Feliz de participar en el esfuerzo…
Durante muchos años, de niño y de joven, viví con la convicción de que mi destino era dedicarme a la ingeniería. Crecí en una ciudad minera, en Mufulira (Zambia); y a la vista de la próspera situación de los ingenieros de todo tipo que trabajaban para las minas, me sentía atraído por la buena vida de la que disfrutaban estos técnicos.
Al mismo tiempo, crecí en una familia muy católica, por lo que desde pronto albergué un intenso deseo de ser sacerdote. Así, durante mis tres primeras décadas de vida, mi visión de la vida osciló entre volcarme en mis objetivos personales de hacer carrera profesional y los objetivos más profundos de servir a Dios y a la humanidad.
Tres cosas cambiaron el rumbo de mi vida, llevándola hacia el servicio a Dios y a la humanidad. En primer lugar, sentía una fuerte atracción por la oración silenciosa y, desde pronto en mi infancia, dediqué mucho tiempo a la oración sosegada y a la lectura de las Escrituras. En segundo lugar, mi amor por la reflexión personal y la eucaristía diaria me llevó al descubrimiento de que mi vida estaba llamada a ser partida como el cuerpo de Cristo y compartida por todos. Esta imagen de mi vida se hizo tan vívida que no podía escapar de ella. Además, este descubrimiento de la relación entre mi vida y la eucaristía me puso en camino hacia la búsqueda de qué significaba eso realmente.
Así, en tercer lugar, en un momento muy posterior de mi vida como estudiante, cuando cursaba ya el último año de mis estudios universitarios, hice unas prácticas en el Centro Jesuita de Reflexión Teológica (JCTR, Jesuit Center for Theological Reflection). En el JCTR comencé a descubrir qué implicaciones podía tener el «partir y compartir mi vida», y la respuesta fue: la promoción de una fe que obra la justicia. Durante esos tres meses en el JCTR, a través de la lectura y el seguimiento del trabajo del Centro y de otros grupos relacionados con él, cobré cada vez mayor conciencia de que nuestro mundo está roto y me convencí de que estaba llamado a ser parte de la solución para aportar sanación y justicia a ese mundo facturado. Me convencí además de que tenía la vocación jesuita y de que esta vocación tenía que ver con la promoción de una fe que obra la justicia.
Para completar el giro, mis estudios de grado en planificación urbana y regional en la universidad y la experiencia en JCTR me enseñaron un nuevo modo de mirar el mundo. La injusticia y el sufrimiento, tanto en mi país como en el mundo en general, devinieron así descarnadamente claros. Desde muy pronto supe que iba a hacer algo en relación con la justicia que estaba empezando a descubrir en nuestro mundo. De ahí que más tarde, cuando ingresé en la Compañía de Jesús, mantuviera como parte de mi formación jesuita encuentros con refugiados y pobres, con personas que pasaban hambre y sufrían. Estos encuentros me infundieron nueva energía para afrontar la injusticia y el sufrimiento. Me convencí de que mi vida estaba destinada a tomar partido por los marginados, a alzar la voz en su nombre o simplemente a estar con ellos y acompañarlos en sus luchas. No podía permitirme permanecer en silencio ni mantenerme al margen. Me di cuenta de que en el mundo existe una inmensa agonía silenciosa y de que es tarea de toda persona humana ser voz de los pobres saqueados, evitar la profanación del alma y la violación de nuestro sueño de honestidad
Además, mientras estudiaba teología y las Sagradas Escrituras, mi exposición a los profetas en la Biblia y en el mundo actual intensificó mi deseo de comprometerme en la lucha por la justicia. Cuanto más en profundidad me sumergía en el pensamiento de los profetas, tanto más poderosamente se me evidenciaba lo que las vidas de los profetas trataban de comunicar: que, hablando desde el punto de vista moral, no hay límite para la preocupación que uno debe sentir por el sufrimiento de los seres humanos. Asimismo se me hizo patente que, por lo que respecta a las crueldades cometidas en nombre de una sociedad libre, algunos son culpables, pero todos somos responsables. Yo no me sentía culpable como individuo africano por la injusticia y el sufrimiento en mi país, en África y en el mundo en general, pero sí profundamente responsable. "No atentarás contra la vida de tu prójimo” (Levítico 19, 16) no es una recomendación, sino un imperativo, un mandamiento supremo. Por eso, he decidido cambiar mi modo de vida e involucrarme de forma activa en la causa de la justicia y la paz en África y en el mundo. Soy, de hecho, el guardián de mi hermano y mi hermana y, por tanto, me siento feliz de participar en el esfuerzo por promover el ministerio social jesuita en África y el mundo entero.