Reflection

Cultura consumista y necesidad de voluntad socio-personal y político-económica

Abstract

WK Pradeep SJ analiza la crisis socioecológica provocada por el consumismo, la interferencia humana y las visiones equivocadas del mundo. Aboga por una perspectiva ecocéntrica equilibrada y reclama cambios políticos, económicos y sociales estructurales para abordar los problemas medioambientales y garantizar la solidaridad mundial.

La edad de la Tierra se estima en unos 4543 millones de años, y los seres humanos comenzamos a existir hace unos 200 000 años. A lo largo de la historia, los hombres, como todos los demás seres vivos, hemos estado sujetos a los cambios físicos y biológicos de la Tierra y hemos evolucionado armoniosamente adaptándonos a ellos. Pero en los últimos siglos la Tierra se ha visto amenazada y ha experimentado cambios rápidos y funestos. No es sorprendente que las víctimas de la crisis ecológica sean con frecuencia los pobres y los que menos contribuyen a esta situación. El ser humano ha cobrado conciencia de que esta crisis, como señaló el papa Pablo VI en su carta apostólica Octogesima adveniens en 1971, es “consecuencia dramática e inesperada de la actividad humana”, por lo que se halla ahora en búsqueda de remedios a ella. En el presente artículo examinamos algunos de los principales motivos de preocupación, así como posibles soluciones para corregirlos.

A. Motivos de preocupación

No basta con encontrar remedios para los síntomas de la crisis socioecológica. Es necesario indagar en las raíces de esta crisis, ya que solo en ese caso serán las soluciones adecuadas y efectivas.

1. Magnitud de los cambios: el cambio es parte integral de los procesos de la Tierra, pero la diferencia en la actualidad radica en que el cambio es tal que las condiciones terrestres son perturbadas más allá de su capacidad de autorregulación, llamada técnicamente homeostasis. Por ejemplo, el planeta Tierra ha pasado por varios periodos de intenso frío e intenso calor, pero nunca con tanta rapidez.

2. Magnitud de la interferencia humana: la actividad humana, como la de cualquier otro ser vivo, siempre tiene efectos en el entorno; pero hoy su escala es desproporcionadamente grande. El resultado salta a la vista: contaminación ambiental, deforestación, desequilibrio climático, destrucción de ecosistemas y hábitats, extinciones biológicas masivas, escasez y distribución desigual de recursos. Las extinciones biológicas, por ejemplo, son un fenómeno natural. Pero nunca en la historia se habían producido con tanta rapidez, y nunca a causa en tan gran medida de otro agente biológico. Además, la especiación es, en general, mucho más rápida y robusta que la extinción; de ahí que la biodiversidad haya aumentado con el tiempo. Sin embargo, la relación entre estos dos fenómenos se ha invertido en nuestros días porque la extinción ya no es solo natural, sino que ha devenido antropogénica.

3. Universalidad de los efectos:todos los habitantes del planeta experimentamos la virulencia de la crisis; la pandemia de covid-19 no hizo sino confirmar cuán universalmente interconectados estamos en la actualidad. Tanto los responsables de los cambios como quienes no lo son se ven directa o indirectamente afectados. Ya se trate del agotamiento de recursos o de la diseminación de los productos químicos tóxicos presentes en el aire, el agua y el suelo, todos los hombres y toda la naturaleza nos vemos severamente afectados.

4. Impacto diferenciado de estos efectos: aunque a todos nos afectan estos fenómenos, los pobres y los seres no humanos son más vulnerables. Esa es la razón por la que el papa Francisco afirma “un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres” (LS §49).

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B. Raíces de la actitud amenazadora

Esta crisis no es solo un fenómeno fisiobiológico, sino también, más profundamente, una cuestión de actitud y de visión del mundo. La crisis ecológica tiene sus raíces en la actitud de los seres humanos hacia ellos mismos, hacia Dios, hacia otros seres humanos y hacia otras criaturas.

1. Raíces en la visión moderna del mundo

En el siglo XVII, con la aurora de la modernidad, la filosofía comenzó a dividir el mundo en dos categorías distintas: res cogitans (la mente y la conciencia) y res extensa (el mundo físico). Aunque ya antes existía una concepción dualista del mundo, la filosofía moderna introdujo un cambio en virtud del cual el universo pasó a ser considerado una máquina enorme y dejó de verse como un sistema complejo formado por seres animados e inanimados. Luego, la filosofía, tratando de liberarse de la influencia de la teología y la religión de la época, empezó a ponerse al servicio de la ciencia y la tecnología. Por una parte, la filosofía se adaptó al progreso científico; por otra, la ciencia física se sintió respaldada por la filosofía. El resultado fue un fuerte dualismo que alimentó la idea de la dominación de la res extensa por la res cogitans. Ser el centro del universo ha constituido siempre una gran tentación para la humanidad (Gn 8). René Descartes (2006: 51) proclamó que el objetivo de las ciencias naturales era ayudar al hombre a ser “dueño y señor de la naturaleza”. Pero ¿cómo hacerlo? Esta nueva perspectiva dualista se realizaría a través de la ciencia y la tecnología; pues, como afirmó Francis Bacon (1884: 71), “el conocimiento es poder”.

