Todo tiene Espíritu

“Nagmapu ta müli ta ngen, müli ta trayenko, müli ta llufüngechi ko, müli ta tren tren, müli ta lavken, müli ta degün, rangi wenu mapu müli ta wangülen, müli ta antü, müli ta küyen, vil ta kisuengun, kisu ta mülelayengün, vil ta niengun ta ngen” (On earth there are Ngen. There are waterfalls, deep waters, the sea, sacred mountains, volcanoes, stars in the middle of the sky, the sun, the moon. No one is alone; nothing exists in solitude; everyone has a Ngen)

Estas palabras fueron dichas por un hombre mapuche sabio del territorio cuando le pregunté por el significado del año nuevo indígena en torno al solsticio de invierno.

“Nada existe en soledad”. Esa certeza es la que he experimentado en el lavkenmapu (territorio mapuche junto al océano pacifico). No solo significa que los seres humanos vivimos juntos, sino que también vivimos en comunidad con los otros seres no humanos.

Surge una segunda certeza: todo tiene un ngen o un espíritu. Pues sí, hasta la piedra está viva, ¡Tiene espíritu!

Todos estamos de alguna forma interconectados y nada está aislado. A veces me sucede que ando por el camino saludando árboles, piedras, animalitos o al aire. Me detengo y mi mente racional científico-técnica me dice: “estás loco, ahí no hay personas”. No, no es una moda o una costumbre a seguir por el hecho de vivir aquí, sino que es una convicción de mi cuerpo que al encontrarse con ellos no puede hacer otra cosa más que detenerse y saludar. No siempre fue así. He tenido que gastar mucho tiempo y espacio de silencio y adaptación de la mano de hombres y mujeres muy espirituales del territorio que me han ido enseñando como a un niño. Aún sigo aprendiendo. En este proceso una clave en el camino ha sido aprender a pedir permiso, tan propio de los pueblos originarios. Donde van, si es ante el mar, ante una cascada, un lago, un árbol o van a buscar plantas medicinales o frutos para comer, piden permiso a los ngen o espíritus de esos lugares. Actitud tan necesaria no solo con los espacios naturales sino con todo ser humano, pueblo y cultura.

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Entender que todo tiene un espíritu o ngen como dicen en lengua mapuche es una clave para entender los dramas que estamos viviendo en esta crisis socioambiental. Caminando por estos caminos me ha tocado ser invitado a acompañar ceremonias de sanación realizadas por una machi (autoridad espiritual mapuche) en conjunto con toda la familia y algunos de la comunidad. Ceremonia que dura toda la noche y que al amanecer se realiza uno de los ritos más significativos para mí y que habla de esta certezaque todo tiene espíritu. Les piden a dos personas cercanas del enfermo que llamen al espíritu de esa persona. Una se pone cerca y la otra más lejos y gritan tres veces: ¿llegó su espíritu? y la que está cerca dice: “no, aun no”. A la tercera vez la que está cerca dice:” si, está llegando”. Luego se hace una oración para levantarla y hacerla bailar. Esta imagen es un hermoso ejemplo de lo que estamos llamados a ver, creer y acompañar. Necesitamos que vuelva el espíritu al cuerpo. No solo al del enfermo, sino a todos los cuerpos que habitamos y somos. Cuantas veces no decimos coloquialmente cuando estamos en paz luego de algún evento difícil: “me volvió el alma al cuerpo”. Pues sí, justamente la vida plena consiste en que el cuerpo y el espíritu se unan, caminen juntos y bailen con todos los vivientes.


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Estas certezas las he vivido aquí y también visitando otras comunidades indígenas en todo Latinoamérica, desde México hasta la Patagonia argentina. En todas ellas he tenido la convicción de que los dramas comunes de los territorios como son el narco, el extractivismo y las democracias débiles son expresión de un modelo que ha separado violentamente los espíritus de los cuerpos sobre la base de relaciones utilitarias y violentas. En este modelo no se pide permiso, ni menos se cree que todo tenga espíritu. De alguna forma es la reedición de una manera de mirar al otro des-almándolo; quitándole el alma para justificar que es una cosa, un algo que se puede usar, abusar y tirar. Así se justifica la destrucción de todo lo viviente.

