Reflection

Retomar las fuentes de la vida y la justicia

Abstract

Los pueblos indígenas se enfrentan a la creciente presión de los proyectos de desarrollo económico que explotan los recursos naturales, poniendo en entredicho sus relaciones tradicionales con la tierra, la comunidad y la cultura. Este artículo destaca la necesidad de reconocer la sabiduría indígena en el equilibrio ecológico y el papel de los jesuitas en el apoyo a los derechos indígenas y la defensa del medio ambiente.

Las tradicionales relaciones de los pueblos indígenas con la tierra, la comunidad, las otras culturas y el mercado, siguen cambiando. En unos casos, lo hacen en respuesta a la presión de los diversos proyectos de desarrollo promovidos por los Estados y ONGs. En otros, como reacción a su propio deseo de bienestar en un mundo cuya mirada cambia en contacto con otros, donde la modernidad y su tecnología penetran inexorablemente los espacios más íntimos hasta mutar la imaginación y la identidad mismas de la gente. En cualquier caso, el desarrollo y crecimiento económico basado en la explotación de recursos naturales no cesa. Aunque en el así llamado “Primer Mundo” la economía migre hacia la prestación de servicios y la innovación tecnológica, lo que cambia es solo el tipo de recursos naturales a explotar en zonas menos exploradas, que son las usualmente habitadas por los pueblos indígenas como últimas zonas de refugio. Tampoco los países del “Tercer Mundo”, eufemísticamente llamados “en vías de desarrollo”, pueden dar el imposible mágico salto al Primer Mundo sin dejar de lado la explotación-exportación de recursos naturales con algo más o menos de valor de agregado. De cualquier forma, la presión sobre el acceso a los recursos naturales choca cada vez más con la presencia y los derechos de los pueblos indígenas, cuyos territorios son invadidos por la minería, agroindustria y ganadería, y cuyos líderes son criminalizados por oponerse al “desarrollo”.

Pero no se trata simplemente de un conflicto por derechos de posesión o de propiedad de los bienes de la naturaleza, que se cierne voraz sobre océanos, fuentes de agua dulce, páramos andinos, selvas centroamericanas y la Amazonía, en América Latina. El choque mayor se da a nivel de la imposición de imaginarios que fuerzan a los pueblos a considerar como “recursos” los que han sido tradicionalmente “dones”. Y esto es de los niveles máximos de violencia porque fuerza a los pueblos indígenas a pelear incluso la defensa de sus derechos y tradiciones en los términos o imaginarios cada vez más asumidos de los colonizadores: de la transacción y protección de “recursos”. Así, la Tierra, que en las distintas concepciones originarias de los pueblos indígenas de América es madre, fuente, cuna y cobijo, espacio de vida inseparable de la existencia de todos quienes en ella habitamos, pasa a ser tratada como exterioridad ajena, útil y necesaria para los negocios. Con esa colonización de los imaginarios fundamentales, se nos arrastra (a indígenas y no indígenas) a la escisión de la vida misma por la forzada ruptura con el bioma en el que nos habitamos.