Este abismo fue ensanchado con la ética por Immanuel Kant. De hecho, Kant valoró positivamente a la persona humana considerando a cada persona un fin en sí, nunca un medio para un fin distinto. Pero su énfasis excesivo en la superioridad de la racionalidad engendró tres escollos. En primer lugar, como en tono caricaturesco apunta J. Baird Callicott (1999: 252), “la ética de Kant parecería, tolerar, por lo tanto, la realización de dolorosos experimentos médicos con niños prerracionales, cazar a modo de deporte a los imbéciles irracionales y convertir en alimento para los perros a los ancianos posracionales”. En segundo lugar, dado que únicamente los hombres racionales son capaces de autoevaluación, los demás seres –animados e inanimados– poseen solo valor instrumental, no valor intrínseco. En tercer lugar, conforme al criterio de reciprocidad, solamente los agentes morales son tenidos por pacientes morales. En consecuencia, las consideraciones morales tienen en cuenta nada más que a los seres humanos, y cualquier interferencia en el mundo no humano es aceptable siempre que favorezca los intereses humanos.

2. El relativismo pragmático posmoderno

Con la muerte de la modernidad, entramos en otra compleja era denominada “posmodernidad”. Con la deconstrucción posmoderna, que se resiste a todos los grandes relatos, nació el relativismo. El resultado no fue ya el relativismo doctrinal, sino el relativismo pragmático. El papa Francisco señala que en el relativismo pragmático no existen ya “verdades objetivas ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de los propios proyectos y de las necesidades inmediatas”; análogamente, “cuando es la cultura la que se corrompe y ya no se reconoce alguna verdad objetiva o unos principios universalmente válidos, las leyes sólo se entenderán como imposiciones arbitrarias y como obstáculos a evitar” (LS §123).

Un ser humano se pone a sí mismo en el centro del universo concediendo prioridad absoluta a sus intereses, de suerte que todo lo demás deviene relativo. Este relativismo pragmático es más peligroso incluso que el relativismo doctrinal. Afirmando así ser señor del universo, a quien nada importa lo que no le afecta, el hombre se coloca a sí mismo en la cima de la creación y la evolución. El resultado es un antropocentrismo “distorsionado”, “desmesurado” y “desviado” que origina la dominación humana sobre todos los seres no humanos –y con frecuencia incluso sobre seres humanos indefensos– considerándolos solo en su valor instrumental (LS §§69 y115-122).

3. Raíces socioculturales

La observación cuidadosa revela que la crisis ecológica resulta de la cultura consumista, con frecuencia en las áreas urbanas, y de los cambios que introduce en las estructuras de los estilos de vida. En palabras del papa Pablo VI, se trata de una cultura nacida de “los progresos científicos más extraordinarios, las proezas técnicas más sorprendentes, el crecimiento económico más prodigioso”, no acompañados, sin embargo, de “un auténtico progreso social y moral” (cit. en LS 4). Ciertamente, la crisis ecológica es amplificada o ralentizada por las opciones individuales; pero se debe en mucha mayor medida a las estructuras o sociedades en las que vivimos. Por una parte, los habitantes de las áreas urbanas se sienten, en cierto sentido, beneficiarios de esta cultura urbana; pero, irónicamente, su libertad de elección es limitada. Viven en un escenario en el que las condiciones de elección están predeterminadas por las estructuras políticas, económicas y de mercado.

Por otra parte, las personas en las áreas rurales y medioambientalmente precarias, aunque no viven la vida urbana ni disfrutan de sus beneficios, deben trabajar por la persistencia de esta cultura consumista. Sus efectos adversos se dejan sentir en su área rural o precaria: un proceso que se denomina “teleacoplamiento” (telecoupling) y que se refiere a las interacciones a distancia entre sistemas sociales, económicos y ecológicos. Quienes sufren los efectos de un determinado fenómeno no son necesariamente los responsables de él; es más, estos a menudo no se ven afectados directamente. A resultas de ello, ya en el nivel personal, ya en el económico y político, los responsables ignoran las consecuencias de sus acciones y no ven razón alguna para cambiar sus políticas o estilos de vida. Por consiguiente, aun siendo conscientes de la crisis en la que vivimos, permanecemos indiferentes a los llamamientos a la conversión ecológica.

