Cigarrillos, café y justicia: la inusual santidad de Martin Royackers, SJ
El cigarrillo en la boca, aspecto desaliñado, confesión incluso en un bar: el P. Martin Royackers, SJ, podía sorprender. Según varios testigos, su primera impresión no fue siempre buena. Sin embargo, este jesuita canadiense, de mente aguda, era un ferviente defensor de los derechos humanos, profundamente comprometido con la justicia social y con su relación con Dios. Murió en 2001 en Jamaica, asesinado delante de su iglesia por razones aún desconocidas, pero muy probablemente relacionadas con su apostolado. Fotógrafo
"Un diamante en bruto”
Nacido en 1959 en una granja de Ontario, Martin Royackers discernió pronto su vocación a la Compañía de Jesús y entró en el noviciado a los 18 años. Durante su formación, entre otros lugares, trabajó con personas marginadas en la granja jesuita de Guelph. "Acogía en la comunidad a personas a las que yo nunca habría acogido. Su gran fuerza", dice el P. Bill Clarke, antiguo director de la granja de Guelph, "era su pasión por la vida y por Dios". Y para Martin, la fe tenía que estar enraizada en la justicia.
Apasionado e intenso, cínico y muy sensible, divertido y profundo, Martin Royackers era un hombre complejo que nunca guardó su lengua o su pluma (lapicero) en el bolsillo. Nunca dijo nada simplemente para complacer a la gente o a las instituciones, sino que siempre dijo lo que pensaba. Por ejemplo, en Compass: A Jesuit Journal, escribió en 1966:
"Estoy agradecido por el Concilio Vaticano II. No necesito cantar misas en latín ni llevar hábito. Pero también tengo algunas dudas. Me dicen que el Vaticano II introdujo a la Iglesia en el mundo moderno, pero ¿qué tiene de bueno el mundo moderno para que queramos precipitarnos en él? Si la Iglesia no es democrática, tampoco lo es el mundo moderno. Ambos tienen demasiados burócratas y políticos cargados de ego".
Jamaica: un segundo nacimiento
En 1994, el padre Royackers fue enviado contra su voluntad a la parroquia de Santa Teresa, en Annotto Bay (Jamaica). Allí pasó el resto de su vida, adaptándose tan bien que no deseaba otra cosa que volver cada vez que tenía que viajar.
Entre otras cosas, fue superior de su comunidad jesuita, sacerdote en varias parroquias y profesor. Después de la misa de la mañana, se pasaba el día fuera, atiborrándose de café y cigarrillos antes de volver a casa para cenar.
Para él, nada estaba por debajo del trabajo de un sacerdote: llevaba gente al hospital en su camión, cargaba abono, instalaba un sistema de agua corriente para varias familias y trabajaba con sus manos junto a los campesinos.
También fue director del Proyecto de Desarrollo Rural de Santa María. Además de ayudar individualmente a los pequeños agricultores, el objetivo de este proyecto era formar cooperativas agrícolas. La distribución de la tierra en Jamaica, marcada por el legado de la esclavitud, estaba concentrada en manos de unos pocos. Los agricultores con los que trabajó el P. Royackers sólo tenían pequeñas parcelas, poco aptas para la agricultura. El proyecto de desarrollo apoyó el trabajo de los agricultores, permitió mejorar sus ventas y aumentó su independencia financiera.
Pero esta implicación también suscitó animadversión. Como apoyaba a los agricultores en sus reivindicaciones de un reparto más justo de la tierra, los promotores inmobiliarios veían con malos ojos al jesuita, pero eso no le detuvo.
La educación también era muy importante para Martin. Formó parte de consejos escolares y trabajó para que todos los niños tuvieran acceso a la escuela. Además, se aseguró de que todos tuvieran algo que comer y de que los niños pudieran hacer deporte, por ejemplo, haciendo construir una cancha de baloncesto.
Una espiritualidad cercana a la gente
La espiritualidad también estaba en el corazón del apostolado de Martin Royackers. Algunos domingos, podía pasarse 7 horas celebrando misa. Pero, sobre todo, se adaptó a su comunidad. Uno de sus feligreses señaló que "llegó a comprender cómo reaccionan los jamaicanos en términos de experiencia espiritual. Ha trabajado mucho la liturgia. Es más carismática, más divertida, más viva".
Para el obispo Charles Dufour, Martin "debió de tener una sólida relación con Dios para hacer lo que hizo, vivir en absoluta pobreza". El jesuita amaba a los pobres y siempre estaba a su lado. Su trabajo en Jamaica, entre y con los jamaicanos, le granjeó mucho amor a cambio. La hermana Shirley Thomas dijo de él que no trabajaba con jamaicanos, sino que se había convertido en un jamaicano nativo. Sus feligreses incluso le dieron el título de "hombre de raíces", un honor normalmente reservado a los jamaicanos de nacimiento.
"Algunos decían que no acababa de encajar en la comunidad jesuita. Pero en su inteligencia, búsqueda de la justicia social, opción por los pobres, una vida de pobreza, vivió verdaderamente sus votos."
Fuentes :
Recuerdos de Martin- P. Martin Royackers (National Catholic Broadcasting Council) Erica Zlomislic, Otro mártir jesuita, Holy Post.