Dietas sostenibles y prácticas agrícolas
Abstract
Béla Kuslits analiza los impactos medioambientales y éticos de la agricultura intensiva y aboga por por la conservación de la biodiversidad, prácticas agrícolas menos intensivas y, a la vez, la producción eficiente de alimentos. Destaca las dietas basadas en plantas, la reducción del desperdicio de alimentos y el ajuste de los patrones de consumo para lograr la sostenibilidad.
El reto ético
En un nivel fundamental, la crisis planetaria es un conjunto de retos en los que los recursos y procesos naturales son sobreexplotados y sobrecargados por la creciente demanda de una población cada vez mayor. El sistema planetario y los ecosistemas locales tienen cierta resiliencia para resistir la presión, pero su fragilidad deviene más y más visible. En estas últimas décadas, a despecho de las tempranas y oportunas advertencias, la humanidad ha decidido ignorar los límites del planeta y ha cruzado las líneas rojas planetarias de diversas maneras(Richardson et al., 2023).
Tras el sector de la energía (incluida la energía para el transporte), la segunda fuente más importante de uso de recursos y de contaminación es la agricultura(Ritchie, 2019). La forma más extendida de uso de la tierra son los monocultivos intensivos (trigo, maíz, girasol, soja, arroz). Este método de producción genera gases de efecto invernadero de múltiples formas, destruye hábitats, agota y contamina los sistemas hídricos y reduce la fertilidad del suelo. Además de producir tales impactos medioambientales, este sistema crea dependencia de empresas que suministren semillas, maquinaria y productos químicos y proporcionen tanto capacidad de procesamiento como demanda de mercado para las cosechas. Tal estrategia, sumamente optimizada, permite escasos ingresos en una escala menor. Por eso, el sector agrícola en Europa progresivamente se fue centralizando y haciéndose dependiente de una compleja estructura de subsidios que estabilizó aún más un sector agrícola que está destruyendo el planeta. Ello hace a los campesinos vulnerables a los retos económicos y les priva en grandísima parte del control sobre la producción alimentaria(Neumeister, 2022).
Figura 1: Uso mundial de la tierra para la producción de alimentos (Fuente: Our World in Data)
Aunque se cuenta entre las principales causas de la crisis planetaria, el sector agrícola es también en extremo vulnerable. Las sequías, los eventos meteorológicos extremos y la desertificación se están convirtiendo en fenómenos cada vez más habituales y ocasionan pérdidas significativas al sector agrícola. Esto incrementa aún más la vulnerabilidad social asociada a los sistemas alimentarios, ya que los repentinos shocks de oferta pueden causar escasez de ciertos alimentos o alzas de precios(IPCC, 2021). El sistema mundial de comercio puede atenuar ocasionalmente estos problemas. Con todo, las largas cadenas de valor introducen una vulnerabilidad adicional: la oferta puede verse alterada por desastres naturales y conflictos muy alejados de los consumidores.
Los riesgos a los que se halla expuesta la oferta de alimentos llevan con frecuencia a una narrativa en la que la seguridad alimentaria se convierte en el principal desafío. Así, los defensores de esta visión abogan por una expansión e intensificación aún mayor de la agricultura a fin de incrementar la oferta [figuras 1-2](Hefele, 2023).
Figura 2: Superficie total de tierra utilizada para la agricultura, medida en hectáreas combinando la tierra arable (o de cultivo) y la tierra para pastos (Fuente: Our World in Data)
Quizá, sorprendentemente, la solución se halle en la otra dirección: necesitamos menos agricultura y una producción menos intensiva, explotaciones más pequeñas y cadenas de suministro más cortas. Seguir aumentando la producción incrementaría los retos económicos para los agricultores a la vez que agravaría la destrucción ecológica, que es la causa fundamental de los problemas.
Los riesgos que amenazan a los sistemas alimentarios en todo el mundo pueden mitigarse en cierta medida con soluciones de carácter natural: restauración de hábitats, introducción de combinaciones complejas de cultivos, plagas ecológicas y gestión del agua. El elemento decisivo de todos estos métodos es la biodiversidad: la variedad y abundancia de seres no humanos que habitan el paisaje, desde bacterias a arbustos, desde aves a lobos. Un ecosistema sano es más resiliente frente a todos los retos que plantea el cambio climático, y estos ecosistemas suelen proporcionar cierto grado de resiliencia a las zonas agrícolas que los rodean, incluso si estas se cultivan de forma intensiva(Miles et al., 2021).
