Reflection

Aceptando un mundo secularizado

Abstract

Renzo De Luca, SJ, reflexiona sobre los desafíos y las oportunidades de vivir en un Japón cada vez más secular. Con base en dos décadas de vida en Nagasaki y en su activa participación en el diálogo interreligioso, observa que la secularización afecta a todas las religiones, no solo al cristianismo, lo que revela un cambio cultural más amplio. A pesar de ello, los momentos de crisis, como el tsunami y la pandemia, revelan una espiritualidad oculta que rara vez se manifiesta en la vida cotidiana. Al analizar la historia de Japón, desde San Francisco Javier hasta Pedro Arrupe, De Luca destaca cómo el coraje misionero, la adaptación cultural y la caridad sincera abrieron caminos para el Evangelio. Concluye que la crisis actual radica en las actitudes de escucha y de comunicación, instando a adoptar métodos renovados que nos permitan aprender y conectar con la cultura moderna, confiando en que Dios sigue guiando la misión.

Cuando se empezó a hablar de secularización, no nos imaginamos que nos tocaría vivir la situación actual. Después de un tiempo en el que “luchamos contra la secularización”, empezamos a ver que también hay aspectos positivos en ella, pero todavía nos es difícil sintonizar con una cultura en la que parece que todo lo espiritual no tiene demasiado valor.

En Nagasaki, donde he vivido más de 20 años, hay un grupo de diálogo interreligioso al que formo parte y en el que participan representantes de muchas religiones de la zona. Entre los que participan, el grupo mayor es el budista, del que hay muchas facciones. El grupo shintoísta representa a la mayoría de la población, pero no es tan activo en el diálogo interreligioso. Hay varios grupos protestantes y algunas de las “Nuevas Religiones” como Sokka Gakkai, Risshoko Sekai, etc. Nos reunimos varias veces al año y organizamos actividades que conciernen a todas las religiones, como son la paz, el desarmamiento, etc.

Durante estas reuniones, al hablar con monjes budistas o sintoístas, aprendí que el problema de la secularización afecta más a estas dos religiones que al cristianismo en Japón. Ellos también se lamentan de que las familias tradicionalmente vinculadas a un templo ya no participen en las actividades, ya no pidan oraciones, funerales, bendiciones, etc., como lo hacían hasta no hace tanto. Ellos también están cerrando, derribando y vendiendo templos, disolviendo comunidades a una escala mucho mayor que la de la Iglesia Católica. Esto me ayudó a ver nuestro problema en la Iglesia desde una perspectiva distinta. No es un problema “sólo de” la Iglesia; afecta a toda la sociedad y, como tal, también a la Iglesia Católica. Ciertamente, saberlo no resuelve el problema, pero nos permite verlo en un contexto más amplio. Si no es un problema limitado a la Iglesia, quiere decir que una solución sólo a nivel de la Iglesia no es posible, sobre todo si pensamos que nuestra predicación se orienta -en Japón- principalmente a los no cristianos.

Viendo este alejamiento de todo lo que aparezca religioso en un sentido amplio, hace falta trabajar con las personas de bien más allá de las creencias o afiliaciones para crear una sociedad más receptiva, más humana y más espiritual.


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Espiritualidad latente

Aunque no se manifieste externamente, creo que la espiritualidad, en el sentido amplio de la palabra, sigue latente. Contaré algunas experiencias.

Personalmente creí ver un cambio de actitud durante el tiempo de las grandes catástrofes que más afectaron a Japón, el tsunami y la pandemia. Tal vez porque se veía que lo material no bastaba en esos momentos, por un momento se vio un cambio en la actitud de la gente para con lo espiritual. Repentinamente, se vio la solidaridad entre gente sin vinculación alguna. El trabajo voluntario, no común en Japón, de golpe tuvo un gran auge (que continúa de diversas formas hasta el día de hoy). Los niños, que habitualmente estarían en sus cuartos con los juegos electrónicos, ahora jugaban juntos en espacios abiertos. Sin embargo, para mi desilusión y la de muchos, una vez que la situación se normalizó, la frialdad y el escepticismo hacia todo lo religioso volvieron. Reconocí que sí: que en lo profundo de la sociedad japonesa (y en las demás también) hay algo que sintoniza con lo espiritual y lo religioso; sin embargo, la mayor parte del tiempo ese aspecto no aflora, no se ve presente en la sociedad.

