Roma – SJES – Ignacio nos inspira nuestra misión en el Apostolado Social
En la fiesta de San Ignacio, recordamos su vida y misión entre los pobres durante su viaje a Azpeitia, su ciudad natal. Vivir como pobre y en medio de ellos, encontrar recursos y organización para servirles y trabajar por la reconciliación son aspectos de esta parte de la vida de Ignacio. Citamos el siguiente texto de Patxi Álvarez de los Mozos (2019),Servir a los pobres, promover la justicia,Bilbao: Grupo di Comunicación Loyola Editorial Sal Terrae, (pp. 26-28):
Un pasaje reseñable de la vida de Ignacio, que permite conocer cómo practicaba el apostolado y cuál era su actitud ante los pobres, consiste en la visita que hace a su villa natal. Se conservan numerosos testimonios de aquella estancia procedentes de los procesos informativos que tuvieron lugar para la canonización del santo y que muestran vivamente su modo habitual de actuar. Ignacio estuvo en Azpeitia de abril a julio de 1535, procedente de Paris. Tenía la salud bastante deteriorada y los médicos le habían recomendado respirar los aires natales para recuperarse. A su vez, a decir de Ribadeneira, tenía negocios pendientes que deseaba resolver para tener el alma sosegada. De ahí que emprendiera con una pequeña cabalgadura el largo viaje que lo separaba del lugar de su infancia.
Al llegar no acudió a su casa natal, como su hermano le había solicitado que hiciera, sino que se instaló en el hospital de la Magdalena, húmedo y precario, aun hoy en la periferia de la población, a orillas del río Urola, en el extremo más alejado de la casa solariega de los Loyola. El hospital operaba como hospicio de caridad para acoger a mendigos y enfermos. Residió en aquel espacio hasta su marcha. Sus hermanos le ofrecieron una buena cama para que descansara en ella, pero él la rechazó, durmiendo sobre suelo duro, viviendo así como uno más de los menesterosos del hospital. Este era el modo habitual en que viajaba.
Llevaba vestidos humildes, de manera que en todo su modo de vivir se denotaba la pobreza y humildad que tenía. Vivía de la limosna que pedía a diario de puerta en puerta. Lo que recogía lo llevaba a la Magdalena, donde lo repartía con los pobres con los que convivía, sentados como una familia en tomo a la misma mesa...
También dedicó tiempo a reconciliar a personas desavenidas o enemistadas. Devolvió la paz a matrimonios rotos por la infidelidad de los maridos. Actuó para reunir familias en conflicto. Hablaba con ellos, los convencía por persuasión. Medió en un largo conflicto entre las religiosas franciscanas y el clero de la parroquia de Azpeitia, que se había iniciado a comienzos de siglo y producido mucho desasosiego en el valle del Urola. Logró obtener la concordia entre las partes y para dotarla de seguridad jurídica, sellaron un pacto en escritura pública ante notario. En el documento apareció su firma como testigo: Íñigo.
Cuando se acercaba el tiempo de su marcha, quiso consolidar el alivio que durante aquellos meses había procurado a los pobres y creó dos instituciones. La primera involucraba a su hermano D. Martin, a quien demandó que todos los domingos llevase a la parroquia doce panes, en reverencia a los doce Apóstoles, para ser repartidos entre los indigentes. La segunda institución tenía un carácter más duradero. Ignacio quería que los pobres estuviesen convenientemente socorridos en sus necesidades, pero a la vez, quería acabar con el abuso de una mendicidad libre que provocaba que algunas personas vivieran de ella, cuando podían sustentarse con su trabajo. En este caso involucró a las autoridades de la villa que establecieron una serie de ordenanzas, por las que el municipio nombraba dos personas cada afio se llamarían «mayordomos», un eclesiástico y otro laico-, los cuales recogerían limosna para los pobres de la jurisdicción todos los domingos y fiestas. Esas dos personas se encargarían de distribuir la ayuda teniendo en cuenta la escasez y calidad de cada persona necesitada. Asimismo, se solicitaba a los vecinos que no dieran limosna directamente, sino a través de estas dos personas. Por último, también se prohibía pedir de puerta en puerta, sino que había que acudir a estos dos mayordomos, que serían los encargados de velar por el bien de los indigentes, con el conocimiento de su situación particular.
Por lo tanto, Ignacio no se conformó con paliar las necesidades de los pobres, sino que buscó un remedio estable para sus penurias y dejó encargados a otros de esta institución, algo que se repetiría en el futuro en el modo de actuar de los jesuitas. Al marchar de Azpeitia dejó en el hospital el pequeño rocín que le había traído desde Paris y que sus compañeros habían comprado para aligerar su marcha y que no se quebrara aún más su precario estado de salud. Se sirvieron de él durante años en el Hospital de la Magdalena para traer lefia con la que caldear la estancia.
¡Feliz día de San Ignacio!
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