En este contexto, abordo la biodiversidad de manera por completo utilitaria, como si fuera un área improductiva necesaria que funciona como servicio de protección para mantener el paisaje útil y productivo. Por un lado, nunca se insistirá lo suficiente en la función de apoyo que cumplen unos ecosistemas sanos, y no es exagerado afirmar que, sin ecosistemas, los seres humanos no podríamos existir en una sociedad ni siquiera remotamente parecida a lo que valoramos en el mundo actual. Por otro lado, debemos ir más allá de esta comprensión. Hemos de percatarnos de que el término científico «biodiversidad» se refiere a una gran variedad de seres que viven, temen y sufren y que con frecuencia son asombrosamente inteligentes, muchas veces incluso capaces de comprender la destrucción que les causamos a ellos y sus hogares como si fueran meros objetos inanimados. En esta toma de conciencia, nuestro itinerario espiritual puede encontrarse con sorpresas al caer en la cuenta de las similitudes no solo de destino en un planeta que está siendo destruido, sino también en lo relativo a la existencia, pues la de esos otros seres tiene idénticas raíces y experiencias que la nuestra y despierta empatía en nosotros. No podemos ser plenamente humanos sin los seres no humanos(Naess, 1989, 1995).
Una política alimentaria ética con los pies en el suelo
Para frenar la pérdida de biodiversidad, es preciso salvar hábitats(BirdLife, 2020). Lo podemos hacer de dos maneras: devolviendo tierra a la naturaleza y usando la tierra de manera más propiciadora de la biodiversidad. Estos dos modelos se denominan, respectivamente, “ahorrar tierras” y “compartir tierras”(Loconto et al., 2020). “Ahorrar tierras” consiste en renunciar a las actividades económicas o mantenerlas en un nivel mínimo (como el turismo de bajo impacto). En este modelo, la gestión de la tierra se realiza esencialmente por fuerzas ecológicas y, dependiendo de factores externos, puede ser necesaria alguna actividad humana orientada a la conservación. En el “compartir tierras”, las zonas agrícolas se utilizan para producir alimentos. Aun así, la gestión del paisaje y la agrotecnología se diseñan de forma tal que ayuden a la biodiversidad a utilizar la tierra conjuntamente con la producción agrícola. Este modelo no funciona en todos los lugares ni con todas las especies, pero contribuye a ampliar el espacio disponible para la biodiversidad y a conectar hábitats. Es importante señalar que las políticas que protegen la biodiversidad mejoran asimismo el secuestro de carbono (almacenamiento de carbono en el suelo y en la biomasa), la retención de agua (esencial para la fertilidad del suelo) y muchos otros servicios ecosistémicos cruciales tanto para el bienestar humano como para las actividades económicas.
Tras todos estos argumentos, mi conclusión es que necesitamos desarrollar políticas alimentarias que amplíen la superficie disponible tanto para ahorrar como para compartir tierras. Al mismo tiempo, debemos tomarnos en serio la seguridad alimentaria y la asequibilidad, ya que no podemos proteger la biodiversidad en detrimento de la salud y el bienestar humanos.
En términos prácticos, esto significa que debemos producir alimentos en menos espacio y con una tecnología menos intensiva, pero produciendo al menos una cantidad similar por lo que respecta a calorías y ofrecer todo ello a precios razonables. Aunque el reto es intimidante, algunos factores muestran el camino a seguir en la práctica.
En primer lugar, quiero señalar que reducir los desperdicios alimentarios puede ayudar a mantener la seguridad alimentaria incluso si disminuyen los niveles de producción. En la Unión Europea (UE) se desperdicia alrededor del 20 % de los alimentos producidos, más que la cantidad total de alimentos importados(Vera et al., 2022). Además, la UE utiliza una superficie significativa de tierra para producir biocombustibles. Estos, sin embargo, no son eficaces para el suministro de energía y proporcionan menos combustible “neutro en carbono” que la capacidad de absorción de carbono que tendría la misma superficie de tierra devuelta a la naturaleza. Si renunciáramos a esta práctica, podría devolverse a la naturaleza otra superficie significativa(Fehrenbach et al., 2023). Estas dos decisiones no tendrían consecuencias ni efectos sustanciales en nuestro estilo actual de vida, mas brindarían oportunidades importantes para la restauración de hábitats.