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C. En busca de soluciones

Como postula Adolphe Gesché (1994: 85), para que un proyecto humano –en nuestro caso, la salvaguardia y la integridad de la creación– tenga posibilidades de éxito, no basta con que sea impulsado por una voluntad política, ecológica o económica, ni siquiera por una voluntad moral. Debe estar fundado, por decirlo así, río arriba, en un nivel filosófico o metafísico y, para los creyentes, también en el nivel teológico. Así, las soluciones que buscamos para el presente deben comportar revoluciones tanto actitudinales como estructurales, pues el estilo de vida y todas las empresas científicas están gobernadas por estos dos elementos: las actitudes y las estructuras.

1. Cambio en la visión del mundo y en las actitudes

Ocupémonos, en primer lugar, de la revolución actitudinal que necesitamos en la actualidad.

a. Del antropocentrismo desviado al ecocentrismo equilibrado:

La conducta humana, como apunta Callicott (1999: 89), está influida siempre por creencias sobre cuáles son los hechos. De este modo, una rectificación en nuestros juicios sobre los hechos puede traducirse en una rectificación de nuestra conducta. En el presente contexto, una visión del mundo equilibradamente ecocéntrica representa una solución crucial. La tesis del ecocentrismo es que todos los seres tienen valor intrínseco. La idea moderna del ser humano como pináculo de la creación o evolución le llevó a pensar que ocupaba un lugar especial en el cosmos y tenía derecho a explotar a todos los demás seres sin concederles el lugar que merecían. Pero hay que darse cuenta de que el cosmos existía antes de la aparición del ser humano, que no es más que una especie entre miles de millones y, por consiguiente, un miembro más de la comunidad biótica o, en una perspectiva más amplia, de la comunidad ecológica. Así, todo ser –hombres, animales, plantas y cosas inanimadas– posee valor intrínseco, y el ser humano y la naturaleza forman una unidad y totalidad.

b. La comunidad ecológica: naturalización de los seres humanos

En el siglo XIX, Darwin hizo descubrimientos relativos a la evolución que destronaron al ser humano de su papel de “señor del mundo”, una idea que se había desarrollado a partir de la interpretación antropocéntrica de la dicotomía sujeto-objeto. En los términos de Aldo Leopold, los seres humanos nos estamos percatando de que somos “solo compañeros de viaje de otras criaturas en la odisea de la evolución. Este nuevo conocimiento ya debería haber suscitado en nosotros la conciencia de parentesco con las demás criaturas” (1968: 105). Son este conocimiento y este sentimiento los que san Buenaventura percibe en san Francisco de Asís: “Lleno de la mayor ternura al considerar el origen común de todas las cosas, daba a todas las criaturas, por más despreciables que parecieran, el dulce nombre de hermanas” (cit. en LS §11).

Jürgen Moltmann, utilizando una expresión de Günter Altner, llama a esto la “naturalización del ser humano” (1988: 73). Moltmann explica que el hombre no es lo opuesto a la naturaleza, sino más bien un producto de esta. La naturaleza es un gran sujeto que produce nuevas formas y estructuras de vida y, en último término, al ser humano. Este es, por consiguiente, el objeto; a saber, un producto de la naturaleza productiva. En el modelo moderno, el ser humano “tiene” naturaleza; en este modelo ecocéntrico, el ser humano “es” naturaleza, y el cuerpo que ha objetivado como propiedad es él mismo en su existencia corpórea.

2. La transformación de las estructuras sociales

Los sistemas políticos y económicos forman estructuras sociales. En consecuencia, para que pueda haber efectivamente una conversión ecológica, los sistemas político y económico deben ser transformados por la visión del mundo o, como ya se ha mencionado, por la actitud, tanto en el plano local como en el mundial.

a. Ética holística y compromiso económico-político

En primer lugar, como ya hemos visto anteriormente, la crisis actual es resultado de la excesiva interferencia humana en la naturaleza. Así, la ética ecológica debe aplicarse no solo en el plano personal, sino también en los planos social y mundial, puesto que se trata de una ética holística. En segundo lugar, la actual crisis ecológica es resultado asimismo de la cultura consumista creada por los sistemas político y económico. Por eso, como afirma Callicott (1999: 285), cobrar conciencia de la dimensión medioambiental del bienestar exigirá esfuerzo colectivo y voluntad política. Debemos reclamar que nuestros gobiernos locales, regionales y federales pongan los asuntos ecológicos en lo más alto de su agenda política. Los gobiernos deben percatarse de que el bien común es su razón de ser y deben esforzarse por avanzar hacia él con genuina urgencia mundial.

