Perseverar junto a los exiliados
En el nido de la justicia social yo soy un cuco que pone su huevo y escapa volando. Me he dedicado a enseñar teología y, más tarde, a escribir artículos para publicaciones y para el Jesuit Social Services (institución de la Compañía en Australia).
En los últimos treinta años he dedicado buena parte de mi tiempo y energías a personas perseguidas que buscaban protección.
Pasé tres veranos en campos de refugiados camboyanos en la frontera con Tailandia, una experiencia que me afectó profundamente. Marché allá pensando que las ideas son importantes y que las buenas ideas pueden resolver los problemas de la gente. Allí me di cuenta de que lo que importa es la gente y que compartir sus vidas con todos sus problemas puede generar unas cuantas buenas ideas.
De día los campos de refugiados eran lugares tranquilos, para convertirse de noche en un verdadero infierno. Lo que más me llamó la atención no fue tanto la miseria de los refugiados, cuanto su capacidad de adaptación. Jóvenes enfermeros ?ellos y ellas? con sus batas blancas y sus pantalones arrugados trabajando sobre un suelo sucio manchado de rojo; un hombre que después de haber comido un poco de arroz recoge las migajas y las saca de la tienda; la madre de seis hijos que reúne a unas cuantas jóvenes para formarlas como trabajadoras sociales... todas estas personas me hablaban de valentía y esperanza. Fui al campamento para ofrecer mi saber. De los refugiados y de la generosidad de los jóvenes voluntarios a su servicio recibí mucho más de lo que di.
También me ayudaron a valorar la constancia. Tanta gente ?y yo mismo? iba y venía de sus vidas, mientras ellos se veían obligados a quedarse en los campamentos durante años y años. Cuando volví a Australia quise practicar la constancia. Desde entonces he tenido la suerte de ser capellán de comunidades católicas de Camboya y Laos y en mis escritos he podido reflexionar sobre los problemas de los refugiados. De las comunidades de refugiados he aprendido el valor de la hospitalidad y he disfrutado viendo los lazos de amistad tejidos entre los recién llegados y los jesuitas y la sociedad australiana.
Continúo siendo capellán a tiempo parcial en un centro de detención para migrantes. Este trabajo me llena, pero también es duro porque me hace reconocer continuamente en mi persona nuevos niveles de incompetencia. Me es difícil decir la palabra adecuada, callarme en el momento oportuno, pronunciar bien un nombre. La gente llega llena de vitalidad y energía después de haber tomado la mayor decisión y emprendido el viaje más peligroso de su vida. Después de seis meses su mirada se pierde y quedan despiertos toda la noche ahuyentando sus miedos, sus recuerdos traumáticos, la vergüenza por no poder ayudar a sus familias.
En un nivel más profundo este trabajo es duro porque me encuentro allí como representante de la Iglesia para acogerlos y como representante del pueblo australiano que les cierra la puerta y desea que se vayan. He trabajado una vez con un amigo que era capellán protestante. No solíamos bautizar a la gente porque pensábamos que se encontraban en condiciones de tomar una decisión libremente, dado que se encontraban detenidos en un campamento. Hicimos una excepción en la persona de un iraní que iba a ser repatriado y estaba seguro de que lo torturarían o matarían por hacerse cristiano. Mi conflicto interior lo expresaban bien algunas líneas sacadas de un poema sobre el sacramento del bautismo.
Llamado a llevarte a la vida por medio del agua,
yo, sacerdote y carcelero, te envío sobre las aguas.
Siempre que he escrito y hablado sobre los refugiados he tratado de mostrar la realidad de la vida de los refugiados e invitado a la compasión. Tengo que admitir que he fracasado. Es cierto que hay individuos a quienes el corazón se les encoje al ver los rostros y al conocer la experiencia de personas que buscan protección; sin embargo, la actitud hacia ellas es ahora más hostil que antes.
Pronto habrá elecciones en Australia y los partidos mayoritarios compiten entre sí por ver quién trata a los solicitantes de asilo con mayor brutalidad. Un partido quiere que la Marina haga retornar los barcos a Indonesia, otro prefiere que se vayan a campamentos a Nauru y Papúa Nueva Guinea.Entre ellos hay hombres, mujeres y niños como los que he conocido. Ya hemos visto que la gente queda destrozada por ese tratamiento.
La brutalidad funciona durante el tiempo de las elecciones porque resulta popular. En Lampedusa el Papa Francisco ha hablado de la "globalización de la indiferencia". La indiferencia y la brutalidad nacen de un miedo que barre todo lo que encuentra, incluyendo la vida de la gente.
Siento que en este momento tengo que enfrentarme a un reto personal: cómo luchar contra la ira, la tristeza, la vergüenza, la impotencia que encuentro en mí viendo derribar sin piedad la vida de personas que me importan, sin apartar la mirada y sin echar la culpa a nuestros líderes políticos. Se trata de tener un corazón solidario que se interese tanto por los excluidos como por quienes los excluyen.
De ahí la importancia de la oración. Los campos de refugiados camboyanos fueron para mí una escuela de oración. Cuando por la tarde volvía del campamento trataba de crear un espacio para recordar las historias, los rostros y hasta los olores del campamento y recoger los sentimientos que iban surgiendo. Las lecturas de Adviento, en particular la evocación que Isaías hace al regreso del exilio, me venían a la mente viendo la belleza de los arrozales verdes y tranquilos bajo la luz del atardecer. Era natural dar las gracias a Dios por la gente que había encontrado, recordar sus rostros y dar gracias a Dios por el don de estar vivo en un mundo tan bello, afligirse por aquellos cuya vida había sido tan lastimada y rezar para que ellos también encontraran verdes praderas que pusieran fin a su exilio.
Sigo descubriendo que crear un espacio donde la gente y su dolor puedan generar una oración de acción de gracias por el amor que Dios nos tiene y por la hermosura del mundo que Él ha hecho y nos ha prometido, es la única manera que nos hace capaces de mantener unidas la ira, la tristeza, la compasión y la realidad del mundo de Dios. Al regresar pedaleando del Centro de Detención por la orilla del río a la hora en que el sol casi besa la tierra puedo a veces recordar ante Dios los rostros que he visto, las historias que he oído y la vergüenza de pertenecer a un pueblo que solo es capaz de ofrecer alambre de púas a esta gente desesperada, en lugar de compasión. Y a veces puedo agradecer el don de compartir la vida con la gente y en el mundo que Dios ama con tanta constancia.