El Nuevo Humanismo: Una Educación al Servicio de la Fe y la Promoción de la Justicia
Abstract
En este artículo, José Alberto Mesa, S.J., examina la historia de la educación jesuita, trazando su evolución desde las raíces humanistas hasta su énfasis actual en «servir a la fe que hace justicia». El artículo destaca hitos, como el establecimiento de las primeras escuelas jesuitas que ofrecían educación gratuita y la llamada del Padre Pedro Arrupe a formar «hombres [y mujeres] para los demás.» Mesa hace hincapié en cómo la educación jesuita se ha centrado cada vez más en la justicia social, la inclusión y el servicio a los pobres. A través de sus escuelas e iniciativas como Fe y Alegría, Cristo Rey y el JRS, la educación jesuita en todo el mundo refleja un nuevo humanismo que combina la excelencia académica con compromisos éticos, con el objetivo de formar personas que busquen cambiar el mundo a través de la fe, la justicia y la compasión.
“Dicho brevemente: la misión de la Compañía de Jesús hoy es el servicio de la fe, del que la promoción de la justicia constituye una exigencia absoluta,en cuanto forma parte de la reconciliación de los hombres exigida por la reconciliación de ellos mismos con Dios.” (CG. XXXII, D.4, No. 2)
Los primeros jesuitas entendieron que la Compañía de Jesús se había fundado “para la gloria de Dios y el bien común” (Fórmula del Instituto, 1550, No. 1). Como O’Malley explica en su libro “Los Primeros Jesuitas” esto llevó a que los jesuitas concibieran los colegios como “obras de caridad” tal como se describía en las Constituciones (No. 440) (Ver, The First Jesuits, Harvard University Press, Cambridge, MA, 1993, p. 208). En los colegios se podían realizar de manera privilegiada la “ayuda a las almas” que tanto inspiraba a los primeros jesuitas en su trabajo. Precisamente la filosofía educativa humanista que adoptaron reforzaba la convicción que el sentido último de la educación era ayudar a las personas a orientar su vida a Dios y al servicio del bien común. Los jesuitas acuñaron el término de “elocuencia perfecta” para describir su finalidad educativa: una formación que combinaba la buena retórica con la sabiduría y la virtud. Esa era su concepción de lo que hoy llamaríamos una formación integral. Para estos jesuitas, una persona educada era una persona que sabía hablar y escribir, y en la cual sus palabras eran coherentes con su comportamiento ético y espiritual dentro de un contexto de servicio al bien común. En este sentido es claro que desde el primero momento la educación de la Compañía tenía una dimensión de formación social desde la óptica humanista del siglo XVI.
Otro elemento importante de los primeros colegios era su gratuidad. San Ignacio y los primeros Generales solo aceptaban abrir colegios que pudieran ofrecer educación gratuita para asegurar que los colegios podían servir a todos sin distinción de medios económicos. Esto cambió cuando la Compañía fue restaurada en 1814 y el modelo de fundaciones realizadas por grandes benefactores no fue posible continuar dados los nuevos contextos políticos y económicos. Sin embargo en muchas partes se hicieron grandes esfuerzos para evitar que solo aquellos con medios económicos pudieran ingresar a nuestros colegios.
Sin embargo en 1973 el P. General Pedro Arrupe, en respuesta al llamado del Concilio Vaticano II y de los nuevos contextos de la Iglesia y del mundo lanzó su famoso desafío hablando en el Congreso de Exalumnos europeos en Valencia:
“¿Os hemos educado para la justicia? ¿Estáis vosotros educados para la justicia? ... creo que tenemos que responder los jesuitas con toda humildad que no; que no os hemos educado para la justicia, tal como hoy Dios lo exige de nosotros.”(No. 10)
Arrupe reconocía que los nuevos tiempos pedían un concepto de servicio al bien común que iba más allá del humanismo del siglo XVI. Se trataba como Arrupe lo explicaba:
“La acción en favor de la justicia y la participación en la transformación del mundo se nos presenta claramente como una nueva dimensión constitutiva de la predicación del Evangelio, es decir, la misión de la Iglesia para la redención del género humano y la liberación de toda situación opresiva” (No. 30, citando el Sínodo Nos. 5-6).
