Comunidad y dispersión: una tensión creativa
Abstract
Francisco José Ruiz Pérez, SJ, reflexiona sobre cómo la communitas ad dispersionem ha moldeado la vida jesuita desde su ingreso en la Compañía en 1981 hasta la actualidad. Traza la evolución desde un énfasis inicial en la dispersión y la misión —a menudo a costa de la comunidad— hasta un equilibrio renovado que integra identidad, comunidad y misión. Destaca cómo la amistad en el Señor, la distinción entre misión y tareas y, especialmente, el crecimiento del discernimiento comunitario han remodelado la vida comunitaria jesuita. Hoy en día, considera que la Compañía está llamada a vivir una communitas ad dispersionem más profunda e interconectada dentro de un cuerpo apostólico global y colaborativo.
Introducción
Desde que entré en el noviciado en España en 1981, he visto materializarse lo comunitario entre los jesuitas de varios modos. Me he socializado en la Compañía de Jesús adentrándome en todos ellos mientras se iban implantando. Mi sensación fue y es que ese proceso continúa. Practicar comunidad en nuestro universo jesuítico depende de factores tanto internos como externos a la Compañía muy cambiantes: nuevos contextos eclesiales y seculares, acentos teológicos y eclesiológicos inéditos, aportes de congregaciones generales (CCGG), influencias de otras espiritualidades, etc. La vida comunitaria y su expresión concreta siempre han nadado en esa corriente, y aún lo siguen haciendo.
Communitas ad dispersionemfue el santo y seña que proporcionó la CG 32 y con el que recuerdo que, desde mi formación inicial, despachábamos la peculiaridad de nuestra vida en común. En la perspectiva que da el tiempo, reconozco que el ad dispersionem no lo interpretamos siempre de manera coherente y que tampoco estuvimos del todo atentos a los equilibrios implícitos que exigía. Por expresarlo brevemente, en la asimilación de aquel lema diría que se sucedieron al principio dos procesos:
· Por un lado, durante muchos años dimos prioridadal ad dispersionemsobre la communitas,justificados por un sentido muy fuerte de la urgencia apostólica. La consecuencia fue que la vida comunitaria perdió peso en medio de nuestro indudable activismo.
· Por otro lado, a partir de la primera década de este siglo, se hizo sentir una valorización de la dimensión comunitaria en sí misma. Sin duda, adquirió más peso carismático.
Ahora estamos en un momento posterior a esos procesos. Fue la CG 36, en particular, la que introdujo una nueva síntesis entre la comunidad y la dispersión. Después de ella, el discernimiento y la sinodalidad fueron y continúan siendo los canales hacia una forma realmente desafiante de comprender mejor que seamos communitas ad dispersionem. Discerniendo en común desde nuestra apostólica dispersionem, podemos llegar a ser más communitas. Creciendo en pertenencia a un cuerpo apostólico glocal y en red, podemos llegar a abrazar mejor nuestra misión ad dispersionem.
Me detengo en cada una de esas tres etapas.
1. Ad dispersionem, lo primero
Conocemos la historia: inmediatamente después del Concilio Vaticano II, la vida comunitaria en la Compañía de Jesús emprendió un itinerario difícil en pos de una configuración distinta. El hecho fue muy evidente en la formación, desde el noviciado hasta la tercera probación. En España hubo que redimensionar drásticamente las grandes comunidades formativas existentes o recién creadas. Se abandonaron edificios inmensos, diseñados para numerosas promociones de estudiantes. A muchos se les reubicó en enclaves urbanos. De casas enormes y aisladas, se pasó a vivir en apartamentos en bloques de viviendas. La vida comunitaria se adaptó a los condicionantes que imponía el ritmo de la ciudad. La consigna era favorecer al máximo la inculturación en una secularidad creciente.
