Una llamada inesperada: de la docencia al servicio de la justicia
Esta es la historia de un estudioso jesuita relativamente joven y feliz que no tenía pensado regresar al apostolado social. Tras un periodo de gozoso trabajo en el mundo académico, educativo y del coaching no esperaba recibir la llamada a coordinar el servicio y la investigación sociales en Europa y Próximo Oriente.
La primera reacción fue una mezcla de interés e inquietud.
El reto de compartir.Compartir la fe y la vida es algo que los jesuitas hacemos con relativa frecuencia y con alegría. Pero esta vez me siento incómodo.
Se me ha pedido escribir un pequeño relato
para presentarme a los miembros del apostolado social como el nuevo delegado
ante la Conferencia Europea y nuevo director del «Jesuit European Social Centre»
(JESC).
Me pregunto cómo escribir algo relevante para un buen número de compañeros nuestros que trabajan con ahínco entre los pobres, dado que llevo algún tiempo sin participar en ese tipo de tarea. Mi experiencia con quienes pasan desapercibidos o se encuentran desfavorecidos se ha visto limitada por las exigencias del trabajo en el que he estado comprometido hasta ahora. Sin embargo, no podía declinar la invitación; y ello, por dos razones.
En primer lugar, solo puedo compartir lo que me ha sido dado. No puedo compartir lo que me habría gustado tener o poseer, pero no tengo ni poseo. Aunque me embargue el sentimiento de no ser la persona idónea, confío en el poder y la gracia que llegan a través de la aceptación de una mision y creo en ellos. Además, si bien me encuentro perplejo ante la misión que se me ha encomendado inesperadamente, estoy deseoso de dar lo mejor de mí en la defensa de quienes anhelan justicia y reconciliación en Dios y de quienes trabajan para satisfacer tal anhelo.
En segundo lugar, pienso que a la mayoría de los jesuitas nos encantan los retos. Hablamos de “tensión creativa” (CG 34,11) en asociación con la “fidelida creativa” (CG 35, 4). En la Congregación General 35, el papa Benedicto nos exhortó a llegar a “nuevas fronteras sociales, culturales y religiosas… ayudando fielmente a la Iglesia” en su corazón (CG 35). El papa Francisco expresó esta misma idea en términos aún más incisivos: “La Compañía de Jesús es una institución en tensión, siempre radicalmente en tensión” (2015). Es la fecunda tensión entre la contemplación y la vida en el mundo como “hombres para los demás”. Es la tensión entre la confianza en Dios y el uso de nuestros talentos. Esta y otras tensiones nos confieren a menudo una gran vitalidad.
Experiencia e inexperiencia. He pasado la mayor parte de los últimos quince años en la vida académica: estudios de filosofía y teología en Liubliana y en el Centro Sèvres; doctorado en ciencias políticas en la Universidad de Georgetown; investigación, docencia y trabajo administrativo en la Universidad de Santa Clara; creación de una fundación educativa internacional; puesta en marcha de un colegio mayor universitario en Maribor; creación y dirección de un instituto de investigación en Eslovenia mientras enseñaba también filosofía política; servicio como superior local. Aunque he tenido interacciones importantes con los pobres, mi misión, mis pensamientos y mis deseos estaban en otra parte.
Echando la vista atrás, ahora me dio cuenta de que muchas de mis actividades académicas se basaban en mis encuentros sociales con quienes vivían situaciones de necesidad o conflicto: trabajando con los pobres en el Jesuit Refugee Service (JRS) en Eslovenia; sirviendo a la gente como mediador en la resolución de litigios en el tribunal del condado en San José, California; y en la relación con mi familia.
Mi familia. Entre las muchas cosas que he aprendido de mis padres se cuenta la siguiente: a pesar de las circunstancias difíciles, siempre hay una oportunidad para rehacerse del fracaso, el conflicto o la vergüenza y abrazar la vida a través de la confianza y la perseverancia. Cuando yo nací, mis padres eran una pareja no casada de obreros de clase media-baja. Desoyendo el consejo de muchas personas, que le recomendaban que abortara, mi madre adolescentem, que ya había dejado los estudios, decidió dar a luz. Justo antes de que me ordenara sacerdote, ella me contó que, durante el embarazo, en sus oraciones a Nuestra Señora, me había ofrecido al Señor. Al poco de nacer yo, mis padres se casaron y engendraron a Robi, un gran hermano que ahora es padre de cuatro niños. Ninguno de mis padres había terminado la enseñanza secundaria cuando yo entré en el instituto. Sin embargo, más tarde ambos finalizaron sus estudios. De jóvenes, siendo ya pareja, rara vez acudían a misa: en los regímenes comunistas y poscomunistas, ser creyente no era popular, por decir lo mínimo. Sin embargo, con el tiempo mi madre terminó dando clases de religión; y mi padre, dirigiendo el rosario dominical en la parroquia y asistiendo a un grupo de oración por las vocaciones.