Se necesitaba pues un nuevo humanismo en el que el concepto de servicio al bien común implicara la promoción de la justicia, es decir, de la liberación de la opresión y la transformación de las estructuras sociales que la posibilitan. Arrupe propone entonces una nueva interpretación del humanismo de la Compañía y por tanto un nueva manera de entender su educación:
“Nuestra meta y objetivo educativo es formar hombres que no vivan para sí, sino para Dios y para su Cristo; para Aquel que por nosotros murió y resucitó: hombres para los demás, es decir, que no conciban el amor a Dios sin el amor al hombre; un amor eficaz que tiene como primer postulado la justicia y que es la única garantía de que nuestro amor a Dios no es una farsa, o incluso un ropaje farisaico que oculte nuestro egoísmo. Toda la Escritura nos advierte de esta unión entre el amor a Dios y el amor eficaz al hermano” (No. 7).
Formar personas para los demáses ahora el lema que encarna el nuevo llamado de la Iglesia y expresa el ideal del servicio a la fe y a la justicia como lo pedía el Papa y los obispos: “el tipo de hombre que hemos de formar, el tipo de hombre en que hemos de convertirnos, si queremos servir a ese ideal evangélico de justicia: el hombre para los demás, el hombre nuevo, espiritual, es decir, llevado por el Espíritu, que transforma la faz de la tierra” (No. 18).
Por eso cuando la Congregación General XXXII declaró que “la misión de la Compañía de Jesús hoy es el servicio de la fe, del que la promoción de la justicia constituye una exigencia absoluta ”se entendió como una confirmación del llamado de Arrupe. Igual que Arrupe esta declaración de la Congregación generó controversias en los colegios y muchos pensaron que se iba demasiado lejos y que en el contexto de la guerra fría y las luchas ideológicas de la época se hacía una alineación peligrosa con la ideología comunista. Sin embargo, la Congregación, como Arrupe, no hacían sino reafirmar lo que la Iglesia declaraba en sus documentos.
Más allá de las controversias el llamado de Arrupe y la Congregación abrieron un camino de reflexión y renovación en los colegios que continua en nuestra época. Poco a poco, en muchos casos venciendo grandes resistencias, los colegios fueron asumiendo la nueva perspectiva y afirmando que no bastaba formar personas de excelencia académica sino personas donde esa excelencia se pusiera al servicio de la fe y la promoción de la justicia. La decisión de los provinciales de Estados Unidos en 1975 habla claramente del impacto en los colegios: “siguiendo el mandato de la Congregación General XXXII, los provinciales afirman que el servicio de la fe y la promoción de la justicia, como un único norte, debe ser fundamental para el apostolado educativo secundario” (Project 1. Agreements and decisions, October 1975, p. 4)”.
Los colegios fueron incorporando cambios importantes en su currículum donde se incluyeron temas de justicia social, análisis político y pensamiento crítico. A nivel de la formación social se renovaron los grupos apostólicos desde una óptica de servicio social, conocimiento de la realidad y análisis de las estructuras de injusticia con experiencias como campamentos misión, trabajo en barrios populares y trabajos voluntarios en poblaciones marginadas. Por ejemplo, los colegios de Colombia han adoptado desde esta época un Programa de Formación en Acción Social (FAS) que incluye todos los grados ofrecidos en los colegios y que busca despertar la conciencia social y llevar a la transformación de las injusticias sociales para lograr una sociedad más justa y participativa. Muchos otros colegios de la Compañía tienen programas similares integrados dentro de sus propuestas educativas.
Dentro de esto contexto la Compañía publicó importantes documentos para los colegios donde adoptaba esta nueva visión. En 1986 publicó Características de la Educación de la Compañía de Jesús donde se afirma
“La orientación central de una escuela jesuita es la educación para la justicia. Una información adecuada, unida a un pensamiento riguroso y crítico, hará más efectivo el compromiso de trabajar por la justicia en la vida adulta… la educación para la justicia comprende tres aspectos distintos en el contexto educativo:
1. El tratamiento de los problemas de la justicia en el programa de estudios.
2. Las líneas de acción y los programas de una escuela jesuita dan un testimonio concreto de la fe que realiza la justicia.