Entré en la Compañía cuando ese modelo tenía más de una década de ensayo. Sus ventajas fueron evidentes. La vida comunitaria, aunque se hizo menos formal, ganó en intensidad. El tamaño menor de las comunidades permitía una mayor interacción entre los miembros. Se pudo personalizar aún más el proceso de incorporación a la Compañía, a pesar de la avalancha de salidas que se registraba a finales de los 60 e inicios de los 70. Las etapas formativas se adaptaron a las necesidades reales de los jesuitas y a su vocación apostólica más específica. Se potenció la actividad pastoral como medio de fortalecer la superficie de contacto entre quienes estaban en formación y la realidad apostólica de las Provincias.
En ese modelo, la dispersión comunitaria por razones de misión se admitía sin excesivas estridencias. Si se explicaba suficientemente, estaba permitido prescindir parcial o totalmente de eventos comunitarios en favor de lo apostólico. Con ello se significaba la preeminencia de la vida apostólica, impidiendo que la comunidad se viviera de manera autorreferencial. Era la misión, con su componente dispersivo, la que articulaba la vida religiosa apostólica. Nuestra formación, de ese modo, nos confirmó que, esencialmente, éramos apóstoles y, sólo circunstancialmente, miembros de esta o aquella comunidad.
Pero este proceso también tropezó con dificultades. Los avances que aportó en la vida comunitaria —individuación, fortalecimiento de la vivencia interna comunitaria, mayor inculturación en el entorno— no acabaron de neutralizar la infravaloración soterrada que padecía lo comunitario. La formación inicial tan prolongada de la Compañía, con una media de entre 10 y 15 años, centra demasiado la atención del jesuita en su propio itinerario personal y religioso. Pero, en mi opinión, después de la formación persistían síntomas que indicaban una deuda pendiente con la comunidad. Las agendas personales se comprometían con facilidad con ministerios no del todo discernidos. Las reuniones comunitarias no se quitaban de encima un punto de formalidad impuesta, que les restaba espontaneidad y profundidad. Como si fuera poco, la vida comunitaria se confundió con lo estrictamente convivencial y su calidad se midió por la atmósfera afectiva que se lograba generar en las comunidades. La comunidad se asimilaba más a un espacio de descanso psicológico, que a un marco de creatividad apostólica.
En medio de ello, la pertenencia comunitaria local desempeñaba un papel muy discreto. Nuestra generación no logró romper con una inercia inveterada en la Compañía: que el jesuita siempre fuera más conocido por su misión y su obra apostólica que por su presencia en una comunidad o en un equipo. De los éxitos apostólicos colgaban nombres singulares, no colectivos. En síntesis: nuestro ad dispersionemcruzó exitosamente este periodo, pero quién sabe si con el resultado no deseado de una cierta depreciación de la communitas.
2. Cambio de perspectiva: balance entre identidad, comunidad y misión
Ahora es cuando soy consciente del valor que tuvo, en 2005-2006, para nosotros el modo de celebrar el quinto centenario del nacimiento de san Ignacio, san Francisco Javier y el aún beato Pedro Fabro. Se planteó la efeméride no como un recuerdo de cada uno de ellos por separado, sino como un recuerdo de los tres a la vez. No importó tanto recuperar, uno por uno, la memoria de la valía de los fundadores. Lo que se deseaba destacar era su conexión entre sí. Aquel trío vivió lo que expresaba tan bien Dom Hélder Câmara: “Cuando sueñas solo, es sólo un sueño. Cuando sueñas con otros, es el comienzo de algo real”. San Ignacio, san Francisco Javier y san Pedro Fabro soñaron que podían juntos aportar al mundo algo que lo ayudara a recibir lo que Dios pretendía profundamente de él. Su sueño compartido fue la fundación de la Compañía para el servicio a la Iglesia.
