Testimonio

Cómo alimentar de esperanzas nuestro apostolado social

Cualquier referencia que haga a mi vida de jesuita en los 42 años que ya cumpliré, está inevitablemente remitida a la misión de fe y justicia, y a la amistad con jesuitas de mi provincia, de la provincia mexicana y de muchas otras provincias, con quienes he compartido este andar de una vida entera de regalo de Dios y de encuentro con los pobres desde el apostolado social. Nada podría ser más hermoso para mi vida que haber recibido este regalo de defender los derechos humanos de la gente más indefensa y oprimida, y hacerlo en nombre de Dios y desde mi fragilidad como jesuita. Vienen a mi mente tantas experiencias de amistad con mucha gente con rostro rudo y curtido por el sol y la angustia por sacar adelante la vida en medio de múltiples adversidades.

 Ismael Moreno, S.J, Honduras Ismael Moreno, S.J, Honduras

Vengo de un país que ante los medios de comunicación, pero también para diversos sectores de influencia en el mundo, incluyendo la Iglesia, es prácticamente inexistente. Ya no solo es país descartado, como diría el papa, sino inexistente. Yo le llamo el país etcétera porque ya no solo cuesta encontrarlo en un mapa, sino que aun sabiendo de su remota existencia, ni siquiera se le nombra. Por eso mismo, agradezco a los organizadores que me dan esta voz para hablar de mi experiencia de Fe y Justicia, porque así nombro a esta Honduras, necesitada de verla, oírla, acercarse, acompañarla, protegerla y defenderla. Y con ella a millones de voces que se retuercen entre la muerte ingrata y las ansias de vivir. Por eso huyen de su tierra, donde sea, porque se aferran a la vida que en su patria se les arrebata.

Mucha gente me pregunta, y de dónde sacas esperanzas en medio de un país empobrecido y miserable, inexistente y abandonado a las migajas de los ricos, las remesas y del gobierno de los Estados Unidos. No dudo en decir que es justamente desde la realidad de mi país y de Centroamérica en donde encuentro alimento a mi esperanza. Y esto es así porque cuanto más angustias y caminos cerrados encuentro en la lucha por defender la vida y los derechos de los pobres, más necesitad siento de alimentarme de la fe en el Dios de la Vida. En medio de la violencia y la muerte, incluso de amenazas, es cuando más vida recibo, y más fuerte es mi fe en mi realidad portadora del Señor de los amaneceres, que nos hace amanecer justamente cuando más oscura es la senda y más tinieblas encuentro en el camino. Cuánta más ingrata es la realidad, más ansias de Dios experimento.

Pero también alimento mi esperanza en la memoria de los mártires. Son muchas, son muchos. En estos 42 años de jesuita he conocido y he sido amigo de decenas de mujeres y hombres, sencillos y recios, pensadores y activistas, creyentes y no creyentes, académicos y sobre todo luchadores sociales, políticos y ambientales, que fueron asesinados por sus convicciones, por su amor y compromiso con la justicia. Con varios de de ellos compartí la mesa y el abrazo, la palabra y la mirada, con varios de ellos debatí y me peleé, varios de ellos me cuestionaron, me incriminaron por mis tibiezas en mis ideas y en mis inseguridades. Y los mataron. Puedo mencionar muchos nombres, hoy hace 30 años despedazaron a tiros de ametralladoras a seis compañeros nuestros jesuitas con las dos laicas colaboradoras. Y me basta nombrar a Berta Cáceres. Esa noche de su asesinato pude haber estado con ella, pero algo me detuvo, y la recriminé que porque me había convocado tan a destiempo. “Tengo muchas ocupaciones para moverme hasta donde estás”, le dije tajantemente. Y la mataron. Ella me impulsaba, me cuestionaba, me respetaba y me animaba en tiempos de desaliento. Los mártires son de rostro conocido, los conocí en sus fragilidades, como seres humanos imperfectos. Pero los conocí listos para dar su vida. Su memoria no me deja en paz, y alimentan mis sueños y mis días, y me remiten a Jesús de Nazaret.

También me alimenta la esperanza la generosidad de las comunidades, que muy dueñas de su pobreza, están conformadas por familias que con solo una visita que haga gozan y somos alimento para sus vidas, y si es necesario dejan de comer para gozar viéndonos comer de su comida cargada de sencillez y a la vez de amor y gratuidad. No pocas veces he llegado a alguna de los hogares, y la familia te ofrece la mejor cama para mi descanso, y para ellos, dormir esa noche en incomodidades, se convierte en una bendición porque su felicidad se encuentra justamente en ver que sus visitas están cómodas y reposan en paz. Esa generosidad no se compra ni se vende, no tiene precio, y jamás la encontraré en el mercado. Y cuestiona de frente nuestras prácticas y normas de hospitalidad comunitaria. He debido pasar terribles vergüenzas cuando una de esas familias que desplegó toda su generosidad, llega a mi comunidad, y se encuentra con el ceño fruncido de compañeros jesuitas, para quienes la sola presencia de “gente extraña” desestabiliza sus comodidades cotidianas. Ese contraste entre la generosidad de las familias pobres, y la frialdad de nuestros espacios comunitarios, se convierte en un atentado a la generosidad a la que nos llama nuestro voto de pobreza y nuestra misión histórica de fe y justicia.