3. ‘No hay auténtica conversión a la justicia si faltan obras de justicia’” (Nos. 77-80).
Unos años más tardes publica un documento que profundiza la pedagogía que debe practicarse en nuestros colegio, Pedagogía Ignaciana: un Planteamiento Práctico de 1993. El P. General Kolvenbach al presentar el nuevo documento reafirma la nueva orientación “el humanismo cristiano de finales del siglo XX incluye necesariamente el humanismo social… El servicio a la fe y la promoción de la justicia, que ello lleva consigo, es el fundamento del humanismo cristiano contemporáneo” (No. 124). El documento propone una pedagogía orientada a la acción que tiene siempre en cuenta el análisis de realidad del contexto buscando una transformación de las personas y el mundo.
En su documento más reciente, Colegios Jesuitas: una Tradición Viva en el siglo XXI, se reafirma el compromiso con la justicia citando el texto ya tomado de la CG XXXII y confirma que “el compromiso con la justicia social no es marginal a la misión: está en su centro” (No. 201). El documento también incluye el compromiso con el cuidado de la creación como parte de la promoción de la justicia hoy como ha sido explicado por el Papa Francisco en su encíclica Laudato Sì: “No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socioambiental” (No. 140).
También es importante anotar que el P. General Kolvenbach enfatizó que el servicio de la fe y la promoción de la justicia implican la opción preferencial por el pobre como ha sido explicada en los documentos de la Iglesia y propuso un importante criterio para nuestros colegios:
“Deberíamos exigir a todos nuestros alumnos que usen la opción por los pobres como un criterio, de que nunca tomen una decisión importante sin pensar antes cómo puede afectar a los que ocupan el último lugar en la sociedad” (Los desafíos de la educación cristiana a las puertas del tercer milenio, en El P. Peter-Hans Kolvenbach, SJ y la Educación 1983-2007, ACODESI, Bogotá, 2009, 291).
El P. General Sosa reconocía hace poco el avance que estos llamados han tenido en nuestros colegios:
“Nuestras obras apostólicas en general y nuestras instituciones educativas en particular han avanzado enormemente en este camino de educar para la justicia que nace de la fe y por ella se deja iluminar, y de invitar a nuestros alumnos a ser agentes de cambio en la construcción de sociedades más justas y fraternas. Hoy muchos identifican la educación jesuita por su claro compromiso con la justicia. Nuestras obras educativas han desarrollado numerosos programas, proyectos, y grupos de acción para que nuestros estudiantes adquieran un sentido crítico de la realidad, conozcan las raíces profundas y estructurales de nuestros problemas sociales y políticos, y puedan actuar en consecuencia. Sin duda nos queda mucho por hacer en este campo, tendremos que seguir discerniendo cómo responder a los desafíos siempre nuevos que la educación para la justicia y la reconciliación exigen” (Los antiguos alumnos de la Compañía de Jesús invitados a ser compañeros en la misión de reconciliación y justicia en nuestro mundo actual, AR, 2023, 7).
Los avances y los desafíos son grandes. Sin embargo, en el área que la educación de la Compañía ha mostrado mayor creatividad para responder al desafío de la justicia hoy es en los modelos de educación escolar para las poblaciones más excluidas de nuestras sociedades. Algunos de estos modelos se iniciaron antes del Vaticano II pero se alinearon rápidamente al deseo de contribuir a la promoción de la justicia como elemento de una educación de calidad en los contextos de las poblaciones más excluidas. En 1940 comenzó lo que hoy conocemos como la Fundación Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia (SAFA) en España. Actualmente cuenta con 26 centros en los que se busca formar “hombres y mujeres para los demás, que sean conscientes, competentes, compasivos y comprometidos” (https://www.safa.edu/fundacion-safa/conocer-safa) desde una orientación profesional para el trabajo con énfasis en la dimensión tutorial entre las poblaciones más empobrecidas del sur de España.