Para entonces, el eslogan communitas ad dispersionemcedía protagonismo al tríptico identidad-comunidad-misión. Lo utilizó especialmente la CG 35, haciendo justicia a los aportes del P. Kolvenbach sobre la vida comunitaria tras la CG 34. La intuición era sencilla.La misión no puede secuestrar ni la vida en el Espíritu ni la comunidad; la comunidad no debe debilitar el celo apostólico y mermar la personalización necesaria en la asunción del carisma; finalmente, la vida interior no puede recluirse en un hacia dentro el dinamismo apostólico y comunitario.
Mi experiencia fue que aquel tríptico logró delatar los ángulos muertos que generaba el excesivo acento de la dispersión en nuestra comprensión de lo comunitario. Se aceptó más pacíficamente que el jesuita era su misión, pero también algo más que ella. Vida interior y vida comunitaria estaban en la base de la vida apostólica, no en sus márgenes. Si no la respaldaban, quedaba seriamente en menoscabo. Incluso comenzamos a avisarnos de que la vida comunitaria era igualmente unamisión. El foco sobre nuestra identidad no estaba puesto exclusivamente en la misión, sino en su complementariedad con la vida interior y la comunidad.
Sobre la base de esta mayor conciencia del equilibrio entre vida personal, comunidad y acción apostólica, se consiguió incorporar dos aportes muy significativos en relación con el valor de lo comunitario:
a) El primero ayudó a empastar mejor comunidad y dispersión. Nació en los años 70, aunque sus efectos perduran todavía. Fue la recuperación de la expresión “amistad en el Señor”: el modo en que el mismo San Ignacio usó para describir su relación fraterna con los primeros compañeros. Tuve la suerte de ser testigo de cómo se reutilizó positivamente aquella visión, a la vez carismática y amable, para nuestra peculiar forma de construir comunidad. En no pocas ocasiones había pensado si la predominancia de la dispersión sobre la comunidad en nuestra identidad como jesuitas se debía a la dificultad de captar bien la naturaleza específica de nuestra realidad comunitaria. “Amigos en el Señor” me ayudó a despejar parte de esa dificultad. Por estar centrados en el Señor, la relación comunitaria no queda amenazada por la dispersión. Nuestras sucesivas pertenencias a comunidades y obras apostólicas a lo largo de la vida en la Compañía modelan una relación capaz de llegar a ser suficientemente fuerte como para asegurar la convivencia en la máxima diversidad. No es frecuente estar en una organización internacional con cohesión económica y misional, saltándose fronteras culturales y políticas, y habitando una patria espiritual común. La amistad en el Señor es un horizonte sugerente para explicarlo. Y así me parece que sucedió, a pesar de que para algunosapelar a ser “amigos en el Señor” sonaba a un discurso impreciso, más emocional que efectivo.
b)Cuando se empezaron a sentir los efectos de la drástica reducción de la vida religiosa apostólica, triunfó la distinción entre misión y tareas. Se volvió a comprender que la misión que brota de un carisma concreto de vida religiosa no se mide ineludiblemente por un conjunto cerrado de tareas. Para una comunidad agobiada por las urgencias apostólicas y por su incapacidad para atenderlas convenientemente, el rescate del concepto de misión, contraponiéndolo al de tarea, liberaba angustia y permitía pensar, desde otra perspectiva, en el difícil trance de los números menguantes. La ecuación inversa también era válida: las tareas particulares no agotan el potencial de misión que posee el carisma. Esta relativización de las tareas sirvió para resignificar el ad dispersionem y valorar más la dimensión comunitaria. No era buena opción identificarnos solo con el hacer. Nos reconciliamos un poco más con el valor evangélico excepcional del nosotros comunitario. La comunidad no estaba allí por ventajas funcionales para la misión —desde el supuesto de que la comunidad es útil para la misión, pero en sí misma no es misión—.Trabajamos más la identidad del jesuita no solo como vocación, sino también como convocación. En otras palabras, recuperamos la imagen de Jesús con sus discípulos como aquel impacto visual inicial que experimentaron quienes los empezaron a conocer.