La mayoría de las conversiones de adultos que tenemos en Japón nacen de ese tipo de experiencias, como si fuera necesario un choque violento que deshace la vida ya armada hasta entonces y les hiciera ver que hay una dimensión espiritual con la que hasta entonces no contaban. Como cuenta el P. Arrupe, en el tiempo después de la Segunda Guerra Mundial, con las experiencias de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, la gente vivió ese choque violento, brutal. De repente se vio claro que el Japón imperialista, que creyeron que seguiría creciendo, ya no existía. La gente sentía que cualquier día podía ser el último, ya sea por la radiación, las heridas graves, la falta de alimentos y de trabajo. En ese ambiente, la gente se vio obligada a repensar las relaciones humanas, así como la relación con Dios y con uno mismo. En ese tiempo hubo una cantidad de conversiones al cristianismo y supongo que las demás religiones también habrán estado en auge.


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Mirando el pasado de Japón

Dado que me dedico a la investigación histórica, muchas veces puedo ver que los documentos cristianos de hace unos 450 años en Japón nos muestran algo similar.

Cuando S. Francisco Javier, S.J. (1506-52) y sus dos compañeros (el P. Torres y el Hno. Fernández) llegaron a Japón (1549), la situación era similar. El feudalismo japonés había destruido gran parte de la cultura y el patrimonio material de Japón. Lo que hoy era un reino estable, mañana podía convertirse en un feudo esclavizado por un enemigo más fuerte. El Emperador había perdido todo poder; los líderes militares gobernaban mientras tuvieran gente y armas en su poder, y en cualquier momento una revolución les podía costar la vida.

En ese contexto social, sin duda, la llegada de los misioneros fue un acontecimiento memorable para el pueblo japonés. Fue un signo de algo nuevo, esperanzador. Los misioneros predicaban que había salvación y vida eterna, que, ante Dios, somos todos iguales. Los cristianos predicaban que tanto el fundador del budismo como el emperador o el shogún (jefe militar) no eran divinos. A nosotros nos puede parecer algo lógico, hasta vulgar, pero creo que para el Japón de la época fue revolucionario. Sin duda, las religiones existentes en Japón también predicaban la caridad y la salvación, pero en esa época el mensaje no llegaba a la gente, ya fuera porque las religiones japonesas estaban muy politizadas o militarizadas, o porque cada una de las facciones se conformaba para mantener a las personas que tenía.

Javier y sus compañeros mostraron un coraje apostólico que impresionó a los japoneses de la época. Primero, trataron de conseguir el permiso del emperador. Dado que no era posible ni conveniente, se adaptaron rápidamente al sistema feudal de la época. En Yamaguchi, ciudad floreciente en ese momento, consiguieron del señor del territorio (Yoshitaka Ouchi,1507-1551) el permiso para predicar. Mucha gente se sintió atraída. Hubo debates con numerosas sectas budistas. Sin embargo, lo que más impactó a la gente fue la caridad y el interés que Javier y sus compañeros mostraron.

Muy pronto otros misioneros introdujeron obras de acción social en las que ayudaban a los necesitados sin distinguir entre cristianos o no. Obras de caridad, como enterrar a los muertos sin familiares (que en aquel entonces abundaban), tuvieron gran repercusión. El Hno. Luis de Almeida, S.J. (c. 1525-1584), que llegó a Japón como comerciante y luego se quedó como jesuita, aplicó sus conocimientos médicos para tratar a los enfermos que en la época no contaban con quien los atendiera; también fue un signo para la gente de la época. Esa actitud hizo que muchos se sintieran atraídos por esta nueva religión, que hacía el bien sin discriminación. Muchos de los discriminados se convirtieron y fueron luego excelentes misioneros y colaboradores. Entre ellos podemos nombrar al Hno. japonés Lorenzo Ryosai, S.J.(1526-92), quien, a pesar de ser casi ciego, con su música traducía e interpretaba lo que los misioneros decían. Hubo algunos minusválidos o con la enfermedad de Hansen que llegaron al martirio y ahora son santos, como es el caso de San Lázaro de Kioto, uno de los 16 Mártires canonizados por el Papa S. Juan Pablo II. Podríamos nombrar muchos otros varones y mujeres, discriminados por la sociedad, pero que “hicieron” la Iglesia de aquel tiempo.


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Los misioneros vuelven a Japón

Después de una larga ausencia (250 años) de misioneros (250 años) en Japón, los misioneros de las Misiones Extranjeras de París (M.E.P.) volvieron a reconstruir y regularizar la Iglesia que había permanecido oculta por más de 2 siglos.