Otro modelo importante es el de las escuelas de Fe y Alegría. Este movimiento nace en 1955 en Caracas ofreciendo educación de calidad “donde se acaba el asfalto”. Actualmente, en colaboración con muchos religiosos de muchas congregaciones religiosas y laicos, ha construido una red de educación popular con un gran impacto en Latinoamérica y ahora en África y Asia llevando calidad educativa a los más pobres y promoviendo el derecho a la educación de calidad para todos en los foros internacionales. Actualmente cuenta con más de 1.700 centros educativos en más de 22 países y muchos otros programas de servicio a los más pobres de nuestro mundo. Fe y Alegría concibe su educación dentro de la óptica de la educación popular y la promoción social que buscan la construcción de una sociedad más justa y fraterna.
Otros modelos se han desarrollado dentro del contexto del llamado a la promoción de la justicia y la opción por los pobres. Entre ellos vale la pena destacar el modelo de Cristo Rey que nace en Chicago en 1996 como respuesta a los inmigrantes hispanos más pobres y que hoy constituye una red con 40 colegios de secundaria en Estados Unidos sirviendo a los más pobres de las zonas urbanas. Uno de sus elementos más novedosos es la integración que, a través de su programa de estudio y trabajo corporativo, (Corporate Work Study Program – CWSP) hacen entre un rigoroso programa académico de preparación para la educación superior y la experiencia de trabajo profesional. También en Estados Unidos nació otro importante modelo de escuelas primarias conocido como el modelo “Nativity”. Este nació en 1971 en Nueva York en una de las zonas más marginadas de la ciudad con la finalidad de ofrecer educación de calidad que diera la oportunidad a los niños hispanos de acceder a una buena educación secundaria, y poder así, quebrar el ciclo de pobreza para ellos y sus familias. Es un modelo que ha mostrado resultados asombrosos y que ha logrado lo que promete. Para ello ha desarrollado un año académico extendido con largas jornadas en el día, con grupos pequeños y actividades de verano.
En India también la Compañía ha desarrollado propuestas educativas para los más excluidos, especialmente para los Adivasis y Dalits, con numerosos centros educativos ofreciendo nuestra tradición educativa para que los miembros de estos grupos más marginados puedan beneficiarse de una educación de calidad. En muchos de estos colegios los jesuitas han desarrollado propuestas pedagógicas novedosas que respetan las culturas y costumbres de estos grupos pero que les brindan una educación que les ayude a salir de su marginalidad y hacer valer sus derechos y dignidad humana.
Finalmente también es importante reconocer el servicio educativo que el Servicio de Jesuitas a Refugiados (JRS) ofrece a las personas que viven en los campos de refugiados huyendo de situaciones de violencia y persecución. Fue precisamente el P. Arrupe el que hizo el llamado a la Compañía en 1980 a atender a aquellos que huían de la guerra del Vietnam. Así comenzó lo que hoy es un importante apostolado de la Compañía con una dimensión educativa significativa. Actualmente cuenta con más de 350 escuelas de educación básica y muchos otros proyectos de educación no formal para ofrecer una educación de esperanza, a los que se pueden contar sin duda, entre los más pobres de los pobres.
El desafío de educar para una fe que promueve la justicia continua. Los colegios son hoy, más que nunca, conscientes de este desafío y de la necesidad de integrar plenamente las dos dimensiones fundamentales del servicio a la fe y la promoción de la justicia. Es verdad, como lo reconoce el P. General Sosa que se ha avanzado mucho, pero también es cierto que es necesario continuar el discernimiento para que las palabras desafiantes de Arrupe nos sigan orientando: “el tipo de hombre que hemos de formar, el tipo de hombre en que hemos de convertirnos, si queremos servir a ese ideal evangélico de justicia: el hombre para los demás, el hombre nuevo, espiritual, es decir, llevado por el Espíritu, que transforma la faz de la tierra” (Arrupe, No. 18).