Así y todo, nuestro principal interés radica en la agricultura para producción de alimentos y en cómo podríamos “ahorrar” más tierra para la naturaleza y “compartir” más tierra con ella. Un concepto clave a la hora de considerar esta cuestión es la eficiencia de los sistemas de producción. Eficiencia significa aquí cuántos recursos se necesitan para producir una unidad de alimento. Si queremos utilizar menos tierra y producir al menos la misma cantidad de alimentos (o más, si es preciso), tenemos que aumentar la eficiencia de la producción.
Probablemente, el enfoque más extendido para “compartir” tierras es la agricultura ecológica. El uso de muchos menos productos químicos posibilita que plantas y animales silvestres convivan con el cultivo productivo. Este sistema de producción tiene una serie de ventajas, pero en la mayoría de los casos produce menos (entre un 8 y un 25% de media) que el mismo tipo de cultivo en un sistema convencional(Reganold & Wachter, 2016; Tuomisto et al., 2012). Aumentar la complejidad de la cubierta vegetal (introduciendo más variedades de cultivos, dejando espacio para setos, árboles, pequeñas masas de agua, etc.) también suele reducir la productividad simplemente por el hecho de que disminuye la superficie neta dedicada a la actividad económica. Hasta cierto punto, disponer de mejores tecnologías ecológicas puede reducir la diferencia de rendimiento. Aun así, el reto nunca se resolverá del todo, puesto que el objetivo es renunciar a una parte de la producción primaria en aras de la biodiversidad.
El punto de intervención más importante y decisivo para incrementar la eficacia de los sistemas alimentarios tiene que ver con qué producimos y para qué lo producimos. Plantas diferentes poseen diferentes tasas de eficiencia en sus rendimientos y, lo que es aún más importante, diferentes tipos de alimentos manifiestan diferencias asombrosas en su impacto medioambiental si consideramos todo el ciclo vital del producto. Las proteínas de origen animal son “cultivadas” por cuerpos animales alimentados con productos vegetales durante toda su vida hasta que alcanzan el momento en que son sacrificados y procesados. Estos animales son alimentados la mayoría de las veces con plantas aptas para el consumo humano; y en caso de que no lo sean, la producción de piensos ocupa espacio que podría dedicarse a la producción de alimentos para el hombre. Nunca consumimos el animal entero, y no todo lo que el animal come se convierte en carne. Por consiguiente, este “sistema de producción de proteínas” es ineficiente. Mil kilocalorías de ternera requieren alrededor de 119,5 m2 de tierra de labor, mientras que mil kilocalorías de trigo requieren solo 1,44 m2(Halpern et al., 2022; Poore & Nemecek, 2018; Ritchie et al., 2022; véase también: Figura 3). Por esta razón, la mayor parte de la tierra de cultivo produce en la actualidad forraje para animales… con objeto de proporcionar carne a los seres humanos.
Figura 3: Superficie de tierra (m2) dedicada al cultivo de alimentos por 1000 kilocalorías (Fuente: Our World in Data)
Los dos órdenes de magnitud de diferencia entre estos extremos demuestran cuán ineficiente es el consumo de proteínas de origen animal. Además, los rumiantes (sobre todo, terneras y corderos) producen metano, un potente gas de efecto invernadero, en sus intestinos. Si produjéramos menos proteínas de origen animal y las sustituyéramos por fuentes de proteínas de origen vegetal (probablemente el candidato más idóneo para ello serían las legumbres), necesitaríamos mucha menos tierra para producir la misma cantidad de calorías, produciríamos muchos menos gases de efecto invernadero y liberaríamos muchas menos sustancias químicas al medio ambiente
Así como necesitamos ajustar nuestros sistemas de producción para reducir significativamente la cría de animales, así también necesitamos ajustar nuestros patrones de consumo –dietas– para posibilitar el cambio en la producción. Cabría argumentar que cambiar la dieta es el primer paso para cambiar el sistema productivo.
En un sistema de producción alimentaria sostenible y mundialmente optimizado, no necesariamente han de eliminarse las proteínas animales, habida cuenta de que algunas condiciones ecológicas no son adecuadas para la producción del alimentos para consumo humano, pero sí permiten la de alimentos para animales, tales como hierba, y de que algunos de los subproductos de la producción de alimentos para consumo humano (paja) pueden utilizarse con fines similares(Van Zanten et al., 2018). El pastoreo de baja intensidad es la mejor forma de conservar los pastizales naturales en la mayoría de los casos. Los grandes herbívoros se extinguen en la mayor parte del mundo, por lo que las reses son los mejores candidatos para el mantenimiento de los pastizales. Esta intensidad y el volumen de producción de carne resultante son, sin embargo, insignificantes en comparación con la industria cárnica actualmente en funcionamiento(Tälle et al., 2016).