Por eso, cuando los luchadores indígenas son conscientes de que han sido arrastrados a la pelea por la vida en términos de lucha por “recursos”, la resistencia e indignación no son suficientes para reparar la angustia de saber que se está perdiendo la batalla dese el comienzo mismo: que la lucha es no ya por vivir bien, sino por no vivir mal. Más aún, el desasosiego crece cuando las brechas generacionales salen a flote y la división de la comunidad que lucha por mantener los imaginarios que sustentan sus tradiciones y ritos se hace evidente. Así, en una misma comunidad se hallan jóvenes y viejos que luchan por mantener el oxímoron de la integración de las culturas tratando de vivir lo mejor de los “dos mundos”, como cuando distinguen cultivos orgánicos para el consumo propio y usan agroquímicos para maximizar las siempre esquivas posibilidades de rentabilidad de la cosecha que va al mercado. Otros, se niegan a aceptar la contradicción vital en la que se hallan y defienden la pureza de un legado amenazado hurgando en su memoria colectiva para rescatar fragmentos de lo que alguna vez fue; y que se debaten entre el aislacionismo y la nostalgia de ese glorioso o mítico pasado incluso rechazando los ropajes cristianos que les fueron impuestos en los procesos de colonización. Hay también quienes se dan por vencidos y buscan incorporarse a la lógica del uso de los recursos de la biomasa para vivir mejor que las demás familias; pare eso usan las posibilidades de la integración en la cultura dominante a través de la migración temporal, la educación de tinte Occidental, y el negocio hasta de la propia cultura. Esos últimos usualmente se convierten en los grupos “exitosos y desarrollados”, con dinero y hasta influencia política, aunque frecuentemente cargados de nepotismo. Sin embargo, para complicar aún más las cosas, en medio de todos estos “grupos” y sus “estrategias”, hay presencias religiosas externas, sobre todo formas de cristianismo que apoyan cada una de esas tendencias en el nombre de “Dios”. Bien sea desde la “benévola” presencia de misioneros que buscan “educar” a la gente para que sean indígenas modernos y piadosos. Pasando por las experiencias de “inculturación” que valoran lo indígena hasta como fuente de revelación y que proponen formas de presencia desde el respeto, el acompañamiento solidario y el descubrimiento de la riqueza mutua de sus diferencias a través de procesos de concientización. Hasta la cuasi negación de la cultura y sus tradiciones “paganas” en pos de fundamentalismos religiosos y una teología de la prosperidad individual que tiene buenas fuentes de financiación para sus modelos de éxito (realidad cada vez más común, donde los indígenas con mejores negocios suelen ser de diversas denominaciones evangélicas).

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Sin embargo, son los pueblos indígenas con su modo de vivir, de resistir y de cambiar los que nos hacen tomar consciencia de este proceso. Con sus relaciones con la tierra y la comunidad, hacen evidente a través de su cultura y tradiciones que en lugar del bioma del que somos parte como don y como gracia, hemos ingresado en una lógica que nos impone una vida de lucha y competencia donde todo es “bio-recurso”. Incluyendo los escindidos territorios y sus habitantes (minerales, flora, fauna y humanos) que deben ser usados (explotados) para el fin superior del “desarrollo” en forma de crecimiento económico. Donde el componente de “recurso” termina por estrangular el de “bios”. Pues, para los pueblos indígenas de América, no se trata solamente de biomasa (energía orgánica disponible) ni de biomas (zonas de vida) independientes del ser humano sobre los que tenemos autoridad. Y este fenómeno llega a su epítome revelatoria en las ciudades, donde los indígenas que han migrado por motivos diversos incluyendo la necesidad de supervivencia, se sienten perdidos y desarraigados. Porque mientras más urbanizado es el territorio, mayores son la escisión con el bioma, la competencia por los recursos y el distanciamiento con las culturas ancestrales. Por eso, este mismo fenómeno, en su reverso, nos permite también iluminar el vacío de los ciudadanos, que viven para trabajar y trabajan para consumir, porque habitan un territorio artificial donde ya nada es gratis, don; sino recurso escaso por el que se debe trabajar para llenar así, con esfuerzo y con productos, la creciente fragilidad y carencia de sentidos existenciales en medio de relaciones comunitarias y socio-ambientales de competencia por los limitados recursos de una bioma cubierta de cemento, acero y circuitos integrados.

