From Ireland to Paraguay, and back
Mi llegada a Paraguay en 1986 poco después de mi ordenación en Dublín, coincidió con el estreno de La misión, una película sobre las Reducciones de la Compañía. En dicha película Robert De Niro y Jeremy Irons enfrentan heroicamente las injusticias infligidas a los indígenas guaraníes. La película se hizo bastante famosa en Paraguay, porque el Gobierno prohibió su proyección en los cines locales. ¡Tal vez el Gobierno temía que podría provocar otra revolución encabezada por los jesuitas! En ese momento la “Teología de la Liberación” estaba en su apogeo en toda América Latina.
En El Salvador unos años antes habían asesinado al Arzobispo Oscar Romero. Uno de los miles y miles de laicos y religiosos que sufrieron la cárcel, la tortura o el martirio. El hervidero eclesiástico latinoamericano de la mitad de los años 80 no podía ser más diferente de la Iglesia irlandesa que yo había dejado atrás: formal, conservadora y dominada por el clero.
La Irlanda a la que volví casi quince años después no era menos extraña y sorprendente, pero por muy distintas razones. Cuando me fui de aquí a mediados de los años 80 los centros de formación seguían repletos de jóvenes religiosos. No se hablaba de escándalos clericales o de abusos en las instituciones de la Iglesia. Pero como ahora sabemos demasiado bien, el silencio cubría un profundo malestar destinado a llegar a la superficie, más tarde o más temprano. Al comienzo del nuevo milenio, la Iglesia irlandesa se sentía maltratada, golpeada y humillada. Las muchas salidas y la escasez de nuevas vocaciones desencadenaron una transición sorprendentemente rápida, desde la planificación de nuevos proyectos de expansión, a considerar ahora la necesidad de recortes y cierres.
Estaba cada vez más convencido de que, mientras en los años 80 Dios me había enviado como misionero irlandés a Paraguay, mi nuevo cometido era ser un misionero paraguayo ¡en Irlanda! Esto suponía hacer un esfuerzo para evitar asentarme sencillamente en rutinas confortables, como si no hubiera pasado en absoluto 15 años en Paraguay. En cambio, creo realmente que Dios me estaba apremiando para que la riqueza de mi experiencia en América Latina se plasmara en mi nueva vida misionera en Ballymun.
En Paraguay había sido testigo del papel indispensable que la educación juega en la liberación del pueblo de los efectos opresivos de la pobreza y de las herramientas que pone en sus manos para que, según las palabras del “Principio y Fundamento”-de los Ejercicios de S. Ignacio-, llegue “a la prosecución del fin para el que ha sido creado”. Creo que los jesuitas de América Latina han tenido un éxito excepcional en unir nuestro compromiso tradicional en el apostolado de la educación con una opción preferencial por los pobres. Las lecciones aprendidas en Paraguay iban mucho más allá del campo de la educación. Y aunque los elementos básicos de la vida y de la espiritualidad jesuitas seguían siendo familiares, el estilo de trabajo era muy diferente. Por un lado la mayoría de los jesuitas se dedicaban a múltiples campos de labor apostólica. Mi primer quehacer era enseñar filosofía y acompañar a jóvenes jesuitas en formación. Pero, casi como actividad secundaria, era también párroco en una zona pobre de Asunción. La mayoría de la labor administrativa y pastoral diaria la llevaban a cabo laicos y laicas comprometidos. Mi papel específico como sacerdote se limitaba en gran medida a los fines de semana, cuando las múltiples comunidades de base se reunían para la Eucaristía y para otras celebraciones sacramentales. Asimismo me dedicaba al acompañamiento espiritual de religiosos y laicos, ellos y ellas. Operar en tantos frentes diferentes era muy típico de la vida de cualquier jesuita en Paraguay. A la mayoría de nosotros esto nos parecía todo menos agotador. Por el contrario, parecía sacar lo mejor de las personas.
En conversaciones con otros/as religiosos/as que han vuelto a Europa de América Latina y de otras partes, encuentro un fuerte deseo común de compartir algo de la riqueza que hemos experimentado en el extranjero, pero con una frustración compartida ante las barreras que sentimos. Para mí, uno de los aspectos más difíciles de mi “re-inculturación” ha sido el cambio repentino de una Iglesia que mira hacia fuera, a una Iglesia caracterizada demasiado por el clericalismo, la introspección, y a veces, la auto-obsesión.
Me doy cuenta de que cosas que me encantaría poder trasladar de Paraguay aquí a Irlanda no funcionarían, por un abanico de razones. El temperamento y la cultura irlandesas son muy diferentes, e ¡incluso el clima convierte en extravagante la noción de celebraciones litúrgicas al aire libre! Sin embargo, la creación de un proyecto educativo significativo en una zona desfavorecida ha tenido éxito, más allá de todas las expectativas iniciales. El contacto cotidiano con mis vecinos es una fuente constante de energía e inspiración, recuerdo de mis experiencias en los barrios de Asunción. Cuando deseo ver al Pueblo de Dios cara a cara, ¡lo único que tengo que hacer es abrir la puerta de casa! La regeneración de la Iglesia en Irlanda y en otros lugares de Europa va a ocurrir, y de ello no cabe duda. Antes de que lo nuevo se abra camino, hace falta demoler y limpiar el suelo, pero ¡se abrirá el camino!