b. Sistema político-económico informado

La economía mundial y las actividades productivas y comerciales se basan cada vez más en la inmediatez. Ello favorece una suerte de avance tecnológico hacia el automatismo, tratando de simplificar procedimientos y reducir costes con menos trabajadores, sustituidos por máquinas. Sin embargo, “el costo de los daños que se ocasionan por el descuido egoísta es muchísimo más alto que el beneficio económico que se pueda obtener” (LS 36). Por consiguiente, es necesario que todos nos concienciemos, en especial los actores políticos y económicos; a veces también puede ser preciso algo de coerción política, de suerte que los políticos puedan implementar sanos cambios estructurales en los planos político y económico.

c. Solidaridad universal, liderazgo y gobernanza participativa

Las leyes y políticas puestas en práctica deben considerar las necesidades de los seres humanos, pero también las de la Tierra. De ahí que los debates políticos y económicos, tanto internacionales como locales, deban tener en cuenta, por una parte, el bien común de todos los seres humanos, especialmente los pobres y los vulnerables, que a menudo se consideran mero daño colateral; y por otra, una evaluación del impacto medioambiental, realizada de manera interdisciplinar y transparente, independientemente de toda presión económica o política. Pare esto, es precisa una solidaridad universal, sobre todo entre comunidades político-económicas, así como un liderazgo fuerte que tenga una comprensión profunda de las cuestiones sociales y ecológicas. Esto líderes deben fomentar la consideración de todos los aspectos éticos implicados creando espacios para el debate y el diálogo científico y social “donde todos aquellos que de algún modo se pudieran ver directa o indirectamente afectados (agricultores, consumidores, autoridades, científicos, semilleras, poblaciones vecinas a los campos fumigados y otros) puedan exponer sus problemáticas o acceder a información amplia y fidedigna para tomar decisiones tendientes al bien común presente y futuro” (LS §135).

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Conclusión

El desarrollo cultural, científico y económico es parte del proceso de evolución de la sociedad humana. Sin embargo, debemos recordar que “un desarrollo tecnológico y económico que no deja un mundo mejor y una calidad de vida integralmente superior no puede considerarse progreso” (LS §194). Como señala Lynn White (1967:1203-1207), lo que las personas hacen en el terreno de la ecología depende de cómo se sienten sobre sí mismos en relación con las cosas que los rodean; en una palabra, es una actitud. Así, con una actitud ecocéntrica equilibrada, aceptando que todas las criaturas tienen valor y que los seres humanos formamos parte de la naturaleza y combinando esta visión con una proactiva voluntad socio-personal y político-económica de resolver la crisis, el hombre podrá no solo superar la actual crisis ecológica, sino también entablar respetuosas “relaciones…, saliendo de sí mismo para vivir en comunión con Dios, con los demás y con todas las criaturas” (LS §240).


Referencias:

Bacon, Francis. (1884).The Works of Francis Bacon, Lord Chancellor of England, Basil Montagu. New York: R Worthington [la frase citada pertenece a las Meditaciones sacrae (1597), de la que no hay trad. esp.]

Callicott, Baird. (1999). Beyond the Land Ethic. New York: State University of New York

Descartes, Réné. (2006). A Discourse on the Method.Ed. by I. Maclean. London: Oxford University Press [trad. esp. (2006): Discurso del método. Madrid: Tecnos]

Gesché, Adolphe. (1994). Dieu pour penser.T. 4. Le Cosmos. Paris: Cerf [trad. esp. (2010): Dios para pensar.T. 4. El cosmos. Salamanca: Sígueme]

Leopold, Aldo and Charles Walsh Schwartz. (1969). A Sand County Almanac and Sketches Here and There. New York: Oxford University Press [trad. esp. (2019): Un año en Sand County.Madrid: Errata Naturae]

Moltmann, Jürgen. (1988). Dieu dans la création. Traité écologique de la création, trad.M. Kleiber, Paris : Cerf, p.73 [trad. esp. del orig. alemán (1987): Dios en la creación. Salamanca. Sígueme]

Papa Francisco. (2015). Carta encíclica Laudato si’ (LS), Ciudad del Vaticano

White, Lynn. (1967).The Historical Roots of Our Ecological Crisis”in Science 155 [una trad. esp. puede consultarse enhttps://bit.ly/3Wuc1z6]

Originalinglés

Traducción José Lozano Gotor

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Publicado por SJES ROME - Coordinador de Comunicaciones in SJES-ROME
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