Testimonio

Llamados a ser compañeros

Jeff Putthoff, SJ Jeff Putthoff, SJ

Trabajo en Camden, New Jersey. Es la más pobre y más violenta de las ciudades de su tamaño que hay en América del Norte y este año estamos alcanzando un nuevo record de homicidios.

Si Nueva York tuviera la misma tasa de homicidios de Camden, esto significaría que habrían muerto ya este año casi 6000 personas.

La pobreza es muy alta y el 70% de la juventud abandona los estudios. Somos una ciudad joven con la mitad de la población menor de 25 años y cada año la ciudad se vuelve más joven. Yo me ocupo de jóvenes entre los 14 y 23 años, los ayudo a retomar los estudios, a alejarse de la violencia y a caminar hacia la sanación y la esperanza.

¿Qué he aprendido de mi ministerio? He aprendido que la pobreza no es ni bonita, ni romántica. Las experiencias traumáticas de violencia, de abuso y la pobreza endémica hieren profundamente a la gente de Camden. Al igual que los supervivientes de una guerra, han ido aprendiendo comportamientos de supervivencia que a menudo los ayudan a subsistir de mala manera. En ese ambiente la violencia es algo normal, el abuso se tolera y el dolor se niega. Esto lleva a muchos a la lucha para ver cómo gestionar su propia rabia, decepción y estrés. El resultado es a menudo: violencia doméstica, abandono de los niños, tiroteos.

Es un lugar difícil para la gente que vive allí. He visto que no se reconoce el rostro de Cristo crucificado. Lo veo porque a menudo el rostro de los pobres es estigmatizado por "las normas y los valores" culturales. En Camden el rostro de Cristo está desfigurado por años de trauma, que a menudo están envueltos en estereotipos raciales y clasistas. Fuera de estos muros de marginación no se acepta el rostro de Cristo que refleja el trauma de esta ciudad. Y es más bien un rostro al que muchos dan la espalda, acusando o pidiendo sanar el rostro antes que formar parte de nuestra comunidad, de nuestra escuela, de nuestro "estilo de vida".

Personalmente a veces lucho con el cuerpo de Cristo crucificado porque parece más fácil ir a otro sitio y encontrarlo, experimentar un mundo donde la vida no está crucificada como ocurre en Camden. A veces experimento una disonancia emocional cuando no estoy en Camden, porque entonces la vida parece extrañamente diferente, cómoda y ausente a cuanto yo conozco de la ciudad. No quiero decir que en otras partes del mundo no haya sufrimiento, más bien lo que parece es que en otros lugares hay la capacidad para estar presente, encontrar ayuda, presencia y hasta compañerismo de una manera que aquí parece bastante inalcanzable. En Camden, la abundancia de Dios parece absorbida por los ataques cotidianos de la situación.

Y sin embargo, por muy extraño que parezca, en Camden yo encuentro a Dios. Me siento llamado a estar presente allí, profundamente movido por un sentido de justicia y una llamada persistente, convencido de que Dios cuida profundamente de esta situación, que me une a Jesús queriendo estar presente aquí. A menudo encuentro consuelo en la meditación de la Trinidad que quiere entrar en el mundo y en el envío del Hijo. Y me pregunto: "¿Es que Camden agota a Dios?" ¿Qué es lo que hay que encarnar aquí? ¿Cómo será para Jesús experimentar su creación, su realidad amada, tan maltratada? Y en esos momentos, muy parecidos a una carrera, toco con la mano el deseo de Jesús y encuentro "nuevo aliento".

No es que a menudo yo sienta que aquí tengo éxito. Mientras que muchos apostolados en la Compañía tienen "éxito", allí donde los jóvenes obtienen diplomas, donde se ganan competiciones deportivas, donde muchos alumnos obtienen becas y el éxito es medible, yo me encuentro más bien alineado con el ministerio del "fracaso". La gente con quien estoy fracasa todo el tiempo. Su progreso no es "lineal"; más bien sus caminos serpentean y su vida va de mal en peor. Todo parece hacerse pedazos. Enfermedades, cuentas para pagar, desahucios y sentencias judiciales, ocupan todo el tiempo y la vida no da para más. El progreso en Camden no se parece en nada al progreso que he vivido en mi vida. El acompañamiento no parece, no se siente como algo "exitoso", como cuando celebro la misa en una universidad local de la Compañía o cuando visito una parroquia suburbana. Y sin embargo, y sorprendentemente, Cristo está vivo aquí. Experimento profundamente el deseo de Dios de que aquí haya vida, el deseo de sanar la gran herida abierta, de tocar y estar presente entre gente que ha sido difamada y olvidada. Parece que se ofrece aquí con frecuencia la obra de Dios y la invitación a "no tener en cuenta el precio que hay que pagar".

Hace poco hemos empezado a plantar cruces para recordar a los muchos que han muerto este año en nuestra ciudad. Tenemos dos lugares en la ciudad donde una vez por semana, y a veces dos, nos reunimos e instalamos cruces con los nombres y la edad de las víctimas. Varios miembros de la comunidad decoran las cruces para las víctimas. A veces conocen a los fallecidos, otras veces no. De todos modos, lo hacen con una ternura y con una atención que a menudo queda silenciada.

Las cruces simbólicas y la gente que las crea y cuida, permanece cerca de la cruz de Cristo como un Gólgota de los tiempos modernos. Como las mujeres que permanecieron fieles a los pies de la cruz, una cruz desconocida para mucha gente en la Jerusalén de aquel tiempo, nuestra comunidad se reúne fielmente para creer, consolar, abrazar, esperando en Dios. Me sorprendo siempre viendo colegas, amigos y gente de a pie que desea esto. Me dan consuelo, y me siento fortalecido por su fidelidad hacia Cristo crucificado.

Jeff Putthoff, SJ

Hopeworks, USA

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Publicado por SJES ROME - Coordinador de Comunicaciones in SJES-ROME
SJES ROME
El SJES es una institución jesuita que ayuda a la Compañía de Jesús a desarrollar la misión apostólica, a través de su dimensión de promoción de la justicia y la reconciliación con la creación.