Como hemos visto, los recursos que requieren las plantas representan alrededor de la centésima parte de los que necesitan terneras y corderos y alrededor de la décima parte de los que consumen cerdos y pollos. Esto implica asimismo que modificar nuestra cartera de producción nos permitiría renunciar a parte de los incrementos de eficiencia logrados en el último siglo y podría transformar el sistema de producción de alimentos en una agricultura plenamente ecológica (que, recordemos, solo es entre 8 y 25 % menos eficiente que la convencional) y, no obstante, utilizar menos tierra que en la actualidad.
Una dieta saludable y sostenible
Elaborar una dieta perfectamente sostenible es una tarea compleja que tal vez ni siquiera sea necesaria. Los costes de producción de alimentos de origen vegetal son menores, incluso si se utiliza un sistema de producción ecológico. El cambio de dieta requiere un cambio cultural, y tal cambio cultural traería consigo también alimentos más asequibles (Figura 4). Aunque no se eliminen de la dieta por completo las proteínas de origen animal, comer menos carne tiene importantes beneficios para la salud(Pushkarev, 2021).
Figura 4: ¿En qué relación se halla el coste de una dieta saludable con los ingresos diarios medios? (Fuente: Our World in Data)
No existe ninguna dieta que sea verdaderamente sostenible o saludable. Las dietas sostenibles son fundamentalmente vegetarianas, y las plantas que se utilicen deben reflejar la estacionalidad de la producción y la geografía tanto del productor como del consumidor. También los factores culturales, incluidos los métodos culinarios tradicionales, la religión y los gustos personales, condicionan una buena dieta.
En este artículo no he hablado del consumo de pescado y marisco (de piscifactoría o salvaje). Sobre esos sistemas puede hacerse consideraciones similares, y la sobrepesca es un reto en la mayoría de las pesquerías del mundo. Con todo, el pescado se considera una fuente de proteínas más sostenible que los animales de granja, y la producción de pecado es, en general, una operación más respetuosa con el medio ambiente(Ritchie & Roser, 2021). El consumo de pescado puede ser parte de una dieta sostenible.
La transición hacia una economía y un sistema alimentario sostenibles es, para nuestras sociedades, un gran reto que debe acometerse principalmente mediante políticas. Hay demasiados elementos estructurales que no pueden abordarse en el plano individual. La acción más eficaz que podemos emprender para facilitar la transición ecológica es abogar por políticas mejores. Al mismo tiempo, leyendo la prensa, constatamos una importante resistencia a tales políticas, aun cuando el origen de los desacuerdos no siempre sea visible. El cambio cultural es, por consiguiente, crucial, toda vez que la cultura en torno a los alimentos determina qué políticas son aceptables en la sociedad. Así pues, nuestras opciones dietéticas personales repercuten no solo a través de nuestra huella ecológica, sino también a través del impacto cultural que tenemos en otros cuando mostramos que una dieta sana y sostenible también puede resultar deliciosa.
Referencias bibliográficas
BirdLife. (2020). Reform the CAP: 3 solutions to beat the biodiversity and climate crisis. Birdlife Europe and Central Asia.
Fehrenbach, H., Bürck, S., & Wehrle, A. (2023). The Carbon and Food Opportunity Costs of Biofuels in the EU27 plus the UK. ifeu.
Halpern, B. S., Frazier, M., Verstaen, J., Rayner, P.-E., Clawson, G., Blanchard, J. L., Cottrell, R. S., Froehlich, H. E., Gephart, J. A., Jacobsen, N. S., Kuempel, C. D., McIntyre, P. B., Metian, M., Moran, D., Nash, K. L., Többen, J., & Williams, D. R. (2022). The environmental footprint of global food production. Nature Sustainability, 5(12), 1027–1039. https://doi.org/10.1038/s41893-022-00965-x
Hefele, P. (2023, June 22). Food security: An underestimated critical infrastructure in Europe. Wilfried Martens Centre for European Studies. https://www.martenscentre.eu/blog/food-security-an-underestimated-critical-infrastructure-in-europe/
IPCC. (2021). Summary for Policymakers. In Climate Change 2021: The Physical Science Basis. Contribution of Working Group I to the Sixth Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change. Cambridge University Press.