3. Un camino por delante
Mi impresión, compartida con otros compañeros, es que con las CCGG 35 y 36 hay un giro en la Compañía hacia la dimensión comunitaria de la espiritualidad ignaciana. Eso que es evidente en el caso de la espiritualidad, lo es también en cuanto al gobierno de la Compañía. Se ha desplegado en horizontalidad, convocando a mayor número de actores y relacionándolos en favor de una misión más compleja de realizar. Las causas que lo explican son diversas. En parte, las reestructuraciones provinciales han supuesto la instauración de nuevas formas de gobierno. En parte, manejamos un concepto de misión distinto, mucho más glocal.
El hecho es que hoy una comunidad, al menos sobre el papel, ha de entenderse a sí misma referida a plataformas y sectores apostólicos; a otras comunidades y obras apostólicas dentro del mismo territorio de misión; al laicado colaborador en la misión; a niveles supraprovinciales de asistencias, conferencias y redes. Es decir, la vida comunitaria se ha ampliado —se ha dispersado—asumiendo nuevos marcos de referencia más envolventes, internalizando las distintas expresiones del cuerpo apostólico universal que es la Compañía. En cierto sentido y acudiendo a las analogías, se puede decir que somos communitas ad dispersionem de otro modo: más communitas —con mayor necesidad de interrelaciones en diferentes niveles de Compañía— y, al mismo tiempo, más ad dispersionem—por pretender realizar una misión de una complejidad mayor—.
Ha habido dos aceleradores en ese proceso:
a) Uno es el impulso que ha recibido el discernimiento en común. En esto no hay ningún adamismo. Siempre se ha discernido en la Compañía. Pero también es cierto que la praxis real del discernimiento comunitario ha sido desigual a lo largo del tiempo. Se debilitó en el ámbito de la comunidad local al romperse la unidad comunidad-obra apostólica, mientras que se reforzó en los órganos de gobierno. Un compañero, con un humor a prueba de desencantos, me confesaba, irónicamente, que no se explicaba cómo había podido ser jesuita hasta ahora sin haber discernido en común. Mi vivencia, sin embargo, es que la actual promoción del discernimiento en común, con frutos tan notables como las Preferencias Apostólicas Universales (PAU), ha traído consigo también el fortalecimiento de los lazos comunitarios. Y eso es, hasta cierto punto, una novedad. Cuando un grupo de jesuitas discierne un tema importante, su discernimiento termina por solidificar su relación fraternal. La memoria colectiva comunitaria es un registro de experiencias de discernimiento. En cada una de esas experiencias fraguó la comunidad o versiones análogas de ella. Al discernir en común, emerge la corresponsabilidad. Si el discernimiento está bien planteado, es posible obviar las afinidades caracterológicas, ideológicas y afectivas que impidan la búsqueda libre de la voluntad de Dios. El discernimiento otorga la ciudadanía a quienes participan en él. Concede a cada uno la posibilidad de manifestarse y el deber de escuchar. Por eso, dignifica. Renueva las leyes del juego comunitario al neutralizar los liderazgos implícitos. Discerniendo, una comunidad aumenta su compromiso con el núcleo de la misión en la misma medida en que se reconoce más comunidad.
b) La CG 36 no emitió un decreto sobre la comunidad, pero el que elaboró sobre el gobierno fue, de hecho, una declaración de intenciones comunitarias de nuevo cuño. El discernimiento, la colaboración y el trabajo en red fueron los principales focos para reimaginar el cuerpo apostólico. En principio, no eran nuevas misiones: eran, más bien, nuevos ‘cómos comunitarios. La proverbial dispersión de nuestro estilo de vida quedaba así invitada a transformarse en una conexión comunitaria de otro nivel. Todavía hemos de aprender a vivir con este sentido renovado de comunidad. Hay que conocer mejor qué es pertenecer a órganos supracomunitarios, en qué se traduce la presencia en una red y cómo implementar la misión con otros muchos actores de la Iglesia.