Las historias importan
"Allí donde en la Iglesia, incluso en los campos más difíciles y punteros, en las encrucijadasde las ideologías, en las trincheras sociales, se ha dadoy se da la confrontación entre las necesidadescandentes del hombre y el mensaje perennedel Evangelio, allí han estado y estánlos jesuitas" (Pablo VI)
Esta frase siempre me ha impresionado y fascinado desde que la oí por primera vez. Y creo que ahora -aunque sea en pequeña medida- puedo tener una experiencia concreta y directa de ella. Tengo, de hecho, la gran oportunidad y la suerte de vivir una de mis etapas de formación en el Centro Astalli, la rama italiana del Servicio Jesuita a Refugiados (SJR), que creo que representa justamente uno de los "campos más difíciles y punteros", una de las "trincheras sociales", donde se vive precisamente esa confrontación entre "las necesidades candentes del hombre" y "el mensaje perenne del Evangelio".
El Centro Astalli nació en 1981, un año después del llamamiento lanzado por el entonces P. General de la Compañía de Jesús, Pedro Arrupe, quien -impactado e impresionado por el sufrimiento de miles de "boat-people" vietnamitas que huían de la guerra- pidió a los jesuitas de todo el mundo que "llevaran algo de alivio a tan trágica situación", dando así origen al JRS. Desde entonces, el Centro Astalli se ocupa de acompañar, servir y defender a los refugiados por medio de una serie de servicios, que se han ido ampliando y diversificando con el tiempo, desde los relacionados con las necesidades iniciales de acogida hasta los que facilitan la integración y la inserción en la sociedad, pasando por la sensibilización y la incidencia política.
El comedor es el primer servicio que se creó y está situado en via degli Astalli, a un paso de la Piazza Venezia, en el corazón palpitante del centro de Roma. Si se pasa por esa calle a la hora de comer, es fácil toparse con una gran multitud de personas (por cierto, muy diversas), que a diario esperan y hacen cola para recibir una comida caliente. En varias ocasiones me he preguntado si ver una cola tan larga de gente, a la hora de comer, en una de las calles más céntricas de Roma, ha escandalizado, o al menos cuestionado, a la igualmente numerosa miríada de turistas que cruzan despreocupadamente esa calle todos los días, en su mayoría ignorantes de por qué esas personas hacen cola y de sus historias.
Confieso que incluso para mí, al principio de esta experiencia, no siempre fue fácil ver en las numerosas figuras alineadas no sólo a alguien necesitado, a quien ayudar, sino a personas, a seres humanos con una historia que contar, con amigos y parientes abandonados quién sabe en qué parte del mundo, con sus propios sueños y aspiraciones, con el deseo de empezar a vivir de nuevo una vida "normal". Fue escuchar sus historias, las historias de niños y niñas, hombres y mujeres, historias de personas como yo (que estoy escribiendo esto) y como tú (que estás leyendo esto), lo que me devolvió la humanidad de estas personas, lo que me permitió dejar de mirarlas con cierta desconfianza, dejar de mantenerlas a distancia, superar la frontera que -por un perverso mecanismo mental- no sólo trazamos en los mapas, sino que llevamos dentro y que nos impide encontrarnos realmente con el otro, a veces incluso verlo, relegándolo a un espacio marginal, físico y mental, para evitar que sacuda nuestras conciencias.
Hannah Arendt, en "Nosotros los refugiados", hablando de un hombre de mediana edad, al que "nadie quería tratar como a un ser humano dotado de dignidad propia", escribe: "Pronto aprendí que en este mundo de locos es más fácil ser aceptado como un 'gran hombre' que como un ser humano. Cada vez estoy más convencido que es creando espacios y momentos de encuentro directo con los refugiados y de escucha de sus historias, -como es promovido y favorecido por el proyecto en las escuelas "Ventanas - historias de refugiados"- como se puede invertir esta tendencia malsana. Historias que, en cambio, parecen interesar poco, sobre todo últimamente que tanto oímos hablar de migrantes y refugiados, de cifras, decretos, emergencias, pero nunca de sus historias.
Ciertamente, son historias nada fáciles de escuchar, porque están llenas de penurias, de dolor, de sufrimiento extremo, y, sin embargo, al mismo tiempo, de una manera que me resulta verdaderamente inexplicable, son capaces de transmitir vida y una esperanza inédita. Historias de resurrección, en las que muerte y vida se unen en una misteriosa paradoja. A pesar y después de todo lo que han sufrido y pasado, ver su capacidad para volver al juego, para no rendirse, para empezar una nueva vida, es lo que me da esperanza en la posibilidad de un mundo mejor. Ver sus rostros iluminarse con una sonrisa me hace vibrar el corazón, me da energía y me libera del abatimiento y de la sensación de impotencia, que a veces se apodera de mí, cuando pienso en las guerras, en el hambre, en las catástrofes naturales, en las injusticias que hay en el mundo.
Las historias importan. Sus historias nos afectan. Sus historias nos salvan.
¡Escuchémoslas!
Lorenzo Zura, escolar jesuita