Los pobres del conflicto. Mi historia es también una historia de conflicto. Ha habido conflicto en la región de la que procedo (las guerras de los Balcanes) y en mi país natal (pasado comunista). Estos conflictos han generado sus propios pobres, empobrecidos de paz, justicia e incluso vida. En reacción al conflicto, al principio yo eludía todo conflicto y actuaba como apaciguador. Al unirme a los jesuitas, sin embargo, poco a poco fui abrazando lo que ahora vemos como nuestra “misión de reconciliación y justicia” (GC 36, 1). Cuando ingresé en la Compañía de Jesús, pensaba que mis talentos me abocaban al trabajo espiritual y que en este consistiría principalmente mi misión futura. Así y todo, lo que me intrigaba ya entonces era la llamada a la misión de reconciliación a través del dialogo. Comencé a desear tal diálogo, aun cuando ello requiriera asumir el dolor del pasado turbulento y afrontar los conflictos con objeto de resolverlos.
Justicia“en mouvement”. El trabajo a favor de los migrantes y refugiados ilegales en Eslovenia fue decisivo para mí durante los estudios de filosofía y el magisterio. Ya atendíamos a numerosos refugiados mediante trabajo voluntario y de otro tipo, pero decidimos crear la oficina del JRS para ser más profesionales en algunos aspectos, por ejemplo, en la formación de voluntarios o en las relaciones con la policía. No obstante, lo que más me impresionó en este trabajo no fueron nuestros logros institucionales. Fue la simplicidad de jugar con niños en una guardería improvisada que creamos en el centro de internamiento: el acordeón, la guitarra y el baile aportaban gran consuelo a los niños y a sus padres. También disfrutaba enormemente compartiendo modestas comidas con los internos. O preparando un concierto de música clásica detrás de los barrotes del centro. Y me conmovía hondamente que policías y jesuitas (algunos de los cuales habían sido perseguidos por esos mismos policías en la época comunista) nos sentáramos alrededor de una mesa redonda durante una reunión regional del JRS para discutir la mejor manera de ayudar juntos a los migrantes. Eran ejemplos de una justicia sanadora, restauradora y dinámica. Pertrechado con estas experiencias, me embarqué en el estudio del conflicto y de la política para entender mejor los mecanismos de la justicia y promover la reconciliación. Entré en el mundo académico. Investigué, publiqué en revistas científicas, impartí clases y tendí puentes entre el mundo académico, los centros educativos y la sociedad.
Este año, la Compañía decidió enviar al estudioso (de vuelta) al apostolado social. Aunque amaba mi trabajo anterior y me entristece abandonarlo, miro también hacia delante. Lo que continúa suscitando mi pasión por la justicia y la reconciliación no son solo las grandes teorías, pese a su importancia, sino las personas con las que me encuentro y para las que trabajo. Entre ellas se cuentan, por ejemplo, los estudiantes y jóvenes con un gran potencial, especialmente aquellos que carecen de oportunidades. O las personas desprojadas de su dignidad a causa de la política o la economía corruptas. O los niños presos en los centros de internamiento. O quienes luchan por la justicia, pero a menudo utilizan medios equivocados, a veces incluso dañinos. O empresarios que se emplean diligentemente en conseguir grandes beneficios, pero con frecuencia descuidan su crecimiento espiritual en perjuicio de sí mismos, sus empleados y el medio ambiente. O los jóvenes –o incluso sus padres– esclavizados por la tecnología moderna y los llamados medios de comunicación “sociales”, que los reducen a los “likes” de un algoritmo informático. En una palabra, lo que enciende mi fuego interior es el trabajo en pro de la liberación de diferentes formas de esclavitud a través de los mecanismos de la justicia y la reconciliación integrales.
En lugar de una conclusión. En los veinte años que llevo en la Compañía, he recibido y trasmitido muchas bendiciones. He vivido y trabajado con compañeros jesuitas ejemplares y he conocido y servido a personas increíbles en la viña del Señor. Cuando ahora respondo a la inesperada llamada al ministerio social, rezo para que nuestro trabajo por la verdad y nuestro esfuerzo por la justicia continúen enriqueciéndonos, de suerte que, reconciliados, podamos dar fruto abundante y servirle a Él en los numerosos hermanos y hermanas de este mundo.