Incluso en la fe católica se recuerda cada Miércoles de Ceniza que “somos polvo y en polvo nos convertiremos”. Conmemoración de la creación, que en la versión Judeocristiana afirma que somos hijos de Adama (tierra), terrenos (Adán), y que a ella volveremos. Pero para los pueblos indígenas ser parte de la tierra no refiere simplemente al origen y fin material, sino a la constitución misma, a las características de la existencia humana, que nunca se separa de la Adama, de la Pachamama. Por eso los indígenas no se conciben ni pueden vivir en plenitud desterrados de su territorio, del que siguen siendo históricamente desplazados. Porque las montañas, plantas, piedras y ríos,… son fuentes de vida, son común-unidad que nos alberga, sin olvidar nunca en el pasado la presencia de los espíritus que han vivido porque siguen siendo compañeros de camino. Por eso, al afectar los causes y los bosques, se afectan también tanto a los antepasados que los habitan cuanto a nosotros mismos que los usamos. Los pueblos ancestrales nos muestran que nosotros no somos el centro y el fin último de la creación; salimos de Adama pero Pachamama no es para nuestro servicio. La tierra es la madre que nos “parió”, que nos acoge y de la que vivimos, porque todos somos Adán, surgidos de su agua, barro, madera, o maíz como los mitos cuentan.

De ahí que, para las diversas culturas indígenas no pueda haber “gobierno o poder sobre” la tierra (Génesis 1,28), sino interacción respetuosa con la creación. Los pueblos indígenas saben y así lo viven, que la vida (bioma global) no es “cosa” que se “usa” sin pagar las consecuencias de alterar sus armonías. Por eso sus ritos y tradiciones buscan siempre la justicia como experiencia común de restauración del equilibrio. Justicia que tiene dimensiones cósmicas y donde pareciera no haber espacio para el perdón y el olvido. Búsqueda de equilibrio que se expresa en los ritos de pago y ofrenda a la tierra, en la no apropiación de lo que es común y en la solidaridad con los necesitados, en el trabajo cooperativo comunitario, en la redistribución de los recursos de quien más tiene haciéndole responsable de las fiestas; y también en la reciprocidad de los actos violentos y hechos de sangre entre miembros de distintas tribus porque amenazan el equilibrio de su coexistencia. En fin, nuestros hermanos y hermanas indígenas buscan vivir en armonía con la naturaleza (bioma que incluye a todos) que es guía cuando se la escucha y respeta, pero que castiga violentamente cuando se la amenaza e intenta gobernar. Por eso, también los diversos mitos de los pueblos nos cuentan que no podemos destruir la Casa Grande o Común sin que la Pachamama (Madre Tierra) aniquile a la generación que la acecha, y preserve un remanente de pueblos para que sigan viviendo en harmonía con ella, porque la Vida no se violenta a sí misma, sino que hace justicia restituyéndose y renovándose.

Hoy necesitamos reconocer con humildad y valentía los profundos vínculos que nos unen con los pueblos indígenas en sus culturas y prácticas ancestrales, pero que hemos dejado de lado por promover diversos paradigmas de desarrollo y supremacía cultural y religiosa. Casa adentro, podríamos incluso decir que en la experiencia del Cardoner, San Ignacio adquirió una renovadora visión sintética y orgánica sobre la vida que no debió distar mucho de la experiencia primigenia de los imaginarios de nuestros pueblos indígenas: todo es uno, pero no lo mismo. Pues los pueblos indígenas nos enseñan un modo de vida que no es simplemente animista ni panteísta (conceptos ajenos a su experiencia), sino que nos recuerdan también lo que Ignacio recogió en los Ejercicios Espirituales: que somos creados, que debemos ordenar nuestros afectos, que sólo debemos “usar” de lo creado tanto cuanto nos ayude a vivir la plenitud para la que fuimos creados -por un Dios que no cesa de habitar y trabajar en todas las creaturas para que hagamos nuestra su voluntad y colaboremos activamente para que así sea allí donde quiera que nos encontremos. Todo ello matizado desde la experiencia cristiana de la misericordia como manifestación amorosa del Padre creador que, liberada de manchas de cinismo e incoherencia, plenifica la justicia.