Me alimento de la esperanza que me transmite mi equipo de trabajo, conformado por un gran número de laicas y laicos que inspirados en la espiritualidad de la Compañía de Jesús, dedican por entero su vida y arriesgan sus comodidades hasta renunciar a ellas por un trabajo no siempre comprendido ni por los mismos jesuitas, y por un salario a través del cual jamás harán fortuna. Y sin embargo, lo hacen con entusiasmo y alegría. Se esfuerzan día con día en escudriñar los dinamismos productores de la inequidad y la violencia, y convertirla en propuesta alternativa al modelo neoliberal, desde la perspectiva de los pobres. Nunca falta que en medio de amenazas y cuando los peligros acechan, salga una guitarra o un ritmo de bachata, merengue, cumbia o salsa, muchas de los sinsabores se alivien al ritmo tropical. Y tras el alivio, vuelven a la carga de un apostolado que enamora y desafía cotidianamente.

La comunidad jesuita, en medio de sus ambientes frecuentemente lúgubres, sigue siendo fuente de esperanza, cuando me toca pensar que en esas comunidades específicas se encarna una misión en hombres de carne y hueso, con sus austeras vidas y su espiritualidad sosegada y a prueba de los sabores y sinsabores de la realidad. En esas condiciones comunitarias, es cuando toca confesar la fe que alimenta la esperanza, desde realidades desesperanzadas de hombres avejentados, curtidos por los años de servicio, con frecuencia con cargas de amargura. Es la esperanza en las sobrias y recias espiritualidades cotidianas de nuestras comunidades, tan necesitadas de nuevos aires y de nuevas fronteras, de abrazos y sueños laicales para descubrir aquello que nos dijo la CG-34: las comunidades de solidaridad. Es la amistad de una comunidad que se expresa en un lugar específico, pero no se reduce al mismo, porque la comunidad jesuita es ante todo los amigos en el Señor desparramados a lo largo de diversos territorios y países. Y a fin de cuentas es la comunidad plenamente abierta a la convivencia y búsqueda con muchas mujeres y hombres con quienes compartimos la misma misión.

No puedo dejar de decir en esta experiencia personal, que esto de enamorarse del apostolado inserto en las realidades clamorosas de los pueblos, lo prepara a uno a no pocos vituperios, tanto en la sociedad de los bien situados, como dentro de la Iglesia y también de la misma Compañía de Jesús. El apostolado social, en general, lo deja a uno expuesto a la mirada sospechosa de la institucionalidad, no solo de los poderes muy bien establecidos de este mundo, sino de la misma institucionalidad de la Compañía de Jesús. Mientras uno se va metiendo a fondo en esta misión apostólica, va experimentando no poca de la dosis de marginalidad que experimenta nuestro pueblo cuando queda orillado de los lugares y puestos donde se toman las decisiones. Solemos ser jesuitas sospechosos de heterodoxia, imprudencia y política y religiosamente incorrectos. Algo de ese aire que, sin merecerlo, nos hace recordar a un tal Jesús de Nazaret, no propiamente bien visto y aceptado por los poderes establecidos de su tiempo. Ese rasgo de sospecha hacia lo que somos y hacemos, nunca deberá faltar en nuestra misión. Es distintivo de nuestra vida y de nuestro aporte a la Compañía y a la sociedad.

Vivir y celebrar la vida y la lucha por el reino desde ese rasgo de marginalidad y de despertar ciertas sospechas por nuestras faltas de cálculos y de amistad con los pobres, siempre sospechosos del mundo bien situado, será siempre un signo inequívoco de estar en el lugar desde donde Dios, el Señor de los Amaneceres, nos sigue siempre invitando a proseguir la causa de Jesús de Nazaret, y jugarnos con él, desde nuestra condición de pecadores, la suerte de los pobres de la tierra.

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Publicado por SJES ROME - Coordinador de Comunicaciones in SJES-ROME
SJES ROME
El SJES es una institución jesuita que ayuda a la Compañía de Jesús a desarrollar la misión apostólica, a través de su dimensión de promoción de la justicia y la reconciliación con la creación.