Un espacio donde todos puedan reunirse como vecinos, como una comunidad en la que todas las personas son bienvenidas
Nunca olvidaré el día en que todo se aclaró para mí. El lugar: la parroquia de San Martín de Porres, que abarca a dos vecindarios marginados en Santo Domingo, República Dominicana, una parroquia que ha sido fuente de vida para mi Provincia desde que hace 36 años un grupo de jesuitas llegó allí. El escenario: una fiesta de baile intercultural, organizada por el equipo parroquial de Pastoral Haitiana.
El equipo de Pastoral Haitiana analizó la situación a la que se enfrentan los migrantes haitianos en su zona. Al final, se decidió que entre todos los problemas (salud, trabajo, documentación legal, educación, violencia, etc.) aquel que la parroquia podía encarar mejor era el problema de la exclusión social en el vecindario. Se quería crear un espacio donde Haitianos y Dominicanos pudiesen juntarse como vecinos, como comunidad en la que se acoge a todos y a cada uno.
Mientras estábamos danzando, yo me dediqué a contemplar algunos rostros. Una mujer dominicana de una cierta edad, una de las “veteranas” de la parroquia que ha dedicado su vida a la construcción de comunidades eclesiales de base, a visitar a enfermos, participando en movimientos sociales por muchos años….reía de corazón mientras estaba aprendiendo a bailar la konpa haitiana. Oí a dos mujeres haitianas de mediana edad que cantaban mientras bailaban una bachata dominicana. Estas dos mujeres han luchado en vano durante años por obtener partidas de nacimiento para sus hijos nacidos en la República Dominicana, a pesar del apoyo de organizaciones internacionales de derechos humanos. Había también unos cuantos escolares jesuitas, que se estaban tomando un descanso de los estudios, gozándolo con los amigos.
Y los rostros que más me estremecieron: un grupo de jóvenes haitianos a los que habíamos acompañado por medio del SJR, donde trabajo. Con valor se opusieron a un jefe que los explotaba y humillaba; el jefe reaccionó con violencia y les disparó injustamente. Acabábamos de pasar unas semanas estresantes tratando el caso en hospitales, comisarías y tribunales laborales. Y aquí estaban esos jóvenes, aquel que había vomitado sangre, agotado como estaba por su trabajo, aquel que había recibido duros golpes y fue amenaza con un revolver, todos ahora sin trabajo … y todos con un rostro radiante, llenos de alegría mientras bailaban porque la música los hacía sentir en casa.
El Reino era palpable entre nosotros. Esta experiencia se me ha quedado dentro como una parábola de cómo vivir la Resurrección: hacer que nuestro compromiso por la justicia dé peso e historia a nuestra alegría, y dejar que la gratuidad de la comunidad apunte hacia algo más profundo que nuestras cruces y más allá de aquello que podemos realizar por nuestros esfuerzos.