Loconto, A., Desquilbet, M., Moreau, T., Couvet, D., & Dorin, B. (2020). The land sparing– land sharing controversy: Tracing the politics of knowledge. Land Use Policy, 96, 103610. https://doi.org/10.1016/j.landusepol.2018.09.014
Miles, L., Agra, R., Sengupta, S., Vidal, A., & Dickson, B. (2021). Nature-based solutions for climate change mitigation. IUCN.
Naess, A. (1989). Ecosophy T: unity and diversity of life. In Ecology, community and lifestyle (pp. 163–212). Cambridge University Press.
Naess, A. (1995). The Shallow and the Deep, Long-Range Ecology Movement: A Summary. In The Deep Ecology Movement (pp. 3–9). North Atlantic Books.
Neumeister, L. (2022). Locked-in Pesticides—The European Union’s dependency on harmful pesticides and how to overcome it. foodwatch. https://www.foodwatch.org/en/locked-in-pesticides-europes-dependency-on-harmful-pesticides-and-how-to-overcome-it
Poore, J., & Nemecek, T. (2018). Reducing food’s environmental impacts through producers and consumers. Science, 360(6392), 987–992. https://doi.org/10.1126/science.aaq0216
Pushkarev, N. (2021). Meat Production & Consumption (in Europe) and Public Health (Healthy Food Healthy Planet). European Public Health Alliance.
Reganold, J. P., & Wachter, J. M. (2016). Organic agriculture in the twenty-first century. Nature Plants, 2(2), 15221. https://doi.org/10.1038/nplants.2015.221
Richardson, K., Steffen, W., Lucht, W., Bendtsen, J., Cornell, S. E., Donges, J. F., Drüke, M., Fetzer, I., Bala, G., Von Bloh, W., Feulner, G., Fiedler, S., Gerten, D., Gleeson, T., Hofmann, M., Huiskamp, W., Kummu, M., Mohan, C., Nogués-Bravo, D.,… Rockström, J. (2023). Earth beyond six of nine planetary boundaries. Science Advances, 9(37), eadh2458. https://doi.org/10.1126/sciadv.adh2458
Ritchie, H. (2019). Food production is responsible for one-quarter of the world’s greenhouse gas emissions. Our World in Data.
Ritchie, H., Rosado, P., & Roser, M. (2022). Environmental Impacts of Food Production. Our World in Data.
Ritchie, H., & Roser, M. (2021). Fish and Overfishing. Our World in Data.
Tälle, M., Deák, B., Poschlod, P., Valkó, O., Westerberg, L., & Milberg, P. (2016). Grazing vs. mowing: A meta-analysis of biodiversity benefits for grassland management. Agriculture, Ecosystems & Environment, 222, 200–212. https://doi.org/10.1016/j.agee.2016.02.008
Tuomisto, H. L., Hodge, I. D., Riordan, P., & Macdonald, D. W. (2012). Does organic farming reduce environmental impacts?– A meta-analysis of European research. Journal of Environmental Management, 112, 309–320. https://doi.org/10.1016/j.jenvman.2012.08.018
Van Zanten, H. H. E., Herrero, M., Van Hal, O., Röös, E., Muller, A., Garnett, T., Gerber, P. J., Schader, C., & De Boer, I. J. M. (2018). Defining a land boundary for sustainable livestock consumption. Global Change Biology, 24(9), 4185–4194. https://doi.org/10.1111/gcb.14321
Vera, I., Bowman, M., & Mechielsen, F. (2022).No Time To Waste—Why the EU needs to adopt ambitious legally binding food waste reduction targets. Feedback EU.
Béla Kuslits trabaja como oficial superior en el equipo de Ecología del JESC, centrándose en la política medioambiental y en la transición ecológica de la red más amplia de jesuitas europeos. Béla se licenció en medicina, sociología y antropología en la CEU y tiene un doctorado en gestión medioambiental. Antes de incorporarse al JESC, entre otros proyectos, trabajó para el Defensor del Pueblo para las Generaciones Futuras en Hungría, para Birdlife Hungría y el Centro de Investigación Ecológica de la Academia Húngara de Ciencias.
Dietas sostenibles y prácticas agrícolas
691,77 KB