegante varado en tierra
firme.
Buscó siempre el amor en las
rutas incógnitas de la inefable rosa de los vientos.
Creyó en la vida.
Hizo de la amistad su lema.
Su existencia fue un sueño.
Y a su muerte devolvió a
Dios su alma
y reintegró a la tierra lo
que ella le había dado:
– Un efímero nombre. – Y un
puñado de huesos”.
Sergio Restrepo, S.J.
Luis Alfonso Castellanos Ramírez, S.J.
Santiago de Cali, junio 24 del 2024





