Testimonio

¡Todavía… tenemos voz!

Sean Toole, SJ Sean Toole, SJ

Desde que estudiaba secundaria, mi libro favorito ha sidoThird & Indiana, de Steve Lopez. La novela trata de un adolescente que es obligado a vender droga en Filadelfia, donde yo nací. La madre del chico convence a un sacerdote para que le ayude a buscarlo recorriendo los mercados de droga al aire libre en la ciudad, incluida la esquina de Third Street e Indiana Avenue, un cruce de calles real en una zona real de la ciudad conocida popularmente como lasBadlands, las «Tierras Malas». El sacerdote no logra persuadir a los pandilleros para que dejen marchar al muchacho, por lo que hace lo único que se le ocurre: empieza a recorrer la manzana en una y otra dirección, interrumpiendo ventas de droga, ahuyentando a potenciales compradores y llamando a los sufridos residentes de la zona, encerrados con llave en sus casas, a recuperar su espacio comunitario. Con cada vuelta que da, más luces se encienden en los porches de las casas y más personas salen a la calle. El barrio despierta del aislamiento y del miedo.

Ingresé en la Compañía de Jesús en 2004, el instituto jesuita de enseñanza secundaria Cristo Rey en Baltimore abrió sus puertas en 2007 y, por unas razones u otras, he estado aquí año tras año desde entonces. Cuando era escolástico, hice que mis alumnos leyeran esa novela. Se vieron a sí mismos en ella. Un adolescente me dijo en privado que le recordaba al sacerdote que sale en el libro. Seguramente sea el mayor cumplido que me han hecho nunca. Hoy ese muchacho está destruido por las drogas, atrapado en un vecindario muy parecido a las Badlands.

Las drogas, la pobreza y la violencia que ellas engendran asolan mi ciudad adoptiva, Baltimore. En los últimos cuatro años hemos tenido tres alcaldes y cinco inspectores jefe de policía. Hace dos años, la tasa de homicidios per cápita era la mayor de todas las grandes ciudades de Estados Unidos. Y la diferencia con las demás era considerable: aquí fueron asesinadas 56 personas por cada 100 000 habitantes, mientras que la ciudad que ocupaba el tercer lugar en la lista tenía una tasa de 28 asesinados por 100 000 habitantes: ¡justo la mitad! El año pasado fueron asesinados quince jóvenes en Baltimore. La primera persona asesinada en la ciudad, el 1 de enero, fue un niño. La última persona asesinada en la ciudad, el 31 de diciembre, fue también un niño. En lo que va de año (2019), en Baltimore se han producido 26 homicidios más que en toda Nueva York, aun cuando la población neoyorquina es catorce veces mayor que la nuestra. El director del instituto me ha informado esta mañana de que el hermano de uno de nuestros alumnos de noveno curso acababa de ser asesinado. Tenía diecisiete años.

El año pasado, nuestros alumnos empezaron a alzar la voz para afrontar este incesante horror. Cada vez que un niño es asesinado en la ciudad, los alumnos confeccionan un póster en forma de paloma con una rama de olivo en el pico. Exponemos visiblemente las palomas en las ventanas del centro que dan a una importante vía pública. Cada póster lleva el nombre y la edad de la víctima, junto con todos los detalles de su vida de los que podemos enterarnos. Taylor Hayes, de siete años de edad, recibió un disparo mientras regresaba en coche de un parque de atracciones; en su paloma puede verse, rodeando en zigzag todo el perfil, una pista de montaña rusa.

Cuando terminar el curso, no podíamos tirar los pósters sin más. En vez de ello, los alumnos sugirieron que los lleváramos en una marcha por la paz a la jefatura de Policía y al ayuntamiento. Una vez fuera del instituto, nos fuimos deteniendo en cada cruce para recordar a uno de los niños o adultos asesinados allí. Durante la marcha, los alumnos entonaron cántico, oraciones y consignas. Mi consigna favorita, iniciada por un joven y completada a coro por el resto, fue: «¡Todavía… tenemos voz!». Cuando pasamos por delante de su casa, una anciana se asomó por la puerta principal y, levantando los brazos, nos alentó. Recordé la escena con el sacerdote en Third and Indiana.

Delante del despacho del alcalde encendimos velas. Un hombre que estaba esperando al autobús se unió a nuestra vigilia cuando vio que una de las palomas recordaba a un muchacho al que él había entrenado en un equipo de fútbol americano. Uno de los alumnos –que había estudiado también en el colegio jesuita de enseñanza intermedia (11 a 13 años) de la ciudad– hizo entre lágrimas una loa fúnebre de su amigo y pidió que todos nos abrazáramos. Este alumno se quedó con la paloma en recuerdo de su camarada; las demás están grapadas ahora al techo de mi aula.

¡Venid en nuestra ayuda, santos de Dios; apresuraos a socorrernos, ángeles del Señor! ¡Bendecid a los niños que aún nos quedan para que ayuden a esta ciudad a encontrar la paz!

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Publicado por SJES ROME - Coordinador de Comunicaciones in SJES-ROME
SJES ROME
El SJES es una institución jesuita que ayuda a la Compañía de Jesús a desarrollar la misión apostólica, a través de su dimensión de promoción de la justicia y la reconciliación con la creación.