Me recuerda las discusiones filosóficas y teológicas del siglo XVI sobre si el indio tiene alma. Creo profundamente que somos tres cuerpos cada uno de nosotros. El cuerpo físico, el cuerpo de la Madre Tierra y el cuerpo comunitario. Cada uno con sus espíritus protectores que bailan juntos para darnos vida. El drama es que esos cuerpos están intoxicados, están desmembrados, se les ha expulsado sus espíritus. Entre los mapuche con quienes vivo se dice que el extractivismo echa fuera los ngen que, en la tierra o en el mar, van dejando cuerpos sin vida.

Nada está separado. Somos parte de una gran familia de vivientes en donde los seres humanos tenemos nuestro lugar, no el único lugar. En ese territorio y desde esas sabidurías de las personas ligadas a la tierra uno aprende que mente, espíritu, cuerpo, tierra, todo está profundamente interrelacionado. Un desequilibrio en una dimensión hace que, como personas, como comunidad y la misma Madre Tierra se enferme. Es una invitación a volver a creer que todo tiene espíritu, para pedir permiso y vivir en comunidad.


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Este caminar me ha ayudado a entender mi propio sacerdocio jesuítico, que al estilo de Ignacio es una invitación a “en todo amar y servir”. Todo es camino para encontrar a Dios, para amar. Y esto implica ir ganando en libertad para escuchar y dejarse enseñar por un nuevo modo de vivirse la vida. Esta libertad de quien se siente peregrino en busca del Espíritu, dejándose enseñar, ampliando horizontes, comprensiones, sentipensares, como un niño en manos de su maestro. Implica quedarse sin palabras, sin respuestas, sin soluciones preelaboradas. Quedar en silencio de nuestra verborrea occidental católica y jesuítica, para, en un largo peregrinar desde el “no poder”, desde el silencio, ser habilitados para escuchar la “palabra de la gente de la tierra” (chedungun) y de la misma tierra (mapudungun). Como Ignacio en Monserrat[1], uno va descubriendo esa multiforme presencia de lo divino cuando aprendemos a quitarnos nuestros ropajes y experimentamos el territorio con toda su realidad. Ser Peregrino en un territorio, dejándose enseñar por él, va transformando la mirada con un nuevo entendimiento, al igual que Ignacio a orillas del Cardoner: “estando allí sentado se le empezaron abrir los ojos del entendimiento (…) con una ilustración tan grande, que le parecía todas las cosas nuevas.”[2].Este peregrinar por estos territorios desde el “no poder”, pidiendo permiso, reconociendo la interrelacionalidad de todo lo viviente, nos saca de lógicas hegemónicas y nos abre al misterio de Dios en el cosmos.



[1]Autobiografía 18.

[2]Autobiografía 30.

Carlos Bresciani Lecannelier

Sacerdote jesuita de la provincia chilena, nacido en Santiago de Chile. Vive en territorio mapuche desde el año 2003. Entró a la Compañía de Jesús en 1993 y se ordenó de sacerdote el 2006. Actualmente tiene 52 años. Estudio filosofía y teología en la Pontificia Universidad Católica de Chile y luego realizó la licencia en Teología Pastoral en la facultad de teología de Granda, Andalucía, España. Actualmente junto a otros dos compañeros jesuitas acompañan a personas, grupos y comunidades de la comuna de Tirua, región del Biobio, a 700 km al sur de la capital en la presencia que tiene la Compañía de Jesús en Chile desde el año 2000. Sus esfuerzos van fundamentalmente en fortalecer la salud y espiritualidad del territorio, el idioma mapuche y el cuidado de la tierra.

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