Los jesuitas volvimos en 1908 con el encargo de crear una institución de estudios superiores, que llegó a ser la Universidad de Sofía. El P. Arrupe estuvo muy vinculado tanto con el desarrollo de la universidad como con el de la Provincia de Japón, que, cuando él llegó, todavía dependía de una de las provincias de Alemania. Una de las cosas que el P. Arrupe nos dejó fue la creación de una provincia internacional. Hasta el día de hoy, tanto los provinciales como los superiores son, indistintamente, japoneses o extranjeros, sin fricciones por nacionalidad o procedencia. Como lo quiso el P. Arrupe, sigue siendo la Provincia de Japón, no la Provincia de los Japoneses. Esta internacionalidad (que no carece de problemas) es una fuente de riqueza y un símbolo para la Iglesia de Japón, que hoy en día afronta el desafío de recibir e integrar a un gran número de cristianos extranjeros.

Otro de los legados de Arrupe fue la Escuela de Lenguas. Hasta su tiempo, los misioneros estudiaban japonés por poco tiempo para poder hablar y entender, según las posibilidades dadas. Viendo que, por experiencia, este sistema llevaba a formar misioneros que no podían usar el idioma japonés de manera satisfactoria (con consecuencias negativas para la Misión), el P. Arrupe decretó que todos los misioneros que llegaran a Japón estudiaran el idioma durante 2 años. Esta norma sigue vigente hoy, y ha dado buenos resultados. Un punto clave es que el idioma no es solo un medio para transmitir el Evangelio de manera entendible, sino también para escuchar y aprender de los nativos lo que necesitan y sienten, para poder colaborar en una Misión conjunta.


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Sobrados de información, faltos de comunicación

Creo que en este momento estamos en una crisis de comunicación. A pesar de que hay una cantidad de información, mucho más de la que podemos procesar, no logramos transmitir el Evangelio ni entender qué necesita la generación actual. Con los medios de aprendizaje modernos, quizás hablamos mejor japonés que nuestros antecesores, pero no por eso nos comunicamos mejor. Es más, creo que nos comunicamos con menos eficacia que ellos.

Decir que los medios de comunicación crean dependencia, que no tienen en cuenta lo moral ni lo afectivo, etc., no ayuda a la evangelización. Al contrario, negar la forma de comunicarse que tienen los jóvenes hoy es negar la posibilidad de transmitir el Evangelio en ese ambiente. Nos guste o no, la mayoría de los jóvenes depende en gran medida de los medios actuales, ya sea del internet, de los teléfonos portátiles, del “anime”, de las “mangas”, de la inteligencia artificial y demás.

Hace ya más de 400 años que el P. A. Valignano, S.J. (1539-1606) escribía acerca de la misión de Japón:

“de tal manera se promulgue el Evangelio que juntamente no quieran introducir con él leyes y costumbres de Europa, que no sean simpliciter necesarias para la salvación y por otra parte son contrarias a las costumbres y leyes de Japón y por eso mal recibidas y hacen odioso el Evangelio” (“Obediencias” de Valignano y Pasio.Uso aquí la transcripción de A. Taladriz en su edición del libro “Sumario”, p.167)

Esta intuición de Valignano puede ayudarnos mucho. Aun desde su mentalidad europea del siglo XVI, él supo ver que la forma de transmitir el Evangelio puede resultar un impedimento para la evangelización. El Evangelio no cambia, pero debemos encontrar una forma de transmitirlo que “no sea odiosa” para la cultura y la gente a la que queremos llegar.

Reflexionando sobre esto, podríamos decir que hemos perdido el contacto con la gente actual y que no sabemos cuál es el lenguaje ni el método que debemos seguir. Reconocerlo no es fácil. Pero si contemplamos la historia de la Iglesia en todo el mundo, veremos que siempre ha sido y será un tema importante, en constante desarrollo. Lo que fue efectivo hace años deja de serlo; debemos estar en constante adaptación. Ciertamente, no parece algo a nuestro alcance. Pero justamente eso nos lleva a confiar en Dios.

El que nos dijo “id por todo el mundo” y “yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo” (Mt. 28,20) seguramente nos está esperando en cada cultura, en cada corazón que se sienta tocado por su Misericordia infinita. Y, sin duda, nos dará, cuando Él lo crea oportuno, la forma de llegar y transmitir mejor su Mensaje. Mientras tanto, aunque todavía no se vean los frutos, nuestro trabajo será seguir sembrando, con la esperanza puesta en Él.


Renzo De Luca SJ Renzo De Luca SJ
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