En América Latina hay una larga tradición de Jesuitas que hemos vivido y trabajado con pueblos indígenas y que seguimos aportando a la reflexión y difusión de las culturas, tradiciones e imaginarios ancestrales aún desde nuevos lugares de misión. Actualmente son unos 66 los que están trabajando directamente junto o para los pueblos indígenas: 24 en México, 13 en Perú, 10 en Brasil, 7 en Bolivia, 5 en Centroamérica, 3 en Chile, 2 en Ecuador, y 2 en Paraguay. Los servicios varían desde parroquias con pastorales más o menos inculturadas, instituciones interculturales y científicas, radios comunitarias, escuelas y centros de formación vocacional, organizaciones de productores orgánicos y “comercio justo”, hasta la simple presencia solidaria en territorio ajeno de comunidades que se abren y acogen a los nuestros no sin temor a los neo-colonialismos religiosos, humanistas y hasta ecológicos.Sin embargo, losretos y oportunidades para la Compañía de Jesús para servir a los pueblos indígenas de hoy son enormes. Hay que seguir caminando en sus luchas por los biomas, por la vida de la que somos parte, con presencia solidaria y/o misionera,abogacía, apoyo legal y financiero,… Sobre todo, hay que promover una nueva comprensión de la justicia y el derecho que reconozcan el valor intrínseco de la creación y que ayuden a protegerla (a protegernos) en nuestro presente y a preservar la vialidad de un futuro digno para todos en la Casa Común. En lo político, habría que impulsar cambios en los marcos regulatorios para incluir Derechos de la Naturaleza, como ya se ha hecho en Ecuador y Bolivia, aunque estén amenazados de retroceso porque no han llegado a ser políticas de Estado sino de gobiernos, a pesar de estar consagrados en sus Constituciones. Y en lo individual, mucho ayudará revisar las reflexiones y recomendaciones prácticas que se hicieron en “Sanar un mundo herido” (PI 106, 2011/2) y se profundizaron en “Laudato Si”.

Pero también debemos acompañar a quienes, indígenas o no, en el campo o las ciudades, “pierden su vida” a cambio de la satisfacción de la competencia por el bienestar a través del uso de los recursos naturales y humanos. Esto puede ser hecho por todos, sin importar que lejos podamos estar de los pueblos indígenas; en todos nuestros ministerios de la Compañía de Jesús. Podemos y debemos hacer nuestro, pero esta vez en términos de ecología global, el desafío de trabajar todos para los pobres, algunos con los pobres, y unos pocos como los pobres cuando ellos nos abren sus puertas, como ya el P. Kolvenbach nos invitaba. Pero no podemos predicar aquello en lo que no creemos, no podemos compartir lo que no vivimos. Hace falta una profunda toma de consciencia de nuestros propios imaginarios fundamentales a través de los cuales interpretamos las relaciones interpersonales y socio-ambientales, entendemos los biomas, y leemos los Evangelios. ¿Seguiremos predicando que hemos sido puestos en el Edén para “dominar lo creado,” como si nosotros no fuésemos parte de la misma creación, como si ese dominio no empezara por nosotros mismos, por nuestros afectos desordenados? Pues, quizá no se trata de dominio ni de cuidado de lo que nos es ajeno, sino de respeto por la realidad que nos envuelve, como nos muestran los pueblos indígenas a pesar de las amenazas que se ciernen sobre ellos.

En todas nuestras obras y ministerios podemos trabajar para no seguir obviando esa mística ecológica encarnada de los pueblos indígenas que nos conecta directamente con el corazón de las fuentes místicas de la Iglesia desde los Semina Vervi de los Padres, pasando por el legado espiritual de Francisco de Asís e Ignacio, la sangre de los luchadores indígenas por la justicia y ecología integral, hasta los deseos que impulsan el llamado al Sínodo de la Amazonía.

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Publicado por SJES ROME - Coordinador de Comunicaciones in SJES-ROME
SJES ROME
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